domingo, 29 de noviembre de 2009

EL FIN DE LA INOCENCIA DE PETER PAN


Fue un día de hace muchos años. Yo estaba en Nunca Jamás. El capitán Garfio había muerto, Wendy hacía mucho que no nos visitaba y los niños perdidos poco a poco se fueron alejando y viviendo su propia aventura. Sólo nos quedamos tú y yo, mi pequeña Campanilla. No sé de dónde reuní el valor para formularte el deseo que cambiaría nuestras vidas para siempre. Recuerdo lo tremendamente nervioso que estaba. Me sudaban las manos y tartamudeaba, pero al final conseguí pedirte que pasases de tener el tamaño de un hada al de una mujer humana. Y accediste a concederme mi deseo. El diminuto traje de hada que llevabas quedó hecho añicos.

Te contemplé desnuda por primera vez y caí rendido a tus pies. Fue entonces cuando descubrí que cierta parte de mi anatomía reaccionaba. Recuerdo nuestro primer abrazo. La intensidad de tus ojos verdes. Aquél primer roce de mi mano con tus senos. La suavidad de la piel y su tersura. Aquél primer lengüetazo. El sabor de tu piel. Cómo se endurecían tus pezones al contacto con mi mano y mi boca. La sinfonía que llenó la habitación cuando nuestros cuerpos se fundieron por primera vez en aquél abrazo apasionado, íntimo, lujurioso... Fue algo maravilloso. Pero fueron aún mejores los que vinieron después. Fuimos recorriendo cada rincón del vasto mundo de Nunca Jamás. Recuerdo el sexo salvaje y apasionado en la cubierta del barco del capitán Garfio y cómo seguimos nuestros juegos en el camarote del viejo gruñón. La maravillosa experiencia de amarnos en el aire, mientras volábamos... Mmm... Aquello fue maravilloso. La sensación de ingravidez sumada a la que me producía tu tacto era algo prácticamente divino. Pero sin duda, uno de los mejores momentos que pasé contigo fue en aquél terreno, cerca de donde antaño estuvieron las sirenas. El sol bañando tu piel, arrancando reflejos maravillosos a tu cuerpo, esa melena cayendo por tu espalda, tus pechos perfectos, tan deliciosos... No me canso de estar a tu lado. Muchas gracias por concederme aquél deseo, mi preciosa hadita. Gracias por los momentos compartidos. Gracias por amarme como lo hiciste desde el primer momento. Gracias por todo.

Peter Pan

miércoles, 21 de octubre de 2009

LA COLEGIALA TRAVIESA

Llevaba observándola ya un tiempo. Íbamos los dos al mismo colegio. ¡Dios, es la chica más guapa que he visto en mi vida! Ella tendría unos quince años. Yo tenía dos más que ella. Era mal estudiante y me hicieron repetir el último curso. Cada vez que entraba en clase, el corazón me latía a mil. Ese cabello negro como la noche, esa mirada color miel, esa espléndida silueta emergente... Todo en ella parecía presagiar que cuando se convirtiera en mujer sería aún más atractiva de lo que era entonces.

Aquél año terminé el curso con buena nota. Pero aún así, fui el año siguiente porque no podía dejar de pensar en esa mirada clara y serena.

-¿Tú no ibas a mi misma clase?- me preguntó mirándome a la cara con esos enormes y luminosos ojos suyos.
-S... sí- tartamudeé, colorado como un tomate maduro porque la chica que había ocupado mis pensamientos durante todo aquél año se había dignado dirigirme la palabra.
Ella se dio cuenta de la turbación que provocaba en mí y se puso a sonreír maliciosamente.
-Parece que tu amiguito se alegra de verme...-rió señalando la bragueta de mi pantalón, que mostraba un claro bulto y que, por más que intentaba disimular, peor.

Salí corriendo, bastante avergonzado por lo sucedido. Pero pensando en ese ángel de belleza supraterrena que había ocupado mis más locas fantasías. Me imaginaba que nos íbamos a una isla remota, desierta, donde, lejos de los padres y los profesores, podríamos amarnos sin límite. Viviríamos felices para siempre. Amándonos, comiendo lo que la naturaleza nos da, durmiendo abrazados el uno al otro, sintiendo el perfume turbador de su pelo, enganchado a sus curvas, su suave piel... Tuve poluciones nocturnas a causa de mi calenturienta imaginación.

Aún así, a pesar de la humillación sufrida el día anterior, me decidí a volver al colegio: estaba perdidamente enamorado de aquella criatura celestial. Me vio. Me aseguré de que se diera cuenta de que la estaba observando. Intenté poner cara de enfado, pero me resultaba casi imposible. En el verano su cuerpo había sufrido una transformación y se la veía más plena, aún más hermosa de lo que era el curso anterior.

-Siento mucho lo de ayer -me dijo con esos ojazos marrones pidiéndome otra oportunidad.
-Sabes bien que no puedo enfadarme contigo por mucho tiempo -le respondí con una sonrisa que dejaba bien a las claras que lo que estaba diciendo era verdad.
Entonces ocurrió lo que tanto había imaginado: me estampó un beso en los morros que me dejó sin aliento durante un buen rato.

-A partir de este momento, me dijo con su sensual voz casi en un susurro, puedes considerarte oficialmente mi novio.
Yo me creía flotar. Vinieron a mi encuentro los sueños y las fantasías del pasado, sólo para desaparecer ante el peso aplastante de la realidad: aquella que tanto excitó mi imaginación estaba aquí, besándome y dejándome sin respiración.
Como única contestación me limité a asentir con la boca abierta a causa del tremendo shock sufrido. Consciente de la erección que me produjo, pero en la nube que me había recogido y que me llevaba flotando hasta casa, no me enteraba de lo que acontecía a mi alrededor.

Empezamos a salir y yo estaba que no cabía en mí de gozo. Imagináoslo por un momento: la chica más guapa de clase, esa que es fácil de identificar por los moscardones que la rodean y de las amigas envidiosas que intentan parecerse a ella, decide salir contigo. Tú siempre has estado enamorado de ella, pero no se ha fijado nunca en ti porque siempre has estado sentado en las últimas filas y el único lujo que te has permitido ha sido decirle un tímido “Hola” cada vez que la veías entrar con su maravilloso perfume y su larga y sedosa cabellera negra.

Volviendo al tema: Empezamos a salir. Fuimos conociéndonos poco a poco y descubrí que teníamos gustos comunes: a ambos nos encanta la música, nos encanta leer y también escribir. Disfrutamos con las mismas películas... Todo va de fábula. Sigo en esa nube que me produce una especie de vértigo que me provoca un nudo en el estómago.

¡Ay! ¿Qué decir de aquellos primeros roces? Al principio por encima de la ropa, en los cines, en la última fila, mientras nos devorábamos con fruición sin importarnos las miradas ajenas. Notar el fragante y fresco sabor de su boca me transportaba a lugares salvajes, indómitos y eso me excitaba aún más.

Cuando ya llevábamos un tiempo saliendo, como unos seis meses, le propongo que hagamos el amor.

-Ten paciencia -me dice con una sonrisa picarona que delata sus ganas por entregarse a los placeres de Afrodita -; mis padres no van a estar este verano y les he convencido para que me dejen quedarme en casa alegando que dentro de unos meses cumpliré los 18 y que soy capaz de afrontar la responsabilidad. Se mostraron reacios al principio, pero cuando les dije que mi hermana la mayor también se quedaba y que así tendría a alguien que cuidara de mí, pues a regañadientes, acabaron aceptando. También le debo dar las gracias a ella, mi hermana, puesto que me apoyó en mis argumentos.

Aquellos meses se me hicieron eternos. El imaginar aquel cuerpo escultural desnudo me provocaba taquicardias. Por fin llegó el gran día: era un caluroso día de agosto. Me llamó para decirme que no había moros en la costa. Que sus padres acababan de salir para el aeropuerto y que su hermana había ido a acompañarles y después se iría a trabajar, con lo que no volvería hasta muy tarde.
Tras colgar el teléfono, me duché, me puse mi mejor colonia, me calcé, me vestí con unos pantalones cortos y una camiseta de manga corta. Cuando llegué y, tras llamar a la puerta, ella me abre, casi me da un patatús. Llevaba puesto un vestido de sport ceñidísimo que le acentuaba las curvas de manera espectacular.

Aprovechando que tenía la boca abierta, se abalanza sobre mí y me empieza a devorar como una tigresa. Cerré la puerta como pude, dando un portazo. No me importó que los vecinos pudieran oírnos. Después de ese prolongado beso, la aparté para admirar bien su figura dentro de ese vestido que se ajustaba a su cuerpo como un guante. Era un vestido negro precioso, el cual camuflaba el cabello, que llevaba suelto en ondas y que le cubría casi el rostro menos esos ojos color miel que me volvían loco. Observando cómo la miraba, ella empezó a darse la vuelta lentamente, de manera que pudiera contemplar todos y cada uno de los detalles de ese cuerpo que parecía como esculpido en carne y hueso. Cuando terminó de dar la vuelta, no lo pude resistir y esta vez fui yo el que la devoró. Mientras lo hacía, le quité el ceñido vestido mientras ella hacía lo propio con mi camiseta.

¡Qué diecisiete años más bien puestos que tenía la cabrita!
Sus pechos, oprimidos por el sostén blanco de encaje que llevaba puesto estaban pidiendo a gritos que los liberaran y así lo hice. Los sopesé y comprobé la tersura y la turgencia de aquellos senos hechos a imagen y semejanza de los de la misma Afrodita. Me dediqué con esmero a acariciarlos, mirando la cara angelical de esta gentil criatura que tenía delante. Con delicadeza, ella me apartó y me cogió de la mano. Nos metimos en su habitación y allí continuamos el ritual. Le empecé a besar aquellos pechos ya maduros, no los aún por completar de hace dos años. La tumbé en la cama, apartando algunos peluches que tenía encima. Continué besando con pasión aquella obra maestra de la naturaleza. Al cabo de un rato, cuando sus gemidos iban subiendo en intensidad, decidí continuar con el resto de su cuerpo. Fui descendiendo lentamente, sin prisa, notando cómo la respiración de mi compañera se iba haciendo más irregular. Notando cómo su cuerpo respondía a mis atenciones y sus ojos relampagueaban de pasión. Aquellos preciosos ojos que me suplicaban que le diera más placer aún...

