jueves, 14 de abril de 2016
ARREBATO
domingo, 29 de noviembre de 2009
EL FIN DE LA INOCENCIA DE PETER PAN
Te contemplé desnuda por primera vez y caí rendido a tus pies. Fue entonces cuando descubrí que cierta parte de mi anatomía reaccionaba. Recuerdo nuestro primer abrazo. La intensidad de tus ojos verdes. Aquél primer roce de mi mano con tus senos. La suavidad de la piel y su tersura. Aquél primer lengüetazo. El sabor de tu piel. Cómo se endurecían tus pezones al contacto con mi mano y mi boca. La sinfonía que llenó la habitación cuando nuestros cuerpos se fundieron por primera vez en aquél abrazo apasionado, íntimo, lujurioso... Fue algo maravilloso. Pero fueron aún mejores los que vinieron después. Fuimos recorriendo cada rincón del vasto mundo de Nunca Jamás. Recuerdo el sexo salvaje y apasionado en la cubierta del barco del capitán Garfio y cómo seguimos nuestros juegos en el camarote del viejo gruñón. La maravillosa experiencia de amarnos en el aire, mientras volábamos... Mmm... Aquello fue maravilloso. La sensación de ingravidez sumada a la que me producía tu tacto era algo prácticamente divino. Pero sin duda, uno de los mejores momentos que pasé contigo fue en aquél terreno, cerca de donde antaño estuvieron las sirenas. El sol bañando tu piel, arrancando reflejos maravillosos a tu cuerpo, esa melena cayendo por tu espalda, tus pechos perfectos, tan deliciosos... No me canso de estar a tu lado. Muchas gracias por concederme aquél deseo, mi preciosa hadita. Gracias por los momentos compartidos. Gracias por amarme como lo hiciste desde el primer momento. Gracias por todo.
Peter Pan
miércoles, 21 de octubre de 2009
LA COLEGIALA TRAVIESA
Aquél año terminé el curso con buena nota. Pero aún así, fui el año siguiente porque no podía dejar de pensar en esa mirada clara y serena.
-¿Tú no ibas a mi misma clase?- me preguntó mirándome a la cara con esos enormes y luminosos ojos suyos.
-S... sí- tartamudeé, colorado como un tomate maduro porque la chica que había ocupado mis pensamientos durante todo aquél año se había dignado dirigirme la palabra.
Ella se dio cuenta de la turbación que provocaba en mí y se puso a sonreír maliciosamente.
-Parece que tu amiguito se alegra de verme...-rió señalando la bragueta de mi pantalón, que mostraba un claro bulto y que, por más que intentaba disimular, peor.
Salí corriendo, bastante avergonzado por lo sucedido. Pero pensando en ese ángel de belleza supraterrena que había ocupado mis más locas fantasías. Me imaginaba que nos íbamos a una isla remota, desierta, donde, lejos de los padres y los profesores, podríamos amarnos sin límite. Viviríamos felices para siempre. Amándonos, comiendo lo que la naturaleza nos da, durmiendo abrazados el uno al otro, sintiendo el perfume turbador de su pelo, enganchado a sus curvas, su suave piel... Tuve poluciones nocturnas a causa de mi calenturienta imaginación.
Aún así, a pesar de la humillación sufrida el día anterior, me decidí a volver al colegio: estaba perdidamente enamorado de aquella criatura celestial. Me vio. Me aseguré de que se diera cuenta de que la estaba observando. Intenté poner cara de enfado, pero me resultaba casi imposible. En el verano su cuerpo había sufrido una transformación y se la veía más plena, aún más hermosa de lo que era el curso anterior.
-Siento mucho lo de ayer -me dijo con esos ojazos marrones pidiéndome otra oportunidad.
-Sabes bien que no puedo enfadarme contigo por mucho tiempo -le respondí con una sonrisa que dejaba bien a las claras que lo que estaba diciendo era verdad.
Entonces ocurrió lo que tanto había imaginado: me estampó un beso en los morros que me dejó sin aliento durante un buen rato.
-A partir de este momento, me dijo con su sensual voz casi en un susurro, puedes considerarte oficialmente mi novio.
Yo me creía flotar. Vinieron a mi encuentro los sueños y las fantasías del pasado, sólo para desaparecer ante el peso aplastante de la realidad: aquella que tanto excitó mi imaginación estaba aquí, besándome y dejándome sin respiración.
Como única contestación me limité a asentir con la boca abierta a causa del tremendo shock sufrido. Consciente de la erección que me produjo, pero en la nube que me había recogido y que me llevaba flotando hasta casa, no me enteraba de lo que acontecía a mi alrededor.
Empezamos a salir y yo estaba que no cabía en mí de gozo. Imagináoslo por un momento: la chica más guapa de clase, esa que es fácil de identificar por los moscardones que la rodean y de las amigas envidiosas que intentan parecerse a ella, decide salir contigo. Tú siempre has estado enamorado de ella, pero no se ha fijado nunca en ti porque siempre has estado sentado en las últimas filas y el único lujo que te has permitido ha sido decirle un tímido “Hola” cada vez que la veías entrar con su maravilloso perfume y su larga y sedosa cabellera negra.
Volviendo al tema: Empezamos a salir. Fuimos conociéndonos poco a poco y descubrí que teníamos gustos comunes: a ambos nos encanta la música, nos encanta leer y también escribir. Disfrutamos con las mismas películas... Todo va de fábula. Sigo en esa nube que me produce una especie de vértigo que me provoca un nudo en el estómago.
¡Ay! ¿Qué decir de aquellos primeros roces? Al principio por encima de la ropa, en los cines, en la última fila, mientras nos devorábamos con fruición sin importarnos las miradas ajenas. Notar el fragante y fresco sabor de su boca me transportaba a lugares salvajes, indómitos y eso me excitaba aún más.
Cuando ya llevábamos un tiempo saliendo, como unos seis meses, le propongo que hagamos el amor.
-Ten paciencia -me dice con una sonrisa picarona que delata sus ganas por entregarse a los placeres de Afrodita -; mis padres no van a estar este verano y les he convencido para que me dejen quedarme en casa alegando que dentro de unos meses cumpliré los 18 y que soy capaz de afrontar la responsabilidad. Se mostraron reacios al principio, pero cuando les dije que mi hermana la mayor también se quedaba y que así tendría a alguien que cuidara de mí, pues a regañadientes, acabaron aceptando. También le debo dar las gracias a ella, mi hermana, puesto que me apoyó en mis argumentos.