Decidí claudicar a la petición que me hacían aquellos luceros iluminados por la llama de la pasión. Le quité sus braguitas blancas, también de encaje y aspiré el aroma tanto de su perfume como del propio de su sexo. La mezcla de ambos resultaba deliciosa. Empecé con unos soplidos en su clítoris. Ella se excitaba cada vez más. Menos mal que en aquella casa estaba puesto el aire acondicionado porque si no, nos habríamos muerto de calor. La dejé en la cama y con la excusa de que tenía que ir al baño, no veas lo que se molestó cuando se lo dije, aproveché para pasar por la cocina. Una vez allí, abrí el congelador, cogí un hielo y lo envolví en un trapo fino que había encima de la mesa de la cocina.

Cuando volví, después de que me echara la bronca por tardar tanto en regresar, le pedí que cerrara los ojos. Aceptó. Entonces decidí hacer con el hielo el recorrido que había hecho antes con mi boca. Al contacto con el frío, su piel reaccionó y sus pezones se pusieron aún más duros de lo que ya estaban. Dio una exclamación ahogada y a punto estuvo de abrir los ojos, pero le insistí en que no lo hiciera. Ella fue obediente en todo momento. Se notaba a la legua que estaba disfrutando muchísimo con aquello. Después de repasar todo su cuerpo, pezones, vientre, monte y valle incluidos, la volví a besar. Noté el sabor de la excitación en esos labios que me susurraban que le diera más placer.

Como soy un caballero y me gusta complacer a una dama, dejé que me quitara el pantalón y mis calzones de corazoncitos y me empujó sobre la cama. Entonces descubrí a la fiera que se escondía dentro de la apariencia de aquél ángel. Empezó por mordisquearme el cuello, el cual dejó marcado con un chupetón que no se me fue en varios días. Después empezó a recorrerme el cuerpo con su lengua juguetona. Gracias a ella descubrí que mi piel era más sensible de lo que creía.

En un momento dado, cuando ya había recorrido todo mi torso e iba a empezar con las extremidades inferiores, me dijo con sorna que la que tenía que ir al baño era ella. ¡No me lo podía creer! ¡Me estaba haciendo lo mismo que le había hecho yo hace un rato!
Pero cuando volvió y me dijo que cerrara los ojos, sospeché que lo que llevaba detrás de los brazos no era precisamente hielo...

Puse cara de susto, pero ella fue inflexible: o cerraba los ojos o aquello terminaría ahí.
Obedecí y al rato empecé a notar sobre mi piel un calor que, sin ser demasiado intenso, sí era molesto. Una vez que hubo terminado de echarme aquello sobre la piel, por suerte sólo de mi torso, empezó a lamerlo lentamente y notaba cómo mi pene no iba a aguantar mucho más antes de soltar su carga. Ella también lo debió de notar, puesto que me puso algo helado en la zona, más que nada para bajar la hinchazón. Dio resultado. En ese momento abrí los ojos y pude ver restos del chocolate que había derramado sobre mi piel bordeando su boca, más apetecible que nunca gracias al dulce complemento. Le limpié los restos con la lengua y después la besé, notando tan excitante la mezcla del chocolate y de la pasión que tuve otra erección. Volví a tumbarla en la cama y me dediqué con sumo interés a acariciar y a besar sus labios, tanto los de la boca como los de la sonrisa vertical y pude comprobar cómo se derretía de gusto. Su néctar de placer resbalaba por sus muslos y mis dedos, brillantes a causa de la cantidad de líquido que los cubrían. En ese momento, busqué mis pantalones, me puse un preservativo y la penetré. Me sorprendió el hecho de que fuera virgen, más aún por los rumores que circulaban sobre ella en el colegio. A pesar de que al principio fue un poco molesto para ella, después todo ocurrió tan plácidamente como un capítulo de ?La casa de la pradera?. Se retorcía de placer con cada embestida recibida. Estuvimos así durante cerca de media hora, sin contar con todo lo anterior que calculo que transcurrieron unas tres horas desde que llegué a su casa, a eso de las once de la mañana.

Tuvimos un orgasmo sincronizado que nos dejó a los dos derrengados. Después de eso nos metimos en la ducha. Nos enjabonamos mutuamente, poniéndonos otra vez a tono. Cuando terminamos, después de secarnos mutuamente, nos besamos con fruición, arrebatados por la pasión que nos embargaba. Nos daba igual la humedad y el calor reinantes allí. Sólo queríamos una cosa: disfrutar nuevamente el uno del otro. Después de un buen rato de besos, caricias, y demás durante más de media hora y acabar exhaustos de placer, decidimos que era hora de comer. Así lo hicimos. Después nos echamos una siesta reparadora. Cuando nos despertamos, habría pasado una hora o así, recogí mis cosas y me fui no sin antes devorar lentamente esos labios que tanta pasión me levantan y despedirme de ella hasta el día siguiente mirando directamente aquellos ojos que un día me enamoraron y que desde entonces fueron mi perdición.

EL RETORNO DEL ÁNGEL

Segundo relato inspirado en Lo, el ángel de un foro que me tuvo loquito durante algún tiempo. Espero que guste a todo aquél que lo lea. Un beso y un saludo a la que inspiró este relato.

Estaba tumbado en mi cama, como aquél otro día en el que soñé con ella por primera vez. La ventana de la habitación está abierta para que, cuando ella quiera, pueda entrar volando con su majestuoso y silente vuelo y se acueste a mi lado. Mi cuerpo vibra de pasión por la visión angelical que un día presenció. Lo, una sílaba como otra cualquiera. Pero a la vez tan llena de significado. Puede ser el comienzo de Lolita, de Loba, de Lozana, de Loca... el hecho de que simplemente sea Lo, me hace pensar en el artículo neutro, ese que sirve tanto para referirse a un hombre como a una mujer. Y creo que ella es así: algo libre, que le da igual estar con hombres como con mujeres, si los exponentes de ambos sexos lo merecen. No sé si me lo dijo en nuestro anterior encuentro, ya que lo recuerdo entre neblinas, como un sueño.

-Hola, ¿me has echado de menos?
La voz de este ser ultraterreno susurrándome al oído me sobresaltó una milésima de segundo.
Aprovechó el despiste para plantarme sus labios ardientes y carnosos en mi piel hambrienta de ella. Observé que estaba vestida con unos pantalones vaqueros y llevaba una camisa vaporosa que transparentaba sus turgentes y plenos senos.
-¿Por qué utilizar algo tan ambiguo como Lo? -le pregunté.
-Porque los ángeles somos así. Nos enamoramos tan pronto de un hombre como de una mujer - me dijo mientras recorría con su lengua cada pliegue de mi piel- y ahora me apetece tenerte entero para mí.
-Me siento halagado de que un ente como tú decida pasar una noche con un simple mortal como yo. -dije notando una erección que no podía evitar.
-Parece que tu amiguito se alegra tanto como la última vez que nos vimos... - me dijo con una sonrisa picarona que dejaba al descubierto sus perfectos dientes...

Acto seguido, me arrancó de cuajo la ropa interior, dejándome completamente desnudo. Con sus expertas manos, empezó a masturbarme con delicadeza, teniendo en todo momento el control de la situación, evitando que me corriera cuando veía que mi grado de excitación estaba próximo al clímax.

Entonces, en uno de los descansos que hizo (yo creo que para dejarme hacer lo que hice), aproveché para arrancarle, con la misma ferocidad que ella utilizara momentos antes, esa vaporosa camisa que estaba pidiendo a gritos que se la quitara. Sus pechos rebotaron excitados por la brusquedad con la que fueron liberados de su prisión.

Los sopesé, estaban tan duros y plenos como la primera vez que los toqué, hacía tanto tiempo.
-Se nota que por vosotros los ángeles no pasa el tiempo... -dije con una sonrisa socarrona.
-Por algunos humanos, parece que tampoco -dijo devolviéndome el cumplido.

Entonces, la besé lentamente, saboreando ese gusto dulzón de su saliva, aspirando el aroma fragante de su cuerpo, notando cómo aquella situación la excitaba cada vez más.

Se tumbó en la cama y me invitó a quitarle los pantalones. Sin dudarlo ni un instante, se los quito, dejando al descubierto su maravilloso sexo. Sin casi vello, con una forma divina, todo era como aquella otra vez. Empecé a acariciar aquella obra maestra de la naturaleza. Alabé al altísimo por aquella obra tan perfecta que había creado. Al decir esto, me miró como con ganas de asesinarme a juzgar de la mirada que me echó. Entonces recuerdo que me dijo que había sido expulsada de los cielos por su promiscuidad.

Cuando estaba a punto de tener un orgasmo, le digo que sea buena chica y que me espere tumbada en la cama. Por si las moscas, le ato con firmeza las manos y las alas con más delicadeza, pero también con firmeza. Se revolvía, me maldecía, pero no me importaba. Sonreí maliciosamente, sabiendo que ella disfrutaría tanto o más que yo con todo aquello.

Me dirigí a la cocina. Allí tenía una tableta de chocolate para fundir. Y tenía también naranjas amargas. Puse en un cazo un trozo generoso de chocolate, lo derretí y le añadí la ralladura de la naranja, aparte de unas gotitas de su zumo. Aquello olía de maravilla. Cuando hube acabado y dejado reposar aquello un rato y tras soportar los improperios que me dedicaba desde la habitación mi ángel, llené una taza de aquel delicioso chocolate que tanto me gusta y que de alguna manera sé que a ella también.

En fin, dejo la taza en un lugar cercano pero a la vez lo bastante lejano de su vista. Callo sus protestas con un beso. Me devora con ansia, como si hubieran pasado siglos y no unos minutos desde que fuera a la cocina a preparar el chocolate. Le desato las alas y le dejo las manos atadas. Le digo que se tumbe y que cierre los ojos, que tengo una grata sorpresa para ella. Ella obedece, se nota que le excitan las sorpresas. Decido hacerme de rogar un poco, hasta que me exige que le dé de una vez aquello que le iba a dar. En ese momento le advierto de que cierre la boca. Con sumo cuidado y delicadeza, voy dibujando su cuerpo poco a poco con el dulce líquido, a la temperatura ideal para que no estuviera tan caliente.

Trazo un círculo alrededor de sus pechos y otros más pequeños en torno a sus pezones. Tracé un mapa entre las montañas carnosas de su pecho y el valle de su vientre. Notaba su excitación, pero era obediente y no pronunció ni una palabra. Continué el dibujo con sus bien torneadas piernas, no me dejé ni un solo recodo. Bajé y luego volví a subir por esas piernas celestiales hasta llegar al santo grial, al centro del placer, la cueva de Alí Babá.... Y fusioné el chocolate con los fluidos que de ella emanaban. La mezcla, la utilicé para ponerla en sus labios.

Acto seguido, la beso. Noto el sabor del chocolate, de su néctar y de la saliva, que me producen un efecto casi inmediato. Con la misma lentitud que le dediqué al dibujo, me pongo manos a la obra: le empiezo a lamer los pezones, duros como piedras y tan erectos como mi pene. Soy bastante goloso, con lo que no dejo ni rastro de chocolate. Sigo bajando, sin dejarme ningún rincón de su anatomía. Desdibujando el mapa de su cuerpo. Con delicadeza. Sin prisa pero sin pausa. Notando cómo su cuerpo se elevaba ligeramente debido a la excitación (debí desatarle las manos y no las alas).

Le digo que no eche a volar todavía. Hace un ejercicio de autocontrol y se calma. Se vuelve a tumbar suavemente en la cama. Continúo con la tarea de desdibujar su cuerpo. Bajo por su vientre, despacio, lamiendo cada rincón. Incluso el ombligo, que también había recibido un poco de aquél líquido afrodisíaco.

Sigo bajando. Sus piernas están brillantes por el líquido que fluye de su entrepierna. Las lamo notando la embriagadora esencia del chocolate mezclado con el néctar de la pasión y su sudor. Me gusta el sabor de la mezcla. Lo comparto con ella en forma de un beso. A ella le encanta. Me pide que no sea malo y que la posea. Cojo la taza y con un resto de chocolate que queda en el fondo, unto mi miembro en él. Después, la hago arrodillarse y me hace una mamada. Su boca está caliente, emite vaharadas de excitación. Estoy a punto de descargar en su boca, pero entonces ella para, se levanta, se tumba en el suelo y me pide que la folle allí mismo. Entonces, sacando al animal que pugna por salir de mí, la poseí. Con una furia primigenia, como no había sentido nada más que otra vez: la primera que estuve con ella. Estaba ciego de placer, así que no me percaté de que habíamos empezado a ascender. La penetré durante un tiempo que me pareció eterno. Me di cuenta de que habíamos ascendido al notar cómo descendíamos. Había tenido un orgasmo brutal, como nunca antes había tenido, ni tan siquiera la primera vez que poseí a aquél ángel. El sudor, mezclado con el aroma del chocolate me parecía de lo más excitante, por lo que a los pocos minutos, estoy otra vez preparado para el segundo envite.


Esta vez la pongo a cuatro patas y mientras penetro aquél sexo lubrificado por sus jugos, me dedico a acariciar su culito y a penetrarlo con uno de mis dedos. Está tan prieto y adaptable como el primer día. Penetro su ano con sumo cuidado y delicadeza. Entra con facilidad puesto que mi masculinidad está llena de fluidos suyos. Entro y salgo de ese ano como si fuera una segunda vagina. Ella gime de placer mientras acompasa su ritmo al mío. Mueve sus caderas con una velocidad y un brío que hacen presagiar que un orgasmo está en camino. Mi leche inunda su agujero, que resbala por su entrepierna a la vez que su orgasmo encharca las sábanas.

Nos quedamos dormidos el uno al lado del otro. Cuando despierto, tengo la misma sensación de irrealidad que me embargó la primera vez que la vi. Pero esta vez, había rastros evidentes de que no había sido un sueño: los restos de chocolate sobre las sábanas además de su olor, impregnaba mi cama.

Todo olía a ella. Dejó una nota prendida con una pluma:

Gracias por hacerme pasar otra noche maravillosa”. Sonreí. Estaba seguro de que tarde o temprano volvería a encontrarla.

EL VUELO DEL ÁNGEL

Este relato lo escribí en honor de una gran mujer. Un ángel que se paseaba por cierto foro y a la que inmortalicé no en uno sino en dos cuentos. Aquí tenéis el primero de ellos:

Era una noche bastante agradable de un mes de mayo. Estaba tumbado en mi cama sin más compañía que mi almohada y la imagen de la mujer más hermosa que jamás conocí.

En realidad la imagen provenía de un sueño que acababa de tener. En él estaba volando por la inmensidad azul que representa el firmamento. En un punto del vuelo me cruzo con un ser de extraordinaria belleza. Me percato de que tiene un par de alas a su espalda.

-¿Eres un ángel?-le pregunto anonadado por la indescriptible belleza del ente.

-¿Qué otra cosa crees que puedo ser?-responde con una sonrisa extraña en un ser de su naturaleza puesto que estaba cargada de sarcasmo.

-Disculpa, pero es que es la primera vez que me encuentro con algo tan hermoso como tú-respondo bajando la mirada y sonrojándome.

Entonces ella, puesto que al mirar al ser detenidamente me doy cuenta de que tiene las formas de la mujer más perfecta que jamás nadie pudiera imaginar, sonríe y me besa en la mejilla.
En ese momento creo que me van a fallar las fuerzas y voy a estrellarme contra el suelo. Pero ella se da cuenta de mi turbación y me pregunta si me encuentro bien. Eso me saca de mi ensimismamiento y le contesto que sí.

-¿Cual es tu nombre, oh hermosa visión de la perfección?-le pregunto con palabras que brotan de lo más profundo de mi corazón.

-Eso no importa. Llámame, simplemente, Lo.

-¿Lo? Corto; conciso; tan perfecto como tú.

Entonces ella se acerca y me besa los labios. Noto su dulce aliento y me recreo en el sabor de su boca. Es embriagador. Noto un estremecimiento de placer al estar tan cerca de la perfección personificada.
Me detengo por temor a que algún otro ángel que estuviera en aquella zona pudiera estar viéndonos y le contara al Supremo lo que una de sus favoritas estaba haciendo con un simple mortal.

-¿Por qué te detienes?-me pregunta con un rictus de dolor que nubla la belleza de sus preciosos ojos color almendra.

-Porque no quiero que por mi culpa pierdas tu divinidad.

-No tienes que preocuparte por eso. Hace mucho que la perdí.-me lo dice con una expresión de dolor tal que me parte el corazón y me hace sentirlo como mío.

-¿Qué o quién fue el desalmado que te hizo perder tu sitio en el paraíso?-le pregunto con la mezcla de tristeza y rabia que es producto de la frustración.

-No le maldigas, puesto que él era otro mortal como tú. Ocurrió hace algunos años. Pocos para mí, pero eones enteros en edades humanas.
Me enamoré en cuanto le vi. La belleza de sus palabras, el halo cuasi divino que también parecía emanar de él fue lo que me impulsó a hacer lo que hice. A pesar de que estaba oculta entre la multitud y estaba con un disfraz de mortal, él me vio, me sonrió y cuando acabó la charla que estaba dando, me invitó a que lo acompañara a su casa. Allí me contó que en cuanto me vio supo que yo estaba allí por él. Me estuvo diciendo que, al igual que tú, se había sentido atraído por mí en el primer momento en el que su mirada se cruzó con la mía. Me pareció tan sincero y puro su sentimiento que le correspondí. Me entregué a la pasión de aquél hombre. Ese día supe lo que era hacer el amor; fue maravilloso. Él era delicado y dulce conmigo y me prometió que pasara lo que pasase, nunca me abandonaría-no sé qué tenían sus palabras, pero me sentí transportado a otra época, otro lugar. Es más, en el fondo de mi alma es como si fuera el protagonista de aquella historia-. Poco duró nuestra felicidad, puesto que a él mis superiores lo encontraron y lo convirtieron en estatua de piedra. A mí también me lo hicieron, estuve mucho tiempo vagando por los cielos llorando la pérdida de aquél que tanto me dio en un tiempo en el que era joven y algo alocada y que llenó de amor mi corazón.

En ese punto no la dejé seguir hablando. Pasé a la acción. Le quité la túnica y empecé a besar su cuello. Ella se abrazó fuerte a mí. Entonces empezó a sollozar, quizá por el recuerdo de aquél que fue su amante durante su juventud. Yo, un poco azorado por la situación (no todos los días se encuentra uno con un ángel y tiene la oportunidad de hacer el amor con él en las nubes) le dije que si no quería, que me marchaba. Que entendía su reacción. Entonces ella se enterneció frente a mi propuesta y se acercó más aún a mí. Empezó a acariciarme el pelo y me dio un beso apasionado que me supo mejor aún que el primero que me había dado. El sabor de las lágrimas mezclado con el suyo me hizo estremecer. Me transporto a la época en la que ella estaba con su amante y ella entregaba su virginidad. Siguió bajando. Empezó a acariciar mi cuerpo sin dejarse ningún rincón. Me quitó los pantalones de pijama y la ropa interior y empezó a masturbarme.

Después se introdujo mi pene en la boca y empezó a hacerme una mamada. Nunca había sentido un placer así. Me volvía a sentir abrumado por la sensación de estar profanando algo sagrado. Pero a ella parecía no importarle. Decidí seguir con el ritual y la recosté sobre una nube. Allí empecé a acariciar casi reverentemente sus pechos suaves y firmes. Después seguí bajando y me dediqué con entrega a acariciar su clítoris y su vagina. Se convulsionaba con el placer que le estaba proporcionando. Entonces, la penetré. Fue como si el cosmos viniera a nuestro encuentro. Vi los eventos pasados, los presentes y los que estaban por venir. Entonces comprendí que yo era la reencarnación de aquel hombre que un día llegó a enamorar a un ser como aquél. Con estos pensamientos, llegué al orgasmo al mismo tiempo que ella. La bese esos maravillosos labios en forma de fresa que es su boca. También la besé los otros. Seguía excitado y por su cara pude ver que ella también. La besé apasionadamente en la boca.