Aquellos meses se me hicieron eternos. El imaginar aquel cuerpo escultural desnudo me provocaba taquicardias. Por fin llegó el gran día: era un caluroso día de agosto. Me llamó para decirme que no había moros en la costa. Que sus padres acababan de salir para el aeropuerto y que su hermana había ido a acompañarles y después se iría a trabajar, con lo que no volvería hasta muy tarde.
Tras colgar el teléfono, me duché, me puse mi mejor colonia, me calcé, me vestí con unos pantalones cortos y una camiseta de manga corta. Cuando llegué y, tras llamar a la puerta, ella me abre, casi me da un patatús. Llevaba puesto un vestido de sport ceñidísimo que le acentuaba las curvas de manera espectacular.
Aprovechando que tenía la boca abierta, se abalanza sobre mí y me empieza a devorar como una tigresa. Cerré la puerta como pude, dando un portazo. No me importó que los vecinos pudieran oírnos. Después de ese prolongado beso, la aparté para admirar bien su figura dentro de ese vestido que se ajustaba a su cuerpo como un guante. Era un vestido negro precioso, el cual camuflaba el cabello, que llevaba suelto en ondas y que le cubría casi el rostro menos esos ojos color miel que me volvían loco. Observando cómo la miraba, ella empezó a darse la vuelta lentamente, de manera que pudiera contemplar todos y cada uno de los detalles de ese cuerpo que parecía como esculpido en carne y hueso. Cuando terminó de dar la vuelta, no lo pude resistir y esta vez fui yo el que la devoró. Mientras lo hacía, le quité el ceñido vestido mientras ella hacía lo propio con mi camiseta.
¡Qué diecisiete años más bien puestos que tenía la cabrita!
Sus pechos, oprimidos por el sostén blanco de encaje que llevaba puesto estaban pidiendo a gritos que los liberaran y así lo hice. Los sopesé y comprobé la tersura y la turgencia de aquellos senos hechos a imagen y semejanza de los de la misma Afrodita. Me dediqué con esmero a acariciarlos, mirando la cara angelical de esta gentil criatura que tenía delante. Con delicadeza, ella me apartó y me cogió de la mano. Nos metimos en su habitación y allí continuamos el ritual. Le empecé a besar aquellos pechos ya maduros, no los aún por completar de hace dos años. La tumbé en la cama, apartando algunos peluches que tenía encima. Continué besando con pasión aquella obra maestra de la naturaleza. Al cabo de un rato, cuando sus gemidos iban subiendo en intensidad, decidí continuar con el resto de su cuerpo. Fui descendiendo lentamente, sin prisa, notando cómo la respiración de mi compañera se iba haciendo más irregular. Notando cómo su cuerpo respondía a mis atenciones y sus ojos relampagueaban de pasión. Aquellos preciosos ojos que me suplicaban que le diera más placer aún...
Decidí claudicar a la petición que me hacían aquellos luceros iluminados por la llama de la pasión. Le quité sus braguitas blancas, también de encaje y aspiré el aroma tanto de su perfume como del propio de su sexo. La mezcla de ambos resultaba deliciosa. Empecé con unos soplidos en su clítoris. Ella se excitaba cada vez más. Menos mal que en aquella casa estaba puesto el aire acondicionado porque si no, nos habríamos muerto de calor. La dejé en la cama y con la excusa de que tenía que ir al baño, no veas lo que se molestó cuando se lo dije, aproveché para pasar por la cocina. Una vez allí, abrí el congelador, cogí un hielo y lo envolví en un trapo fino que había encima de la mesa de la cocina.
Cuando volví, después de que me echara la bronca por tardar tanto en regresar, le pedí que cerrara los ojos. Aceptó. Entonces decidí hacer con el hielo el recorrido que había hecho antes con mi boca. Al contacto con el frío, su piel reaccionó y sus pezones se pusieron aún más duros de lo que ya estaban. Dio una exclamación ahogada y a punto estuvo de abrir los ojos, pero le insistí en que no lo hiciera. Ella fue obediente en todo momento. Se notaba a la legua que estaba disfrutando muchísimo con aquello. Después de repasar todo su cuerpo, pezones, vientre, monte y valle incluidos, la volví a besar. Noté el sabor de la excitación en esos labios que me susurraban que le diera más placer.
Como soy un caballero y me gusta complacer a una dama, dejé que me quitara el pantalón y mis calzones de corazoncitos y me empujó sobre la cama. Entonces descubrí a la fiera que se escondía dentro de la apariencia de aquél ángel. Empezó por mordisquearme el cuello, el cual dejó marcado con un chupetón que no se me fue en varios días. Después empezó a recorrerme el cuerpo con su lengua juguetona. Gracias a ella descubrí que mi piel era más sensible de lo que creía.
En un momento dado, cuando ya había recorrido todo mi torso e iba a empezar con las extremidades inferiores, me dijo con sorna que la que tenía que ir al baño era ella. ¡No me lo podía creer! ¡Me estaba haciendo lo mismo que le había hecho yo hace un rato!
Pero cuando volvió y me dijo que cerrara los ojos, sospeché que lo que llevaba detrás de los brazos no era precisamente hielo...
Puse cara de susto, pero ella fue inflexible: o cerraba los ojos o aquello terminaría ahí.
Obedecí y al rato empecé a notar sobre mi piel un calor que, sin ser demasiado intenso, sí era molesto. Una vez que hubo terminado de echarme aquello sobre la piel, por suerte sólo de mi torso, empezó a lamerlo lentamente y notaba cómo mi pene no iba a aguantar mucho más antes de soltar su carga. Ella también lo debió de notar, puesto que me puso algo helado en la zona, más que nada para bajar la hinchazón. Dio resultado. En ese momento abrí los ojos y pude ver restos del chocolate que había derramado sobre mi piel bordeando su boca, más apetecible que nunca gracias al dulce complemento. Le limpié los restos con la lengua y después la besé, notando tan excitante la mezcla del chocolate y de la pasión que tuve otra erección. Volví a tumbarla en la cama y me dediqué con sumo interés a acariciar y a besar sus labios, tanto los de la boca como los de la sonrisa vertical y pude comprobar cómo se derretía de gusto. Su néctar de placer resbalaba por sus muslos y mis dedos, brillantes a causa de la cantidad de líquido que los cubrían. En ese momento, busqué mis pantalones, me puse un preservativo y la penetré. Me sorprendió el hecho de que fuera virgen, más aún por los rumores que circulaban sobre ella en el colegio. A pesar de que al principio fue un poco molesto para ella, después todo ocurrió tan plácidamente como un capítulo de ?La casa de la pradera?. Se retorcía de placer con cada embestida recibida. Estuvimos así durante cerca de media hora, sin contar con todo lo anterior que calculo que transcurrieron unas tres horas desde que llegué a su casa, a eso de las once de la mañana.