Volví a acariciarla, pero esta vez olvidando que era un ángel. Decidí jugar con ella. Le dije que se pusiera a cuatro patas. En ese momento la penetré desde atrás mientras con los dedos índice y corazón de mi mano derecha penetraba con cuidado su ano. Ella se retorcía de placer. Le besé una vez más antes de penetrar su culo. A ella parecía no disgustarle, es más, parecía que ya lo hubiera hecho en más de una ocasión a juzgar por la cara que ponía. No lo pude soportar más y llené su agujero con mi semen. Después de aquello ella me miró con una cara extraña.

-¿De verdad te has creído la historia del mortal y que me echaron por el amor que sentía?-me pregunta con una cara que revela su lado perverso. Aún así, todavía sigue atrayéndome.

-Sí-respondo con un tono de perplejidad que parecía divertirla aún más.

-En realidad, lo del humano es cierto. Lo que pasó después fue que al subir aquí me echaron porque les dije que había descubierto algo más placentero y que llenaba más de paz que el amor del Jefe. Como comprenderás, me acusaron de blasfema e incluso llegaron a quitarme las alas. Pero lo que son las cosas, después el Jefe descubrió que yo tenía razón y me las devolvió. Desde entonces vuelo a la Tierra cuando me place y follo con cuantos humanos me apetece. Me da igual si es un hombre o una mujer. Además, me excita el saber que Él está allí arriba, observando lo que hago mientras se masturba al contemplarlo.
Por cierto, por si te lo habías preguntado, sí, tú eres el mismo espíritu de aquél al que un día amé.

Me quedé anonadado ante el cambio radical en el comportamiento del ángel. Ella, aprovechando mi desconcierto, me dio el último beso y me dijo:

-Vuelve a la Tierra antes de que entierren tu cuerpo.

-¿Te volveré a ver?-le pregunté.

-Es posible. Me gusta hacer excursiones periódicas a la Tierra. Probablemente volvamos a vernos. En tu próxima encarnación o en la presente. ¿Quién sabe?

Diciendo esto me empuja y es entonces cuando despierto sobresaltado por todo lo ocurrido. A pesar de que a mí me ha parecido que han pasado horas, días o incluso años, compruebo que apenas han pasado cinco minutos desde que me durmiera. Debe de ser que el tiempo pasa de forma distinta por allí arriba.
Meto la mano debajo de la almohada. Allí descubro una pluma. Ese detalle me basta para saber que no fue un sueño. Que realmente estuve volando con un ángel por la inmensidad del firmamento.

domingo, 30 de agosto de 2009

UN MONUMENTO INSULAR QUE NO ESTÁ EN LAS GUÍAS

Este relato lo hice pensando en una amiga muy especial que tengo y que vive en las llamadas "Islas Afortunadas" y a la que espero ver muy pronto. Un besazo, preciosa.

Los hechos que aquí paso a relatar ocurrieron un día de principios de febrero en la preciosa isla de Gran Canaria. Yo estaba pasando unos días por allí disfrutando de sus palmeras, sus playas, su gastronomía y para ver el florecimiento de los almendros que me habían comentado que era espectacular. Había decidido ir a un bar a tomar algo después de una maratoniana mañana en la que me había pateado media isla y necesitaba hacer un alto en el camino. Estaba tomando una copa en la terraza de un bar. Estoy charlando de trivialidades con mi compañero de asiento, al que había conocido ese mismo día, cuando veo entrar por la puerta a una mujer esbelta, alta, debía rondar el 1,75 de estatura.

No sé qué me atrajo más de ella: si sus pantalones blancos y su camiseta roja con una abertura que dejaba ver el nacimiento de sus pechos o esos preciosos ojos color almendra que me deslumbraron desde el preciso instante en el que se quitaba las gafas de sol que llevaba.

Lo cierto es que tuve una erección en ese mismo instante. Había una chispa salvaje y desafiante en esos ojos que, de alguna forma parecían estar suplicando que me acercara a hablar con su dueña.
Bebí el último trago de mi copa, le pedí a mi interlocutor que me disculpara y me acerqué a ella con la seguridad que da el haber tomado un par de copas. No sé bien los ingredientes que tenían los cócteles que me pedí. Sólo recuerdo que entraron muy bien pero que se me estaban subiendo a la cabeza.

Me imagino que fue cosa del alcohol, porque de otra manera no me explico cómo pude decirle lo siguiente al oído:
-Te espero en el aseo de caballeros dentro de dos minutos.
Sin esperar contestación y sin haber visto más que de refilón la mirada lasciva que me echó, me dirigí al aseo y me dispuse a esperar a mi diosa. Es bastante amplio. Tiene un espejo desde el cual se puede ver a todo aquél que entra por la puerta. Ella entró a los treinta segundos de haber llegado al baño.

Lo primero que hace nada más entrar es besarme con pasión, con desenfreno, con la impaciencia de quien vive la vida de una manera intensa. Mientras nos besamos, me mete mano por encima del pantalón. Mi erección aumenta. Ella, al notarlo, sonríe pícaramente y la veo descender sobre mi miembro, totalmente erecto y hambriento de su centro del placer. Lo libera de su prisión y comienza a besarlo, a darle pequeños lengüetazos y a mordisquearlo. Yo me creo a punto de desmayar del placer. Cuando noto que me voy a correr, se lo hago saber. Entonces ella, lejos de apartarse, me la mama con más rapidez hasta que me corro en su boca. Se lo traga todo, no deja nada.


Mi pene sigue erecto y le bajo los pantalones hasta la rodilla. Lo hago con tal ímpetu, que a su vez le bajo el tanga rosa que llevaba. Entonces, sin miramientos, la poseo. Siento su vulva palpitante, húmeda, cálida y estrecha chuparme la polla. Es una sensación increíble. Es el mejor coño que he probado en mucho tiempo.
Continué las embestidas con una fuerza animal absolutamente desconocida para mí hasta que noto que estoy cercano al orgasmo.

Es entonces cuando la saco y, aprovechando un gemido suyo de placer, la introduzco en su boca. La penetro con pasión, dejándome llevar, y a ella parece no importarle. De hecho, se ha formado un charquito en el suelo con el jugo de su placer. Eso me excita aún más y aumento el ritmo hasta que, una vez más, descargo mi semen en su boca. Sus mejillas están encendidas y sus ojos echan chispas apasionadas. Veo que se ha quedado tan satisfecha como yo y eso me gusta y me pone. Se lo hago saber y me dice que le acompañe a su casa.

Nos subimos en su coche, llegamos a una preciosa casa de dos plantas. Tiene un jardín enorme en la parte de atrás. Desde allí se escucha el murmullo del mar. Es un lugar tan maravilloso que creo que he muerto y he ascendido a los cielos.
Tras una reparadora ducha, nos sentamos en un sofá blanco precioso y me prepara una copa de ron con cola.

Se sienta a mi lado y, entre besos, abrazos y caricias me dice su nombre; es tan hermoso como todo lo demás en ella: Penélope. En comparación, el mío me parece más bien vulgar. Me coge de la mano y me da una vuelta por la casa. En la planta de abajo estaba el salón, la entrada, la cocina, un aseo, creo que también había una especie de trastero y creo que también había un pequeño despacho. En la planta superior hay una habitación que debe de ser la principal puesto que en su interior y dominando la escena se encuentra una cama de dormitorio. Grande, con una colcha de seda color marfil y unas almohadas que eran una delicia a juego.


No eran ni demasiado altas ni demasiado bajas. Tenían la altura idónea para descansar. A los lados de la cama, sendas mesitas de noche de corte moderno, con tiradores de aluminio y madera seminoble. Justo enfrente de la cama, había una cómoda de estilo clásico, recargada, con unos cuantos cajones. Los había pequeños y grandes. Los pequeños para la ropa interior y los grandes para el resto. Encima de la cómoda, vigilando toda la estancia se encuentra un espejo. Es también moderno, con lo que deduzco que el mueble que está debajo suyo debe de ser un recuerdo familiar o algo así.

Al lado de esta habitación se halla el cuarto de invitados, una estancia pequeña y acogedora, sin demasiados adornos, pero confortable. También hay otro aseo en esta planta. Dos, si tenemos en cuenta el que se encuentra en el dormitorio principal.

Hace una tarde agradable. Después de enseñarme la casa y de comer algo, me acompaña a su habitación. Tiene las ventanas abiertas, con lo que el sonido del mar se cuela por la ventana. Nos desnudamos con ansiedad, hambrientos el uno del otro. Nunca olvidaré la manera en la que los rayos del sol bañaban su esbelta figura. Cómo jugaban con sus senos, cómo iluminaba una parte de su cadera, cómo creaba claroscuros en su sexo…

Todo esto me excita y ella lo nota. Me sonríe pícaramente y baja su cabeza hasta mi pene, ahora prácticamente erecto en su totalidad. Se lo mete lentamente en la boca. Le mete un mordisquito juguetón a mi glande que me hace exhalar un gemido de placer. Después, con la maestría de alguien que se nota que ha hecho esto más de una vez, se lo mete en la boca y empieza a mover la cabeza en función de su excitación.
Como estábamos en la posición del 69, comencé a saborear aquél fruto de la pasión que me supo a excitación, a placer, a gloria… Cada vez estaba más húmedo a causa de mis lengüetazos. Mi miembro estaba cada vez más grande y grueso por las pasadas que me propinaba con aquella maravillosa lengua… Su boca estaba tan cálida, húmeda y hambrienta como hacía unas horas en el bar.
Después de estar un buen rato en esta posición, nos separamos no sin antes besarnos para paladear nuestros propios sabores en los labios de la otra persona. La levanté en vilo y empecé a penetrarla con delicadeza al principio, haciendo que notara cada embestida con calculada lentitud. Su pulso se iba acelerando cada vez más conforme iba aumentando el ritmo de mi cadera hasta que empecé a embestir con una furia animal, salvaje, primigenia… Su cuerpo me inspiraba a que la tuviera de aquella manera. La apoyé contra la pared y continué bombeando otro rato hasta que decidí darle la vuelta y la penetré desde atrás. El contemplar su trasero mientras le llenaba aquella cueva con mi pene me volvía loco. Me dediqué a jugar con él mientras la penetraba de manera frenética. La azotaba, escuchaba su grito de dolor mezclado con el de su excitación. Su sexo era como una segunda boca y en aquél momento estaba salivando de lo lindo por el bocado que tenía en su interior.

La habitación era en ese momento una sinfonía caótica de pasión desatada en la que se mezclaban gritos, jadeos, gemidos... Notando que estaba próximo al orgasmo, le pongo mi glande entre sus generosos pechos. Me muevo entre ellos recreándome en su suavidad. Lo hago despacio para notar durante más tiempo esa agradable sensación. Cuando llego al clímax, acelero el ritmo hasta que mi semen sale disparado, llenando el hueco entre esas dos preciosas montañas carnosas e incluso llegando a salpicar su cuello y su barbilla. Nuestros cuerpos están empapados en sudor. La beso en esos labios tan deliciosos que tiene... El sabor a placer, excitación, lujuria y pasión inunda mi paladar. Me enciende, pero después de esta sesión de sexo, necesito un poco de tiempo para descansar. Nos damos otra ducha, que nos relaja y nos dormimos en aquella cama cuyas sábanas todavía huelen a pasión y que, a la mañana siguiente, me llevaría como souvenir de aquél inolvidable día en el que conocí el mejor monumento de la isla y que no encontrarás en ninguna guía turística.

miércoles, 26 de agosto de 2009

LO MEJOR, A LOS POSTRES

Acabamos de llegar. Nuestros amigos ya habían empezado la fiesta sin nosotros. Era una pareja a la que habíamos conocido hacía un año más o menos gracias a la sección de contactos de un foro. Ella es una rubia preciosa de ojos azules cuya mirada te cautiva sea cual sea tu sexo. La luz que ilumina su mirada pocas veces la he visto en los ojos de otros.

Él es un morenazo de los que quedan pocos. Tiene un físico imponente y unos ojos almendrados que te roban la razón. También despiden una luz especial que te hacen sucumbir a sus encantos. Para completar el cuadro, una voz deliciosamente sensual te acaricia y te arropa como una segunda piel.

Llamamos a la puerta, nos abrió él y nos dijo que estaban cenando. Llevaba el torso al descubierto, mostrando su esculpido torso y sus poderosos brazos. Pasamos al salón y nos llevamos la primera sorpresa: nuestra amiga y compañera de este portento estaba tumbada sobre una mesa baja y su cuerpo era el mantel.

-Servios lo que queráis. Ya sabéis que estáis en vuestra casa. -nos dijo con una de sus irresistibles sonrisas y con un brillo travieso en esos enormes ojos marrones...
Yo estaba más que excitada ante tal visión. Hasta tal punto, que mi sexo empezó a palpitar de excitación. Como no era la primera vez que estábamos en esa casa, decidí ponerme cómoda. Me quité el vestido negro que llevaba, quedándome únicamente en sujetador y en tanga de seda. Mi marido también se puso cómodo: se quitó su camisa negra de terciopelo dejando al descubierto su también bien torneado torso.

Nos acercamos a la mesa, besamos ambos en los labios a nuestra amiga a modo de presentación y después cogimos algo de los suculentos manjares que había encima de nuestra amiga. Ella estaba tumbada de espaldas, por lo que no podía ver lo que estábamos cogiendo. Todo eran platos fríos, pero estaba todo exquisito. Había desde fiambre de pavo asado hasta salmón ahumado, pasando por caviar y unos exquisitos canapés variados. Le dimos también a nuestra amiga lo que nos pedía, pero a nuestra manera. La mayoría de las veces cogíamos el canapé o el trozo de salmón o lo que fuera y nos lo poníamos entre los dientes. A ella le estaba encantando aquél juego, puesto que se podía ver un hilillo blanquecino salir de su sexo. En cierto momento de la cena, a mi marido se le cayó un poco de mayonesa en el cachete derecho del culo de nuestra mesa viviente. Como es un caballero, se agachó y limpió a lengüetazos la mancha.

A todo esto, nuestro anfitrión estaba en un rincón, sonriendo ante el espectáculo que estaba presenciando. La vista de su mujer, empapada con sus propios jugos y la mía, que también estaba cachonda como una perra en celo, parecían divertirle. Es más, se había quitado los pantalones y había empezado a masturbarse. En un momento dado se levantó, fue a la cocina, trajo unos botes de nata y anunció: "El postre ya está aquí" en el preciso momento en el que terminábamos de "recoger la mesa". La limpiamos a fondo con nuestras lenguas. Al escuchar el anuncio de que el postre estaba servido, nos separamos de nuestra amiga y cogimos un bote de nata cada uno. Yo utilicé el que me habían asignado en ese magnífico ejemplar masculino que es nuestro amigo. Le puse una ración generosa de nata en su torso perfecto. Lamí despacio, tomándome mi tiempo.
Comprobé la reacción que mi lengua tenía en él. Sus pezones se endurecieron al contacto con ella. Añadí otra generosa ración de nata en su glande, que lamí golosamente, sin prisas, provocando en él una tremenda erección.


Mi marido y nuestra amiga, se estaban masturbando mutuamente viendo la escena que allí estaban presenciando. Una vez hube terminado de hacerle la mamada y que hubiera descargado en mi boca, me quité el sujetador y el tanga, que tenía completamente empapado y me dejé hacer. Notando el frescor de la nata, se me puso un poco la carne de gallina. Mis pezones se endurecieron al contacto y percibí que eso le estaba excitando a nuestro anfitrión. Ni corto ni perezoso empezó a lamer mi cuello, siguió bajando por los hombros, hasta que llegó a mis preciosos senos y comenzó a succionar los pezones. Como si fuera un niño de corta edad que tratara de sacar el néctar que mana del pecho de la madre. Después los mordisqueó un poco, haciéndome exhalar un gemido de placer. Siguió bajando por mi vientre, delicadamente, con gestos calculados para darme el mayor placer posible.

Una vez que hubo llegado a mi sexo, limpió la zona con más mimo todavía. Su lengua era muy juguetona. Se quedó un buen rato en mi clítoris, haciendo brotar mis jugos sin poder evitarlo. Una vez que hubo terminado, me lamió la parte interna de los muslos, siguió bajando por mis bien torneadas piernas y bajó hasta mis pies. Una vez que hubo terminado, me dio la vuelta y me puso otra ración por la espalda.

Bajando lenta y eróticamente por ella, me hizo estremecer de tal manera que noté cómo mi conejito volvía a estar completamente empapado.
Acabó llegando por fin a mi hermoso trasero. Lo lamió con fruición y dedicación, llegando a penetrar mi agujerito con su lengua. Yo estaba que casi no cabía en mí con todo aquél placer recorriendo mis entrañas. Una vez que hubo terminado y tras descansar un rato los cuatro, cambiaron las tornas.

Esta vez eran mi marido y aquella preciosidad los que nos deleitaron con el espectáculo de sus esculturales cuerpos desnudos. En esta ocasión, fue mi marido el que tomó la iniciativa y llenó de nata la parte delantera de nuestra amiga. Mientras tanto, esta vez fuimos nosotros, nuestro amigo y yo los que, desde aquél cómodo sofá, nos dedicamos a darnos placer mutuo. La visión de mi hombre lamiendo la piel de aquella mujer me excitó sobremanera, haciendo que me empapara casi sin la ayuda de la mano de aquél otro hombre, el marido de aquella otra mujer a la que estaba calentando mi cónyuge. Aquello era toda una sinfonía de gemidos, lametones, espasmos de placer cada vez que mi amigo y yo alcanzábamos el orgasmo mientras disfrutábamos del espectáculo. Los grandes y turgentes pechos de aquella diosa rubia, de esa Venus en la Tierra, me estaban volviendo loca.


Mi marido, con gran maestría, lamía y no dejaba centímetro por recorrer. Siguió bajando por su liso vientre, mirándome en todo momento y observando el efecto que sus actos estaban provocando en mí. Cuando por fin llegó al clítoris de aquella reencarnación de Nefertiti, me sobrevino otro orgasmo. No sabía ya cuántos llevaba. Y lo cierto es que tampoco importaba. Estaba gozando de lo lindo con esa situación. Cuando le dio la vuelta y le puso otra ración generosa de nata por la espalda, el culo, perfecto, de esos que en cuanto los miras quieres acariciarlos, penetrarlo, darle todo el placer que se merece y la parte posterior de sus piernas y comenzó a lamer, no pude resistirlo más y me acerqué a mi marido. Entre los dos comenzamos a lamer el cuerpo de nuestra amiga. Empezamos por la espalda, notando cómo estaba disfrutando al ser complacida por nuestras dos lenguas. Nos besamos, compartiendo su sabor mezclado con el nuestro. Aquello era de lo más excitante que habíamos hecho. Seguimos así un rato.


Besándonos y bajando por aquella espalda suave y aterciopelada. Bajamos sin prisas pero sin pausas hasta su trasero. Una vez allí, nos deleitamos con sus nalgas. Lamimos sus cachetes lascivamente durante un buen rato. Fue entonces cuando noté los dedos de nuestro anfitrión en mi vagina. Todo aquello era demasiado para mí y me desbordé en sus dedos, que después me dio para que lamiera.

Lo hice y acto seguido besé a mi amiga para compartir con ella el sabor de mi sexo y el de mi propia saliva.
La mezcla de sabores era de lo más excitante y adictiva. No podíamos dejar de besarnos, acariciarnos mutuamente mientras nuestros chicos nos hacían ir de orgasmo en orgasmo.

Entonces se separaron de nosotras un momento y acto seguido hicieron una doble penetración a la Venus que es nuestra amiga. Casi se desmaya del placer que recorría su cuerpo. Lo mismo me ocurría a mí. Estaba deseando que aquellos dos sementales me hicieran suya. Mientras mi amiga era follada por los dos hombres, yo me aliviaba como podía con mis manos. Introduje dos dedos de mi mano derecha en mi coño totalmente empapado y otros dos de la izquierda en el agujero de mi ano. Y así estuve un buen rato hasta que los tres alcanzaron el orgasmo.