Tuvimos un orgasmo sincronizado que nos dejó a los dos derrengados. Después de eso nos metimos en la ducha. Nos enjabonamos mutuamente, poniéndonos otra vez a tono. Cuando terminamos, después de secarnos mutuamente, nos besamos con fruición, arrebatados por la pasión que nos embargaba. Nos daba igual la humedad y el calor reinantes allí. Sólo queríamos una cosa: disfrutar nuevamente el uno del otro. Después de un buen rato de besos, caricias, y demás durante más de media hora y acabar exhaustos de placer, decidimos que era hora de comer. Así lo hicimos. Después nos echamos una siesta reparadora. Cuando nos despertamos, habría pasado una hora o así, recogí mis cosas y me fui no sin antes devorar lentamente esos labios que tanta pasión me levantan y despedirme de ella hasta el día siguiente mirando directamente aquellos ojos que un día me enamoraron y que desde entonces fueron mi perdición.
EL RETORNO DEL ÁNGEL
Estaba tumbado en mi cama, como aquél otro día en el que soñé con ella por primera vez. La ventana de la habitación está abierta para que, cuando ella quiera, pueda entrar volando con su majestuoso y silente vuelo y se acueste a mi lado. Mi cuerpo vibra de pasión por la visión angelical que un día presenció. Lo, una sílaba como otra cualquiera. Pero a la vez tan llena de significado. Puede ser el comienzo de Lolita, de Loba, de Lozana, de Loca... el hecho de que simplemente sea Lo, me hace pensar en el artículo neutro, ese que sirve tanto para referirse a un hombre como a una mujer. Y creo que ella es así: algo libre, que le da igual estar con hombres como con mujeres, si los exponentes de ambos sexos lo merecen. No sé si me lo dijo en nuestro anterior encuentro, ya que lo recuerdo entre neblinas, como un sueño.
-Hola, ¿me has echado de menos?
La voz de este ser ultraterreno susurrándome al oído me sobresaltó una milésima de segundo.
Aprovechó el despiste para plantarme sus labios ardientes y carnosos en mi piel hambrienta de ella. Observé que estaba vestida con unos pantalones vaqueros y llevaba una camisa vaporosa que transparentaba sus turgentes y plenos senos.
-¿Por qué utilizar algo tan ambiguo como Lo? -le pregunté.
-Porque los ángeles somos así. Nos enamoramos tan pronto de un hombre como de una mujer - me dijo mientras recorría con su lengua cada pliegue de mi piel- y ahora me apetece tenerte entero para mí.
-Me siento halagado de que un ente como tú decida pasar una noche con un simple mortal como yo. -dije notando una erección que no podía evitar.
-Parece que tu amiguito se alegra tanto como la última vez que nos vimos... - me dijo con una sonrisa picarona que dejaba al descubierto sus perfectos dientes...
Acto seguido, me arrancó de cuajo la ropa interior, dejándome completamente desnudo. Con sus expertas manos, empezó a masturbarme con delicadeza, teniendo en todo momento el control de la situación, evitando que me corriera cuando veía que mi grado de excitación estaba próximo al clímax.
Entonces, en uno de los descansos que hizo (yo creo que para dejarme hacer lo que hice), aproveché para arrancarle, con la misma ferocidad que ella utilizara momentos antes, esa vaporosa camisa que estaba pidiendo a gritos que se la quitara. Sus pechos rebotaron excitados por la brusquedad con la que fueron liberados de su prisión.
Los sopesé, estaban tan duros y plenos como la primera vez que los toqué, hacía tanto tiempo.
-Se nota que por vosotros los ángeles no pasa el tiempo... -dije con una sonrisa socarrona.
-Por algunos humanos, parece que tampoco -dijo devolviéndome el cumplido.
Entonces, la besé lentamente, saboreando ese gusto dulzón de su saliva, aspirando el aroma fragante de su cuerpo, notando cómo aquella situación la excitaba cada vez más.
Se tumbó en la cama y me invitó a quitarle los pantalones. Sin dudarlo ni un instante, se los quito, dejando al descubierto su maravilloso sexo. Sin casi vello, con una forma divina, todo era como aquella otra vez. Empecé a acariciar aquella obra maestra de la naturaleza. Alabé al altísimo por aquella obra tan perfecta que había creado. Al decir esto, me miró como con ganas de asesinarme a juzgar de la mirada que me echó. Entonces recuerdo que me dijo que había sido expulsada de los cielos por su promiscuidad.
Cuando estaba a punto de tener un orgasmo, le digo que sea buena chica y que me espere tumbada en la cama. Por si las moscas, le ato con firmeza las manos y las alas con más delicadeza, pero también con firmeza. Se revolvía, me maldecía, pero no me importaba. Sonreí maliciosamente, sabiendo que ella disfrutaría tanto o más que yo con todo aquello.
Me dirigí a la cocina. Allí tenía una tableta de chocolate para fundir. Y tenía también naranjas amargas. Puse en un cazo un trozo generoso de chocolate, lo derretí y le añadí la ralladura de la naranja, aparte de unas gotitas de su zumo. Aquello olía de maravilla. Cuando hube acabado y dejado reposar aquello un rato y tras soportar los improperios que me dedicaba desde la habitación mi ángel, llené una taza de aquel delicioso chocolate que tanto me gusta y que de alguna manera sé que a ella también.