Estaba preparada para ser poseída por aquellos dos sementales. Y no me defraudaron. A pesar del tiempo transcurrido, no parecían acusar demasiado el cansancio. Empezaron por besarme y recorrer con sus lenguas todo mi cuerpo. Yo me dejé hacer. Estaba siendo transportada por el placer. Nunca había sentido nada igual. Después noté la presión de las dos pollas en mi ser. Una oleada de placer convulsionó mi cuerpo. Me sentí completamente repleta cuando mi amiga se puso delante de mí y comencé a comerle su delicioso chochito. Era delicioso. Ser poseída por aquellos dos hombres y el sabor de aquella mujer en mi paladar...

No lo soporté mucho más y me sobrevino el orgasmo con la contundencia del trueno. Después de unos cuantos besos y caricias, nos quedamos dormidos los cuatro. No olvidaré aquél día. Más que nada porque fue el primero que compartimos con ellos dos. Después llegaron más, pero eso es otra historia y debe ser contada en otra ocasión...

DARUGIO Y LILITH

Es domingo por la noche. No es demasiado tarde. Serán como las diez o así. Voy caminando por la Gran Vía madrileña. De repente, al pasar por un semáforo, llaman mi atención un par de ojos verdes tan luminosos que su brillo ilumina durante una fracción de segundo la noche. Va acompañada por una amiga. Aunque también es atractiva, no llama mi atención tanto como esa preciosidad de mirada felina. Cuando nuestras miradas se encontraron, hubo una especie de conexión. Creo que ella intuía lo que pasaría poco tiempo después, pero aún así dejó que sucediera.

Las seguí durante un buen rato. Callejeaban mucho y a punto estuvieron de descubrirme en un par de ocasiones. Después de una media hora de caminata, se detuvieron. Estaban en un portal. Vi cómo se metía en él la amiga. La luz de las farolas ilumina sus cuerpos voluptuosos en contacto el uno con el otro. Se me hace una eternidad el tiempo que se toman para despedirse, pero tiene su recompensa: mi presa se ha quedado sola. Continúo el seguimiento sin ser visto. O al menos eso me hace creer.

Se detiene en la plaza de Cibeles. Coge el autobús nocturno, más conocido como búho, no me preguntéis el número de línea puesto que ahora mismo no lo recuerdo. Ella se sienta cerca de la salida, mientras que yo hago lo propio en un asiento del final del autobús. Después de una media hora, pulsa el botón de parada. No es una zona muy concurrida. Es más, es una zona donde ya había estado con alguna que otra víctima.

El sitio es idóneo para realizar la tarea que yo hago puesto que está apartado de miradas indiscretas y no hay casas cerca, con lo que los gritos que dan mis víctimas nunca son escuchados.
Hacía mucho tiempo que no realizaba lo que estaba a punto de hacer. Por eso aceleré el paso hasta abordarla. La tiré al suelo sin ningún tipo de miramiento y le desgarré la ropa. La visión de sus pechos, erectos a causa del miedo, me excitó muchísimo. Lo que ya me cortó un poco fue el hecho de que la muy guarra se había excitado con ello. Su coño estaba empapado en sus propios fluidos, casi como si hubiera estado fantaseando con la posibilidad de que algo así pudiera pasar.

Eso no le sentó bien a mi orgullo puesto que, en mi profesión, lo último que esperas es que una víctima esté excitada a causa de lo que está a punto de acontecer.
Mi instinto me decía que algo no iba bien con aquella mujer pero aún así lo hice; empecé a violar a aquella zorrita de ojos verdes, que, a pesar de estar siendo testigos de aquel acto atroz, parecía que estaban diciendo “no sabes cuánto tiempo he estado esperando esto”.

La penetré sin compasión, de una manera completamente brutal. Estaba seguro de que la tenía que estar provocando unos dolores terribles, pero aún así ella se iba excitando cada vez más. Y eso para un violador en serie como yo, es algo que no se puede tolerar. La violación sólo debe reportar excitación y placer al que la comete. Por eso me puso furioso la sumisión mostrada por aquella cerda. No lo pude resistir: le metí tal golpe con la mano abierta que pude descubrir cómo aquellos ojos verde esmeralda se empañaban con las lágrimas. Dio un grito, pero sonó más como sorpresa que de auténtico pavor.

- ¡Maldita zorra estúpida! – le grité.
- ¿Acaso no ves que estás siendo violada? – añadí -. Se supone que aquí el único que debe disfrutar soy yo.
- Te jode que una víctima disfrute con lo que haces, ¿verdad, Darugio?

La pregunta me causó tal estupor, que bajé la guardia y entonces fue ella la que aprovechó para ponerse encima.
Tenéis que entender mi situación: yo no he revelado mi identidad a nadie y menos aún a una víctima. Para mí ellas no son más que juguetes que, una vez usados dejan de tener utilidad para mí. Ver sus caras de vacío y el “¿por qué a mí?” reflejado en sus rostros, es el regalo supremo que puede hacerme una de las zorras con las que he tenido trato.

Aprovechó la situación, como acabo de decir, para ponerse encima mío.
¡Imaginaos la vergüenza que pasé! ¡Un violador al que la víctima conoce y que además es violado por ésta! Iba a ser el hazmerreír del gremio.
La muy puerca se metía mi polla en su chochito cada vez más lubrificado de una manera salvaje, tal y como lo habría hecho yo. Y a cada embestida sus gemidos fueron haciéndose cada vez más intensos hasta que la muy puta se corrió. Sentí sus flujos resbalar y mezclarse con los míos, puesto que yo, muy a mi pesar, también descargué en esa cavidad cuasi divina.

Fue entonces cuando me vino la inspiración: si esta putita disfruta con el sexo salvaje, seguro que la jode que la traten con dulzura.
Dicho y hecho. Empecé a lamerle las tetas, cuyos pezones estaban completamente endurecidos a causa de la excitación. Las tenía turgentes y prietas. Lamí con mimo sus pezones, lo que provocó su furia inmediata. Empezó a insultarme y vilipendiarme como hacen todas mis víctimas y eso me excitó de nuevo. Ignorando por completo sus ruegos de volver a ser follada con la ferocidad de hace un rato, me tomé mi tiempo en recorrer aquél cuerpo escultural de belleza ultraterrena. Continué mi alfombra de caricias y besos con parsimonia, sujetando con una mano sus brazos mientras que con la otra iba descendiendo lentamente, provocando su ira. Y cuanto más veía la furia en sus ojos, más me excitaba yo. La besé dulcemente en los labios, pero la muy cerda me mordió. Entonces la abofeteé para que tuviera claro quién era el que mandaba. Aunque ese hecho la excitó, se mostró luego algo más sumisa a pesar de la ira mostrada por su mirada.

La volví a penetrar, pero esta vez más suavemente que antes. Su cara estaba irreconocible a causa de la furia que surcaba sus delicados rasgos. Después de una media hora de actividad y de dos orgasmos no deseados por su parte, puesto que no surgió de sus labios ni un triste suspiro, me corrí en su interior con la satisfacción del trabajo bien hecho.

- ¡Pagarás por lo que le has hecho a la reina de los infiernos! – bramó con una furia de tal calibre que hasta el suelo parecía temblar.

De hecho, estoy seguro de que el suelo tembló, ya que perdí el equilibrio y me caí de espaldas.
Debo reconocer que sentí auténtico pánico. Noté en mis propias carnes lo que tantas veces había hecho sentir a mis víctimas.

- ¡Tienes razón! – aullé asustado por la situación en la que me encontraba.
Dicho esto, hice algo que no me imaginé que haría nunca: empecé a besar sus pies. Unos pies que en nada se parecían a las pezuñas con las que se suele representar a estos seres en las películas y los lienzos.

Superado un poco de la impresión, levanté la cabeza.
En ese momento vi la mirada que tenía en su rostro: en sus ojos había un destello lleno de intención. Entonces lo supe: aquella zorra tenía ganas de más.
En esta ocasión, dejé que llevara completamente las riendas de la situación.

La muy puta se me sentó a horcajadas sobre mí y se metió mi polla, endurecida a causa del miedo que aún sentía, sin ningún tipo de miramiento. Mis manos querían aferrarse a su trasero, pero bastaba con una mirada suya para dejar bien claro que era ella la que mandaba.

Esa situación es del todo humillante para alguien como yo, que se dedica a hacer esas cosas y está acostumbrado a ver en sus víctimas las mismas reacciones que estaba teniendo yo en ese momento.
No sé el tiempo que pasó, sólo sé que, en un momento dado, ella exhaló un alarido de placer y todo terminó. Si os soy sincero, no fue tan malo como pudiera parecer.

Después de aquella experiencia, salimos ambos de caza en alguna que otra ocasión.
Ni que decir tiene que desde entonces disfruté aún más de mi trabajo. La visión de aquella belleza abalanzándose sobre una de aquellas zorras y la mirada de sorpresa que pronto se convertía en pavor al descubrir que estaban siendo violadas me excita tanto que tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no eyacular antes de tiempo.
Pero eso es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

martes, 25 de agosto de 2009

SELENE Y AFRODITA

Los hechos que estoy a punto de relatar me los contó la propia Selene aquella mágica noche en la que, tras mucho invocarla, por fin accedió a pasarla con este humilde mortal que todavía no acaba de creerse tan gran prodigio.

“Era una cálida noche de mediados de julio. Estaba descansando después de una agotadora noche surcando los cielos en mis aposentos del monte Olimpo. Me metí en la ducha puesto que no veas la cantidad de mugre que hay por ahí arriba. Llevaba un rato así cuando noté que de repente unas manos me recorrían la espalda. Sobresaltada por este hecho, me giré dando un grito ahogado de sorpresa. Allí, frente a mí, estaba la exuberante y sensual Afrodita. Llevaba puesta una toga de gasa transparente que dejaba entrever su espectacular anatomía. Allí arriba somos casi todos bisexuales así que no veas las fiestas que nos montamos. Y si ya llega Baco con alguno de sus exquisitos caldos, ni te cuento.
>>Aprovechó que tenía la boca abierta para plantarme un beso en los labios que me hizo estremecer. ¡Hay que ver lo bien que lo hace la cabrona! Ahora mismo, al recordarlo, se me está humedeciendo el chochito. Mientras me besaba, me iba acariciando con sus suaves y expertas manos. Sus pezones se estaban empezando a endurecer al mismo ritmo que los míos propios al contacto con aquellas herramientas de placer que son las manos de esta diosa. El agua se mezclaba con mis propios fluidos creando una sensación que me excitaba cada vez más. Me sentía tan empapada y excitada que mi cueva carnosa y caliente palpitaba. Entonces, noté que me cogía en brazos. Me agarré a su cuello, delicado y suave como el pétalo de una rosa o el más fino raso. Me tumbó en mi cama, fabricada de una aleación especial que sólo se da en el Olimpo y que está hecha de hilo de nube y plata y cuyo colchón está fabricado con las nubes más esponjosas y las plumas de los cisnes más perfectos que te puedas imaginar. Las sábanas son de seda con bordados de rayos de sol. Los cabeceros de la misma están realizados a partir de lágrimas de vestal, plata de una pureza que jamás podrás ver en la tierra y rematados con unas rosas rojas esculpidas en rubí y cuyo tallo está realizado con el oro más brillante y pulido que te puedas imaginar.

>>Como te iba diciendo, Afrodita me cogió en brazos y me depositó en la cama. Yo estaba con la sensibilidad a flor de piel. Se quitó la finísima túnica que llevaba y me dejó contemplar en todo su esplendor aquellos hermosos senos para los que no encuentro palabras para describir la tersura, suavidad y exquisito sabor que tenían. Seguí bajando la mirada, siguiendo el contorno de aquél escultural cuerpo. Su melena dorada y rizada caía en bucles sobre sus deliciosos hombros.

Yo estaba temblando en la cama, esperando impaciente a que mi amante empezara la sinfonía de placer que más tarde me daría. Ella también estaba recreándose en la visión de este cuerpo que nada tiene que envidiar al de la llamada diosa del amor. Vi cómo devoraba con ojos llenos de lujuria mis senos, mi vientre, el monte que precede al valle de mi sexo que, hambriento, estaba ya completamente encharcado en sus propios jugos. Ambas nos acariciábamos mientras contemplábamos la fisonomía de la otra. En un momento dado, no lo pude resistir más: la cogí por los hombros y la obligué a que me tocara con sus expertas manos. En ese primer contacto de esos dedos, mi vello se erizó, dejé escapar un suspiro de placer mientras yo dejaba que dibujara mi cuerpo con sus manos. Mientras, yo hacía lo propio con el suyo. Su piel es tan suave, delicada y fragante, que no podía dejar de recorrerla con mis manos y mi lengua. Noté cómo sus pezones sonrosados se ponían erectos y cómo se erizaban sus aureolas. Después de estar así durante una eternidad, se dio la vuelta, ofreciéndome sus nalgas, redondas, perfectas, y tan suaves y tersas como el resto de su cuerpo. Empezamos a hacer el que es uno de los mejores 69 que he tenido en mi vida. Comencé a lamer su clítoris a la vez que ella hacía lo propio con el mío. Sentir sus flujos en mi boca me excitó más de lo que creía y en ese momento, guiada por la pasión del instante, lamí su suculento trasero sin olvidarme de ningún rincón e introduje mi dedo índice en ese agujero que tan apetitoso me parece mientras con mi lengua recorría su sexo. La muy zorra me estaba inundando la boca y la garganta con sus fluidos. Daba igual lo rápido que fuera; no bien terminaba de tragar la última gota sentía mi boca llena de nuevo. Aunque ella también bebió una ingente cantidad de mi néctar. Después de infinidad de orgasmos, la sinfonía de lujuria y pasión alcanzó su clímax cuando un último orgasmo, más violento que los anteriores, nos invadió a las dos.

Llegado ese momento, nos separamos un momento, derrengadas pero muy satisfechas. Estuvimos abrazadas y acariciándonos la una a la otra hasta que nos quedamos dormidas.>>

Después de que me relatara esto, volvimos a hacer el amor. Una vez más volví a tener la sensación de que no merecía tener tal honor. El estar con aquella deidad, que había sido amante de Afrodita, me infundió un profundo respeto. Quizá por eso, aquella vez la poseí con el respeto reverente que se merecía. Fue un día inolvidable para mí. Nos quedamos dormidos y cuando abrí los ojos ya se había ido. El notar su ausencia hizo que rodaran lágrimas por mis ojos. Volví la vista al cielo y le agradecí en silencio aquella noche mágica que nunca podré olvidar…

UNA NOCHE CON SELENE

La luna estaba llena esa noche. Como siempre que hay plenilunio, le lanzo suspiros al más bello de los satélites del sistema solar. Le suplico que, por una noche, baje de su celestial pedestal y pase aunque sólo sea una hora al lado de este humilde mortal.

Pues bien, esa noche me lo concedió. No la olvidaré jamás: estaba tumbado en un prado puesto que era verano y en casa no había quien estuviera. De repente, la noche se hizo un poco más oscura. Miré hacia el cielo y descubrí la razón: la luna había desaparecido.

-Buenas noches, mi muy querido mortal...-dijo una voz justo detrás de mí.
Me volví y entonces la noche volvió a relucir en todo su esplendor. Estaba allí, de pie.
Con un vestido vaporoso hecho de la más exquisita plata. Su cabello y sus pupilas también tenían color argénteo. Su piel era blanca como la leche. Y cuando hacía el más leve movimiento refulgía con reflejos plateados. Era la criatura más hermosa que había visto en toda mi vida. Tal fue mi conmoción, que me quedé sin habla. Tras un rato mirando como un bobo aquella aparición, contesté entre balbuceos que era un honor demasiado grande para mí que una criatura tan bella y majestuosa estuviera allí, conmigo.

Me besó con dulzura, diciéndome que la llamara Selene. Me pareció una magnífica idea. Al sonido de su nombre, mi alma se inflamó de amor por esa criatura. Le devolví el beso. Sabía a inmensidad, a eones, supernovas y big-banes varios. Pero también sabía a soledad, a ternura, a melancolía... Me dejé llevar y nos amamos durante la que fue la hora más corta de mi vida. O tal vez fue más tiempo, ya que los minutos parecían aguantar la respiración mientras que nosotros nos dejábamos llevar por la pasión. Se notaba que llevaba mucho tiempo en su cielo, sin más compañía que las presuntuosas estrellas y los maleducados planetas.

Decidí tomármelo con calma. Empecé por despojarle solemnemente de aquel vaporoso atuendo que llevaba. No podré olvidar aquella visión mientras viva: toda ella parecía hecha del mármol más blanco con adornos de plata. Su aureola y los pezones parecían hechos de ese material. Los besé reverentemente, notando la excitación que ese tierno gesto producía en ese ser celestial. Seguí bajando con mucha delicadeza, con mimo, como el que teme que una copa del más fino cristal se fuera a romper entre sus manos. Seguí bajando por ese vientre níveo, inmortal, notando cómo se estremecía a cada caricia. Seguí bajando hasta el monte de Venus, coronado por unos pocos vellos de color plata bruñida. Ella seguía estremeciéndose de placer. Parecía que fuera a romperse de un momento a otro. Me permití el lujo de jugar un poco con su clítoris. Tenía la suavidad de la plata labrada con amor. Era lo más suave que mis dedos habían tocado. Cuando le llegó el orgasmo, un río plateado surgió de su sexo. Me sentí avergonzado cuando ella empezó a desnudarme. Nunca he estado muy orgulloso de mi físico, pero eso parecía importarle un bledo. Besó con la misma ternura que yo había empleado mi torso desnudo.

El notar sus labios en mi piel me elevó a un nivel de placer tal que tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no eyacular mucho antes de empezar. Bajó por mi vientre, continuó por mis piernas, antes de detenerse en mi pene. Estaba más erecto que con cualquiera de las mujeres con las que había estado antes. Estoy convencido de que los nervios me estaban jugando una mala pasada y que por eso mi miembro estaba tan alto y mi glande tan colorado. Parecía a punto de estallar.

Y lo cierto, es que tampoco tardó mucho. Al poco de sentir la calidez de su boca, no pude aguantar más y descargué en su boca. Ella se relamió con un aire travieso los restos de semen de las comisuras de los labios.
Volvió a acariciarme y a besarme y pronto estuve de nuevo dispuesto a darle el placer que me demandaban sus ojos. Estaban relampagueantes de deseo. No pude hacer otra cosa que acceder a sus demandas. Se abrió de piernas, me quedé un rato observando su perfecta vagina y provoqué su enfado por este hecho. Mientras estaba absorto en la contemplación de aquél prodigio que no volvería a ver, me cogió y sin más dilación se introdujo mi sexo en la cueva carnosa, lubricada y estrecha que era su vagina. Con cada embestida me parecía estar en el espacio infinito, rodeado de estrellas, cometas y demás cuerpos celestes.

Todo aquello acabó con un estallido equivalente al de una supernova. El orgasmo nos llegó casi simultáneamente, brutal. Un charquito blanquecino-plateado se formó con la mezcla de nuestros fluidos. Nos dormimos abrazados el uno al otro, mas cuando desperté, ya se había ido. Ni que decir tiene que no volví a verla. Por lo menos en forma humana. Siempre se quedará grabado para el resto de mi vida lo sucedido aquél día. El día en el que Selene descendió de los cielos para yacer con un simple mortal que aún hoy se considera indigno de tal honor.

lunes, 24 de agosto de 2009

UN SUEÑO HECHO REALIDAD

Había ido al concierto de un grupo que sólo conocía a través de una amiga a la que también le gustaba. Se llamaba Darna y son asturianos, como yo. Se hizo al aire libre, algo poco usual en estos tiempos a no ser que sea un festival. Empiezan a sonar los primeros acordes y todos los que allí estábamos comenzamos a botar y a vibrar con la intensidad y la sensibilidad de la canción. Yo estaba encendida a causa de la música, de la voz de Ruth, su cantante y hechizada por el cuerpo menudo pero proporcionado de ella.