En fin, dejo la taza en un lugar cercano pero a la vez lo bastante lejano de su vista. Callo sus protestas con un beso. Me devora con ansia, como si hubieran pasado siglos y no unos minutos desde que fuera a la cocina a preparar el chocolate. Le desato las alas y le dejo las manos atadas. Le digo que se tumbe y que cierre los ojos, que tengo una grata sorpresa para ella. Ella obedece, se nota que le excitan las sorpresas. Decido hacerme de rogar un poco, hasta que me exige que le dé de una vez aquello que le iba a dar. En ese momento le advierto de que cierre la boca. Con sumo cuidado y delicadeza, voy dibujando su cuerpo poco a poco con el dulce líquido, a la temperatura ideal para que no estuviera tan caliente.
Trazo un círculo alrededor de sus pechos y otros más pequeños en torno a sus pezones. Tracé un mapa entre las montañas carnosas de su pecho y el valle de su vientre. Notaba su excitación, pero era obediente y no pronunció ni una palabra. Continué el dibujo con sus bien torneadas piernas, no me dejé ni un solo recodo. Bajé y luego volví a subir por esas piernas celestiales hasta llegar al santo grial, al centro del placer, la cueva de Alí Babá.... Y fusioné el chocolate con los fluidos que de ella emanaban. La mezcla, la utilicé para ponerla en sus labios.
Acto seguido, la beso. Noto el sabor del chocolate, de su néctar y de la saliva, que me producen un efecto casi inmediato. Con la misma lentitud que le dediqué al dibujo, me pongo manos a la obra: le empiezo a lamer los pezones, duros como piedras y tan erectos como mi pene. Soy bastante goloso, con lo que no dejo ni rastro de chocolate. Sigo bajando, sin dejarme ningún rincón de su anatomía. Desdibujando el mapa de su cuerpo. Con delicadeza. Sin prisa pero sin pausa. Notando cómo su cuerpo se elevaba ligeramente debido a la excitación (debí desatarle las manos y no las alas).
Le digo que no eche a volar todavía. Hace un ejercicio de autocontrol y se calma. Se vuelve a tumbar suavemente en la cama. Continúo con la tarea de desdibujar su cuerpo. Bajo por su vientre, despacio, lamiendo cada rincón. Incluso el ombligo, que también había recibido un poco de aquél líquido afrodisíaco.
Sigo bajando. Sus piernas están brillantes por el líquido que fluye de su entrepierna. Las lamo notando la embriagadora esencia del chocolate mezclado con el néctar de la pasión y su sudor. Me gusta el sabor de la mezcla. Lo comparto con ella en forma de un beso. A ella le encanta. Me pide que no sea malo y que la posea. Cojo la taza y con un resto de chocolate que queda en el fondo, unto mi miembro en él. Después, la hago arrodillarse y me hace una mamada. Su boca está caliente, emite vaharadas de excitación. Estoy a punto de descargar en su boca, pero entonces ella para, se levanta, se tumba en el suelo y me pide que la folle allí mismo. Entonces, sacando al animal que pugna por salir de mí, la poseí. Con una furia primigenia, como no había sentido nada más que otra vez: la primera que estuve con ella. Estaba ciego de placer, así que no me percaté de que habíamos empezado a ascender. La penetré durante un tiempo que me pareció eterno. Me di cuenta de que habíamos ascendido al notar cómo descendíamos. Había tenido un orgasmo brutal, como nunca antes había tenido, ni tan siquiera la primera vez que poseí a aquél ángel. El sudor, mezclado con el aroma del chocolate me parecía de lo más excitante, por lo que a los pocos minutos, estoy otra vez preparado para el segundo envite.
Esta vez la pongo a cuatro patas y mientras penetro aquél sexo lubrificado por sus jugos, me dedico a acariciar su culito y a penetrarlo con uno de mis dedos. Está tan prieto y adaptable como el primer día. Penetro su ano con sumo cuidado y delicadeza. Entra con facilidad puesto que mi masculinidad está llena de fluidos suyos. Entro y salgo de ese ano como si fuera una segunda vagina. Ella gime de placer mientras acompasa su ritmo al mío. Mueve sus caderas con una velocidad y un brío que hacen presagiar que un orgasmo está en camino. Mi leche inunda su agujero, que resbala por su entrepierna a la vez que su orgasmo encharca las sábanas.
Nos quedamos dormidos el uno al lado del otro. Cuando despierto, tengo la misma sensación de irrealidad que me embargó la primera vez que la vi. Pero esta vez, había rastros evidentes de que no había sido un sueño: los restos de chocolate sobre las sábanas además de su olor, impregnaba mi cama.
Todo olía a ella. Dejó una nota prendida con una pluma:
”Gracias por hacerme pasar otra noche maravillosa”. Sonreí. Estaba seguro de que tarde o temprano volvería a encontrarla.
EL VUELO DEL ÁNGEL
Era una noche bastante agradable de un mes de mayo. Estaba tumbado en mi cama sin más compañía que mi almohada y la imagen de la mujer más hermosa que jamás conocí.
En realidad la imagen provenía de un sueño que acababa de tener. En él estaba volando por la inmensidad azul que representa el firmamento. En un punto del vuelo me cruzo con un ser de extraordinaria belleza. Me percato de que tiene un par de alas a su espalda.
-¿Eres un ángel?-le pregunto anonadado por la indescriptible belleza del ente.
-¿Qué otra cosa crees que puedo ser?-responde con una sonrisa extraña en un ser de su naturaleza puesto que estaba cargada de sarcasmo.
-Disculpa, pero es que es la primera vez que me encuentro con algo tan hermoso como tú-respondo bajando la mirada y sonrojándome.
Entonces ella, puesto que al mirar al ser detenidamente me doy cuenta de que tiene las formas de la mujer más perfecta que jamás nadie pudiera imaginar, sonríe y me besa en la mejilla.
En ese momento creo que me van a fallar las fuerzas y voy a estrellarme contra el suelo. Pero ella se da cuenta de mi turbación y me pregunta si me encuentro bien. Eso me saca de mi ensimismamiento y le contesto que sí.
-¿Cual es tu nombre, oh hermosa visión de la perfección?-le pregunto con palabras que brotan de lo más profundo de mi corazón.
-Eso no importa. Llámame, simplemente, Lo.
-¿Lo? Corto; conciso; tan perfecto como tú.
Entonces ella se acerca y me besa los labios. Noto su dulce aliento y me recreo en el sabor de su boca. Es embriagador. Noto un estremecimiento de placer al estar tan cerca de la perfección personificada.
Me detengo por temor a que algún otro ángel que estuviera en aquella zona pudiera estar viéndonos y le contara al Supremo lo que una de sus favoritas estaba haciendo con un simple mortal.
-¿Por qué te detienes?-me pregunta con un rictus de dolor que nubla la belleza de sus preciosos ojos color almendra.
-Porque no quiero que por mi culpa pierdas tu divinidad.
-No tienes que preocuparte por eso. Hace mucho que la perdí.-me lo dice con una expresión de dolor tal que me parte el corazón y me hace sentirlo como mío.
-¿Qué o quién fue el desalmado que te hizo perder tu sitio en el paraíso?-le pregunto con la mezcla de tristeza y rabia que es producto de la frustración.
-No le maldigas, puesto que él era otro mortal como tú. Ocurrió hace algunos años. Pocos para mí, pero eones enteros en edades humanas.
Me enamoré en cuanto le vi. La belleza de sus palabras, el halo cuasi divino que también parecía emanar de él fue lo que me impulsó a hacer lo que hice. A pesar de que estaba oculta entre la multitud y estaba con un disfraz de mortal, él me vio, me sonrió y cuando acabó la charla que estaba dando, me invitó a que lo acompañara a su casa. Allí me contó que en cuanto me vio supo que yo estaba allí por él. Me estuvo diciendo que, al igual que tú, se había sentido atraído por mí en el primer momento en el que su mirada se cruzó con la mía. Me pareció tan sincero y puro su sentimiento que le correspondí. Me entregué a la pasión de aquél hombre. Ese día supe lo que era hacer el amor; fue maravilloso. Él era delicado y dulce conmigo y me prometió que pasara lo que pasase, nunca me abandonaría-no sé qué tenían sus palabras, pero me sentí transportado a otra época, otro lugar. Es más, en el fondo de mi alma es como si fuera el protagonista de aquella historia-. Poco duró nuestra felicidad, puesto que a él mis superiores lo encontraron y lo convirtieron en estatua de piedra. A mí también me lo hicieron, estuve mucho tiempo vagando por los cielos llorando la pérdida de aquél que tanto me dio en un tiempo en el que era joven y algo alocada y que llenó de amor mi corazón.
En ese punto no la dejé seguir hablando. Pasé a la acción. Le quité la túnica y empecé a besar su cuello. Ella se abrazó fuerte a mí. Entonces empezó a sollozar, quizá por el recuerdo de aquél que fue su amante durante su juventud. Yo, un poco azorado por la situación (no todos los días se encuentra uno con un ángel y tiene la oportunidad de hacer el amor con él en las nubes) le dije que si no quería, que me marchaba. Que entendía su reacción. Entonces ella se enterneció frente a mi propuesta y se acercó más aún a mí. Empezó a acariciarme el pelo y me dio un beso apasionado que me supo mejor aún que el primero que me había dado. El sabor de las lágrimas mezclado con el suyo me hizo estremecer. Me transporto a la época en la que ella estaba con su amante y ella entregaba su virginidad. Siguió bajando. Empezó a acariciar mi cuerpo sin dejarse ningún rincón. Me quitó los pantalones de pijama y la ropa interior y empezó a masturbarme.
Después se introdujo mi pene en la boca y empezó a hacerme una mamada. Nunca había sentido un placer así. Me volvía a sentir abrumado por la sensación de estar profanando algo sagrado. Pero a ella parecía no importarle. Decidí seguir con el ritual y la recosté sobre una nube. Allí empecé a acariciar casi reverentemente sus pechos suaves y firmes. Después seguí bajando y me dediqué con entrega a acariciar su clítoris y su vagina. Se convulsionaba con el placer que le estaba proporcionando. Entonces, la penetré. Fue como si el cosmos viniera a nuestro encuentro. Vi los eventos pasados, los presentes y los que estaban por venir. Entonces comprendí que yo era la reencarnación de aquel hombre que un día llegó a enamorar a un ser como aquél. Con estos pensamientos, llegué al orgasmo al mismo tiempo que ella. La bese esos maravillosos labios en forma de fresa que es su boca. También la besé los otros. Seguía excitado y por su cara pude ver que ella también. La besé apasionadamente en la boca.
Volví a acariciarla, pero esta vez olvidando que era un ángel. Decidí jugar con ella. Le dije que se pusiera a cuatro patas. En ese momento la penetré desde atrás mientras con los dedos índice y corazón de mi mano derecha penetraba con cuidado su ano. Ella se retorcía de placer. Le besé una vez más antes de penetrar su culo. A ella parecía no disgustarle, es más, parecía que ya lo hubiera hecho en más de una ocasión a juzgar por la cara que ponía. No lo pude soportar más y llené su agujero con mi semen. Después de aquello ella me miró con una cara extraña.
-¿De verdad te has creído la historia del mortal y que me echaron por el amor que sentía?-me pregunta con una cara que revela su lado perverso. Aún así, todavía sigue atrayéndome.
-Sí-respondo con un tono de perplejidad que parecía divertirla aún más.
-En realidad, lo del humano es cierto. Lo que pasó después fue que al subir aquí me echaron porque les dije que había descubierto algo más placentero y que llenaba más de paz que el amor del Jefe. Como comprenderás, me acusaron de blasfema e incluso llegaron a quitarme las alas. Pero lo que son las cosas, después el Jefe descubrió que yo tenía razón y me las devolvió. Desde entonces vuelo a la Tierra cuando me place y follo con cuantos humanos me apetece. Me da igual si es un hombre o una mujer. Además, me excita el saber que Él está allí arriba, observando lo que hago mientras se masturba al contemplarlo.
Por cierto, por si te lo habías preguntado, sí, tú eres el mismo espíritu de aquél al que un día amé.
Me quedé anonadado ante el cambio radical en el comportamiento del ángel. Ella, aprovechando mi desconcierto, me dio el último beso y me dijo:
-Vuelve a la Tierra antes de que entierren tu cuerpo.
-¿Te volveré a ver?-le pregunté.
-Es posible. Me gusta hacer excursiones periódicas a la Tierra. Probablemente volvamos a vernos. En tu próxima encarnación o en la presente. ¿Quién sabe?
Diciendo esto me empuja y es entonces cuando despierto sobresaltado por todo lo ocurrido. A pesar de que a mí me ha parecido que han pasado horas, días o incluso años, compruebo que apenas han pasado cinco minutos desde que me durmiera. Debe de ser que el tiempo pasa de forma distinta por allí arriba.