Mi amiga además no hacía más que echar más leña al fuego con unas caricias dulces y abrasadoras que hacían que mi cuerpo reaccionara. Mis pezones se pusieron erguidos y duros como boquillas de cigarrillo y mi sexo empezaba a gotear el néctar del placer. En cierto punto de la actuación, cuando empezó a cantar la canción "Sheela", me encontraba sumergida en la historia por completo. Sheela, una de las diosas del mundo de Darna, se enamora de un mortal. Me pongo a imaginar el cortejo que hizo con su amante mortal. Los juegos por los bosques y cómo ella se deja atrapar en los brazos musculosos y varoniles de él. Casi podía ver cómo ella se dejaba hacer mientras que el amante mortal la hacía gozar hasta límites que ella casi ni se había atrevido a soñar que fueran capaces de existir. Después lloré con ella cuando el resto de los dioses la condena a ser convertida en piedra y el fruto de su amor es entregado a los mortales. Sin darme cuenta, había tenido tres o cuatro orgasmos en el ínterin, ya que mi amiga no había dejado de hacer un uso maestro de sus manos y su boca. Entonces descubro que Ruth nos está mirando fijamente desde el escenario. Bueno, más concretamente fija sus ojos en mí. Unos preciosos y bellos ojos color almendra.

Total, que el concierto acaba, yo estoy bastante debilitada por la sesión que me ha proporcionado mi amiga y se nos acerca Ruth con una sonrisa picarona. -He tenido que hacer un esfuerzo sobrehumano para no hacer notar a mis compañeros de grupo lo caliente que me estabais poniendo. Si no estáis muy cansadas, me gustaría que os vinierais conmigo. Disculpadme un momento que tengo que despedirme de la banda y enseguida estoy con vosotras. Después de aquello nos quedamos boquiabiertas. Se me pasó el cansancio casi al instante. Total, que llegamos a su casa. Nos tomamos una copa de un buen vino, comentamos la actuación y cómo me sentí transportada en la canción que he mencionado antes y que para nosotras era como un sueño hecho realidad lo que estaba pasando. -Esto no ha hecho más que comenzar-nos dice con una sonrisa cargada de malicia. Acto seguido nos besa a ambas y nos pide que nos pongamos cómodas. Yo me siento bastante cohibida por todo aquello pero mi amiga empieza a desnudarse. Su maravilloso y bien torneado cuerpo me hace perder la cabeza y me lanzó como una loba a por su cuello y luego la devoro poco a poco con mis labios y mi lengua. Succiono los duros pezones, voy bajando por su vientre y me paro un instante en su sexo. Empiezo a mordisquear su clítoris y la noto gemir de placer. En ese instante noto que unas manos empiezan a acariciar mi espalda y a recorrer mi cuerpo con la experiencia de alguien que conoce bien la anatomía femenina. Recorre con su lengua mi espalda. Sigue bajando hasta mi vagina y me hace una comida que hace convulsionarme y casi me caigo al suelo de placer. A mi vez sigo comiendo el sexo a mi amiga.

Se convulsiona, noto su almíbar resbalando por mi garganta y en ese momento las tres soltamos un grito orgásmico que hizo retumbar el lagar. Nos quedamos un buen rato abrazadas las unas a las otras hasta que empezamos a sentir otra vez arder el deseo en nuestro interior. En esta ocasión fui yo la que le devolví el favor a Ruth. Empecé a saborear sus senos, húmedos a causa del sudor provocado por la excitación. Gemía de placer y me pedía en susurros entrecortados que no parara. A su vez, mi amiga estaba haciéndome vibrar de lo lindo con su boca y sus manos. Parecíamos tres músicos interpretando una sinfonía de besos, jadeos, gemidos y demás sonidos del placer. Cuando pensábamos que aquello ya había llegado a su fin, Ruth saca de su habitación unos consoladores. Nos da uno a cada una y ella se queda con dos. Yo empiezo a lamer morbosamente el mío antes de empezar a hacer el dibujo de mi cuerpo con él. Empiezo por el cuello.

Bajo por los senos dibujando su redondez. Hago sierpes alrededor de mi vientre y me entretengo un momento en mi monte de Venus. Veo que mi amiga, que es más impaciente que yo, ha empezado a introducírselo en el interior de su rosada cueva. Yo tengo un orgasmo gracias al efecto combinado de la visión y el placer que me proporciona el juguete. Entonces me lo introduzco en la vagina sin problemas de lo lubricada que está. Ruth a su vez utiliza los dos consoladores en cada uno de sus agujeros. Mi amiga se levanta y me introduce el suyo, también lubrificado con sus propios jugos en mi culo. Al principio es un poco molesto, pero después noto cómo me derrito de placer. Mi amiga y yo nos miramos con una sonrisa cómplice y dejamos que Ruth descanse sus manos y cogemos los consoladores y empezamos a follarla como locas. Nos habíamos dejado los consoladores puestos, con lo que el placer era algo ya casi inhumano.

Íbamos cada vez más rápido hasta que al final, con un gran estertor final, nos quedamos las tres dormidas la una al lado de la otra, abrazadas y con una gran sonrisa de satisfacción por el momento inolvidable que habíamos pasado y que duró casi hasta bien entrada la mañana.

RECUPERACIÓN DE LA PASIÓN

Llevan más de cinco años como pareja y conocen el cuerpo de la otra persona como si fuera el suyo propio. El sexo, aunque al principio hubo algo de imaginación y creatividad, se ha convertido en algo monótono y aburrido.
Por esta razón, él decide darle una sorpresa a su chica. Lo primero que hace al volver del trabajo es rodearla con sus brazos y darle un cariñoso beso en el cuello. Después, le pide que cierre los ojos. Acto seguido, se los venda. La tranquiliza diciéndole que no debe preocuparse por nada, que todo eso forma parte de un juego. Que se relaje y disfrute.


Con delicadeza y dulzura, como el que está manejando material altamente frágil, comienza a desnudarla. La acompaña hasta el dormitorio, donde le indica que le espere tumbada en la cama. Se dirige hacia la cocina no sin antes darle un cariñoso beso en la mejilla. Una vez allí, abre el congelador con cuidado para que ella no lo pueda escuchar.


Saca un cubito de hielo. Con delicadeza lo envuelve en un trapo no demasiado grueso y se dirige con precaución hacia la habitación. Una vez allí, se tumba junto a su amante y empieza a seguir el contorno de su cuerpo con el paño que oculta el hielo. Empieza por la cara, dibujando su forma con delicadeza. Al contacto con el frío, ella grita, pero después del primer golpe, empieza a sentir también cómo un calor emana de su interior.
Después del fino rostro de su compañera, empieza a bajar por los hombros, recorre sus brazos, siluetea su figura. Acto seguido, empieza a dibujar el contorno de los senos describiendo un círculo alrededor de sus pezones, que reaccionan al frío volviéndose duros cual boquillas de cigarrillo. Ella empieza a sentir los estremecimientos del éxtasis cuando su compañero baja por su vientre, el monte de Venus y se detiene en el clítoris.


Aquí él se recrea haciendo movimientos circulares y provocando en ella la consecuente reacción. El néctar interior de ella empapa su mano y el trapo con el hielo, ya prácticamente derretido. Una vez que el hielo está completamente derretido, se dedica a contemplarla durante unos segundos. La besa en los labios, saboreándolos, sintiendo su perfume. Empieza a descender por el sinuoso cuerpo de aquella que un día decidió que sería su compañera de batallas. Mientras lo hace, ella le pide que le deje quitarse la venda, pero él le dice que no, que todavía es pronto. Él empieza a cubrir de besos el cuerpo de su amada, sintiendo cómo se estremece al contacto de sus labios. Especialmente cuando se detiene a lamer amorosamente sus senos y mordisquea con ternura sus pezones, provocando un estremecimiento convulso en el cuerpo de aquélla que en tantos malos momentos le había acompañado. En realidad esto era una forma de darle las gracias por todo lo que le había hecho pasar. Sigue bajando, besando y acariciando cada centímetro de su cuerpo. Se detiene un momento en su vientre, nota su respiración agitada y convulsa. Tras unos breves instantes, continúa. Ella le vuelve a pedir que le permita quitarse la venda, pero el le dice que dentro de poco él mismo se la quitará que falta poco, pero que se dedique a disfrutar del momento. Que era lo mínimo que podía hacer en compensación por los años de apoyo y fidelidad sin exigir nada cambio.



Entonces ella calla unos instantes antes de volver a gemir de placer al sentir los labios de aquél que tantos malos momentos había compartido prácticamente sin protestar y que le estaba dando aquél regalo tan especial. Se detiene al llegar al monte de Venus. Acaricia amorosamente el delicado vello que allí crece haciendo que el cuerpo de ella produzca otro estremecimiento de placer. Entonces, sin aviso previo, él empieza a acariciar su clítoris y los labios mayores, provocando una nueva sacudida de exquisito placer en su compañera acompañado de una nueva descarga de néctar de amor. La besa en los labios y le dice que la ama como si se acabaran de conocer. Mientras se lo dice, le quita la venda a su compañera, su cómplice, su amiga. En sus ojos puede ver las lágrimas que derramó por las palabras de amor que le dijera antes. Se mantienen abrazados durante un largo momento antes de que esta vez sea ella la que empezó a acariciar el cuerpo de él. La piel de aquél que le había proporcionado esa dulce tortura estaba hipersensible a sus caricias y no tardó demasiado tiempo en tener una erección. Entonces ella sonríe con picardía y comenta que tendrá que bajarle la hinchazón. Con gran habilidad logra exprimir el jugo del miembro viril de su compañero. La noche se llenó con la sinfonía de gemidos y jadeos de ambos.


Probaron posturas que hacía tiempo que no hacían y se sorprendieron de ser capaces de realizarlas. Se durmieron abrazados y al despertarse siguieron un rato más mirándose a los ojos con el fuego que prendió el día en el que se conocieron. Se besaron, se ducharon, comieron algo y desde entonces se esforzaron por mantener siempre viva la hoguera que resurgió en el momento en el que más lo necesitaban ambos. El fuego se mantiene vivo. Cualquiera lo puede ver arder en el brillo de los ojos de ambos.