Meto la mano debajo de la almohada. Allí descubro una pluma. Ese detalle me basta para saber que no fue un sueño. Que realmente estuve volando con un ángel por la inmensidad del firmamento.
domingo, 30 de agosto de 2009
UN MONUMENTO INSULAR QUE NO ESTÁ EN LAS GUÍAS
Los hechos que aquí paso a relatar ocurrieron un día de principios de febrero en la preciosa isla de Gran Canaria. Yo estaba pasando unos días por allí disfrutando de sus palmeras, sus playas, su gastronomía y para ver el florecimiento de los almendros que me habían comentado que era espectacular. Había decidido ir a un bar a tomar algo después de una maratoniana mañana en la que me había pateado media isla y necesitaba hacer un alto en el camino. Estaba tomando una copa en la terraza de un bar. Estoy charlando de trivialidades con mi compañero de asiento, al que había conocido ese mismo día, cuando veo entrar por la puerta a una mujer esbelta, alta, debía rondar el 1,75 de estatura.
No sé qué me atrajo más de ella: si sus pantalones blancos y su camiseta roja con una abertura que dejaba ver el nacimiento de sus pechos o esos preciosos ojos color almendra que me deslumbraron desde el preciso instante en el que se quitaba las gafas de sol que llevaba.
Lo cierto es que tuve una erección en ese mismo instante. Había una chispa salvaje y desafiante en esos ojos que, de alguna forma parecían estar suplicando que me acercara a hablar con su dueña.
Bebí el último trago de mi copa, le pedí a mi interlocutor que me disculpara y me acerqué a ella con la seguridad que da el haber tomado un par de copas. No sé bien los ingredientes que tenían los cócteles que me pedí. Sólo recuerdo que entraron muy bien pero que se me estaban subiendo a la cabeza.
Me imagino que fue cosa del alcohol, porque de otra manera no me explico cómo pude decirle lo siguiente al oído:
-Te espero en el aseo de caballeros dentro de dos minutos.
Sin esperar contestación y sin haber visto más que de refilón la mirada lasciva que me echó, me dirigí al aseo y me dispuse a esperar a mi diosa. Es bastante amplio. Tiene un espejo desde el cual se puede ver a todo aquél que entra por la puerta. Ella entró a los treinta segundos de haber llegado al baño.
Lo primero que hace nada más entrar es besarme con pasión, con desenfreno, con la impaciencia de quien vive la vida de una manera intensa. Mientras nos besamos, me mete mano por encima del pantalón. Mi erección aumenta. Ella, al notarlo, sonríe pícaramente y la veo descender sobre mi miembro, totalmente erecto y hambriento de su centro del placer. Lo libera de su prisión y comienza a besarlo, a darle pequeños lengüetazos y a mordisquearlo. Yo me creo a punto de desmayar del placer. Cuando noto que me voy a correr, se lo hago saber. Entonces ella, lejos de apartarse, me la mama con más rapidez hasta que me corro en su boca. Se lo traga todo, no deja nada.
Mi pene sigue erecto y le bajo los pantalones hasta la rodilla. Lo hago con tal ímpetu, que a su vez le bajo el tanga rosa que llevaba. Entonces, sin miramientos, la poseo. Siento su vulva palpitante, húmeda, cálida y estrecha chuparme la polla. Es una sensación increíble. Es el mejor coño que he probado en mucho tiempo.
Continué las embestidas con una fuerza animal absolutamente desconocida para mí hasta que noto que estoy cercano al orgasmo.
Es entonces cuando la saco y, aprovechando un gemido suyo de placer, la introduzco en su boca. La penetro con pasión, dejándome llevar, y a ella parece no importarle. De hecho, se ha formado un charquito en el suelo con el jugo de su placer. Eso me excita aún más y aumento el ritmo hasta que, una vez más, descargo mi semen en su boca. Sus mejillas están encendidas y sus ojos echan chispas apasionadas. Veo que se ha quedado tan satisfecha como yo y eso me gusta y me pone. Se lo hago saber y me dice que le acompañe a su casa.
Nos subimos en su coche, llegamos a una preciosa casa de dos plantas. Tiene un jardín enorme en la parte de atrás. Desde allí se escucha el murmullo del mar. Es un lugar tan maravilloso que creo que he muerto y he ascendido a los cielos.
Tras una reparadora ducha, nos sentamos en un sofá blanco precioso y me prepara una copa de ron con cola.
Se sienta a mi lado y, entre besos, abrazos y caricias me dice su nombre; es tan hermoso como todo lo demás en ella: Penélope. En comparación, el mío me parece más bien vulgar. Me coge de la mano y me da una vuelta por la casa. En la planta de abajo estaba el salón, la entrada, la cocina, un aseo, creo que también había una especie de trastero y creo que también había un pequeño despacho. En la planta superior hay una habitación que debe de ser la principal puesto que en su interior y dominando la escena se encuentra una cama de dormitorio. Grande, con una colcha de seda color marfil y unas almohadas que eran una delicia a juego.
No eran ni demasiado altas ni demasiado bajas. Tenían la altura idónea para descansar. A los lados de la cama, sendas mesitas de noche de corte moderno, con tiradores de aluminio y madera seminoble. Justo enfrente de la cama, había una cómoda de estilo clásico, recargada, con unos cuantos cajones. Los había pequeños y grandes. Los pequeños para la ropa interior y los grandes para el resto. Encima de la cómoda, vigilando toda la estancia se encuentra un espejo. Es también moderno, con lo que deduzco que el mueble que está debajo suyo debe de ser un recuerdo familiar o algo así.
Al lado de esta habitación se halla el cuarto de invitados, una estancia pequeña y acogedora, sin demasiados adornos, pero confortable. También hay otro aseo en esta planta. Dos, si tenemos en cuenta el que se encuentra en el dormitorio principal.
Hace una tarde agradable. Después de enseñarme la casa y de comer algo, me acompaña a su habitación. Tiene las ventanas abiertas, con lo que el sonido del mar se cuela por la ventana. Nos desnudamos con ansiedad, hambrientos el uno del otro. Nunca olvidaré la manera en la que los rayos del sol bañaban su esbelta figura. Cómo jugaban con sus senos, cómo iluminaba una parte de su cadera, cómo creaba claroscuros en su sexo…
Todo esto me excita y ella lo nota. Me sonríe pícaramente y baja su cabeza hasta mi pene, ahora prácticamente erecto en su totalidad. Se lo mete lentamente en la boca. Le mete un mordisquito juguetón a mi glande que me hace exhalar un gemido de placer. Después, con la maestría de alguien que se nota que ha hecho esto más de una vez, se lo mete en la boca y empieza a mover la cabeza en función de su excitación.
Como estábamos en la posición del 69, comencé a saborear aquél fruto de la pasión que me supo a excitación, a placer, a gloria… Cada vez estaba más húmedo a causa de mis lengüetazos. Mi miembro estaba cada vez más grande y grueso por las pasadas que me propinaba con aquella maravillosa lengua… Su boca estaba tan cálida, húmeda y hambrienta como hacía unas horas en el bar.
Después de estar un buen rato en esta posición, nos separamos no sin antes besarnos para paladear nuestros propios sabores en los labios de la otra persona. La levanté en vilo y empecé a penetrarla con delicadeza al principio, haciendo que notara cada embestida con calculada lentitud. Su pulso se iba acelerando cada vez más conforme iba aumentando el ritmo de mi cadera hasta que empecé a embestir con una furia animal, salvaje, primigenia… Su cuerpo me inspiraba a que la tuviera de aquella manera. La apoyé contra la pared y continué bombeando otro rato hasta que decidí darle la vuelta y la penetré desde atrás. El contemplar su trasero mientras le llenaba aquella cueva con mi pene me volvía loco. Me dediqué a jugar con él mientras la penetraba de manera frenética. La azotaba, escuchaba su grito de dolor mezclado con el de su excitación. Su sexo era como una segunda boca y en aquél momento estaba salivando de lo lindo por el bocado que tenía en su interior.
La habitación era en ese momento una sinfonía caótica de pasión desatada en la que se mezclaban gritos, jadeos, gemidos... Notando que estaba próximo al orgasmo, le pongo mi glande entre sus generosos pechos. Me muevo entre ellos recreándome en su suavidad. Lo hago despacio para notar durante más tiempo esa agradable sensación. Cuando llego al clímax, acelero el ritmo hasta que mi semen sale disparado, llenando el hueco entre esas dos preciosas montañas carnosas e incluso llegando a salpicar su cuello y su barbilla. Nuestros cuerpos están empapados en sudor. La beso en esos labios tan deliciosos que tiene... El sabor a placer, excitación, lujuria y pasión inunda mi paladar. Me enciende, pero después de esta sesión de sexo, necesito un poco de tiempo para descansar. Nos damos otra ducha, que nos relaja y nos dormimos en aquella cama cuyas sábanas todavía huelen a pasión y que, a la mañana siguiente, me llevaría como souvenir de aquél inolvidable día en el que conocí el mejor monumento de la isla y que no encontrarás en ninguna guía turística.
miércoles, 26 de agosto de 2009
LO MEJOR, A LOS POSTRES
Acabamos de llegar. Nuestros amigos ya habían empezado la fiesta sin nosotros. Era una pareja a la que habíamos conocido hacía un año más o menos gracias a la sección de contactos de un foro. Ella es una rubia preciosa de ojos azules cuya mirada te cautiva sea cual sea tu sexo. La luz que ilumina su mirada pocas veces la he visto en los ojos de otros.
Él es un morenazo de los que quedan pocos. Tiene un físico imponente y unos ojos almendrados que te roban la razón. También despiden una luz especial que te hacen sucumbir a sus encantos. Para completar el cuadro, una voz deliciosamente sensual te acaricia y te arropa como una segunda piel.
Llamamos a la puerta, nos abrió él y nos dijo que estaban cenando. Llevaba el torso al descubierto, mostrando su esculpido torso y sus poderosos brazos. Pasamos al salón y nos llevamos la primera sorpresa: nuestra amiga y compañera de este portento estaba tumbada sobre una mesa baja y su cuerpo era el mantel.
-Servios lo que queráis. Ya sabéis que estáis en vuestra casa. -nos dijo con una de sus irresistibles sonrisas y con un brillo travieso en esos enormes ojos marrones...
Yo estaba más que excitada ante tal visión. Hasta tal punto, que mi sexo empezó a palpitar de excitación. Como no era la primera vez que estábamos en esa casa, decidí ponerme cómoda. Me quité el vestido negro que llevaba, quedándome únicamente en sujetador y en tanga de seda. Mi marido también se puso cómodo: se quitó su camisa negra de terciopelo dejando al descubierto su también bien torneado torso.
Nos acercamos a la mesa, besamos ambos en los labios a nuestra amiga a modo de presentación y después cogimos algo de los suculentos manjares que había encima de nuestra amiga. Ella estaba tumbada de espaldas, por lo que no podía ver lo que estábamos cogiendo. Todo eran platos fríos, pero estaba todo exquisito. Había desde fiambre de pavo asado hasta salmón ahumado, pasando por caviar y unos exquisitos canapés variados. Le dimos también a nuestra amiga lo que nos pedía, pero a nuestra manera. La mayoría de las veces cogíamos el canapé o el trozo de salmón o lo que fuera y nos lo poníamos entre los dientes. A ella le estaba encantando aquél juego, puesto que se podía ver un hilillo blanquecino salir de su sexo. En cierto momento de la cena, a mi marido se le cayó un poco de mayonesa en el cachete derecho del culo de nuestra mesa viviente. Como es un caballero, se agachó y limpió a lengüetazos la mancha.
A todo esto, nuestro anfitrión estaba en un rincón, sonriendo ante el espectáculo que estaba presenciando. La vista de su mujer, empapada con sus propios jugos y la mía, que también estaba cachonda como una perra en celo, parecían divertirle. Es más, se había quitado los pantalones y había empezado a masturbarse. En un momento dado se levantó, fue a la cocina, trajo unos botes de nata y anunció: "El postre ya está aquí" en el preciso momento en el que terminábamos de "recoger la mesa". La limpiamos a fondo con nuestras lenguas. Al escuchar el anuncio de que el postre estaba servido, nos separamos de nuestra amiga y cogimos un bote de nata cada uno. Yo utilicé el que me habían asignado en ese magnífico ejemplar masculino que es nuestro amigo. Le puse una ración generosa de nata en su torso perfecto. Lamí despacio, tomándome mi tiempo.
Comprobé la reacción que mi lengua tenía en él. Sus pezones se endurecieron al contacto con ella. Añadí otra generosa ración de nata en su glande, que lamí golosamente, sin prisas, provocando en él una tremenda erección.
Mi marido y nuestra amiga, se estaban masturbando mutuamente viendo la escena que allí estaban presenciando. Una vez hube terminado de hacerle la mamada y que hubiera descargado en mi boca, me quité el sujetador y el tanga, que tenía completamente empapado y me dejé hacer. Notando el frescor de la nata, se me puso un poco la carne de gallina. Mis pezones se endurecieron al contacto y percibí que eso le estaba excitando a nuestro anfitrión. Ni corto ni perezoso empezó a lamer mi cuello, siguió bajando por los hombros, hasta que llegó a mis preciosos senos y comenzó a succionar los pezones. Como si fuera un niño de corta edad que tratara de sacar el néctar que mana del pecho de la madre. Después los mordisqueó un poco, haciéndome exhalar un gemido de placer. Siguió bajando por mi vientre, delicadamente, con gestos calculados para darme el mayor placer posible.
Una vez que hubo llegado a mi sexo, limpió la zona con más mimo todavía. Su lengua era muy juguetona. Se quedó un buen rato en mi clítoris, haciendo brotar mis jugos sin poder evitarlo. Una vez que hubo terminado, me lamió la parte interna de los muslos, siguió bajando por mis bien torneadas piernas y bajó hasta mis pies. Una vez que hubo terminado, me dio la vuelta y me puso otra ración por la espalda.
Bajando lenta y eróticamente por ella, me hizo estremecer de tal manera que noté cómo mi conejito volvía a estar completamente empapado.
Acabó llegando por fin a mi hermoso trasero. Lo lamió con fruición y dedicación, llegando a penetrar mi agujerito con su lengua. Yo estaba que casi no cabía en mí con todo aquél placer recorriendo mis entrañas. Una vez que hubo terminado y tras descansar un rato los cuatro, cambiaron las tornas.
Esta vez eran mi marido y aquella preciosidad los que nos deleitaron con el espectáculo de sus esculturales cuerpos desnudos. En esta ocasión, fue mi marido el que tomó la iniciativa y llenó de nata la parte delantera de nuestra amiga. Mientras tanto, esta vez fuimos nosotros, nuestro amigo y yo los que, desde aquél cómodo sofá, nos dedicamos a darnos placer mutuo. La visión de mi hombre lamiendo la piel de aquella mujer me excitó sobremanera, haciendo que me empapara casi sin la ayuda de la mano de aquél otro hombre, el marido de aquella otra mujer a la que estaba calentando mi cónyuge. Aquello era toda una sinfonía de gemidos, lametones, espasmos de placer cada vez que mi amigo y yo alcanzábamos el orgasmo mientras disfrutábamos del espectáculo. Los grandes y turgentes pechos de aquella diosa rubia, de esa Venus en la Tierra, me estaban volviendo loca.
Mi marido, con gran maestría, lamía y no dejaba centímetro por recorrer. Siguió bajando por su liso vientre, mirándome en todo momento y observando el efecto que sus actos estaban provocando en mí. Cuando por fin llegó al clítoris de aquella reencarnación de Nefertiti, me sobrevino otro orgasmo. No sabía ya cuántos llevaba. Y lo cierto es que tampoco importaba. Estaba gozando de lo lindo con esa situación. Cuando le dio la vuelta y le puso otra ración generosa de nata por la espalda, el culo, perfecto, de esos que en cuanto los miras quieres acariciarlos, penetrarlo, darle todo el placer que se merece y la parte posterior de sus piernas y comenzó a lamer, no pude resistirlo más y me acerqué a mi marido. Entre los dos comenzamos a lamer el cuerpo de nuestra amiga. Empezamos por la espalda, notando cómo estaba disfrutando al ser complacida por nuestras dos lenguas. Nos besamos, compartiendo su sabor mezclado con el nuestro. Aquello era de lo más excitante que habíamos hecho. Seguimos así un rato.
Besándonos y bajando por aquella espalda suave y aterciopelada. Bajamos sin prisas pero sin pausas hasta su trasero. Una vez allí, nos deleitamos con sus nalgas. Lamimos sus cachetes lascivamente durante un buen rato. Fue entonces cuando noté los dedos de nuestro anfitrión en mi vagina. Todo aquello era demasiado para mí y me desbordé en sus dedos, que después me dio para que lamiera.
Lo hice y acto seguido besé a mi amiga para compartir con ella el sabor de mi sexo y el de mi propia saliva.
La mezcla de sabores era de lo más excitante y adictiva. No podíamos dejar de besarnos, acariciarnos mutuamente mientras nuestros chicos nos hacían ir de orgasmo en orgasmo.
Entonces se separaron de nosotras un momento y acto seguido hicieron una doble penetración a la Venus que es nuestra amiga. Casi se desmaya del placer que recorría su cuerpo. Lo mismo me ocurría a mí. Estaba deseando que aquellos dos sementales me hicieran suya. Mientras mi amiga era follada por los dos hombres, yo me aliviaba como podía con mis manos. Introduje dos dedos de mi mano derecha en mi coño totalmente empapado y otros dos de la izquierda en el agujero de mi ano. Y así estuve un buen rato hasta que los tres alcanzaron el orgasmo.
Estaba preparada para ser poseída por aquellos dos sementales. Y no me defraudaron. A pesar del tiempo transcurrido, no parecían acusar demasiado el cansancio. Empezaron por besarme y recorrer con sus lenguas todo mi cuerpo. Yo me dejé hacer. Estaba siendo transportada por el placer. Nunca había sentido nada igual. Después noté la presión de las dos pollas en mi ser. Una oleada de placer convulsionó mi cuerpo. Me sentí completamente repleta cuando mi amiga se puso delante de mí y comencé a comerle su delicioso chochito. Era delicioso. Ser poseída por aquellos dos hombres y el sabor de aquella mujer en mi paladar...
No lo soporté mucho más y me sobrevino el orgasmo con la contundencia del trueno. Después de unos cuantos besos y caricias, nos quedamos dormidos los cuatro. No olvidaré aquél día. Más que nada porque fue el primero que compartimos con ellos dos. Después llegaron más, pero eso es otra historia y debe ser contada en otra ocasión...