miércoles, 26 de agosto de 2009

DARUGIO Y LILITH

Es domingo por la noche. No es demasiado tarde. Serán como las diez o así. Voy caminando por la Gran Vía madrileña. De repente, al pasar por un semáforo, llaman mi atención un par de ojos verdes tan luminosos que su brillo ilumina durante una fracción de segundo la noche. Va acompañada por una amiga. Aunque también es atractiva, no llama mi atención tanto como esa preciosidad de mirada felina. Cuando nuestras miradas se encontraron, hubo una especie de conexión. Creo que ella intuía lo que pasaría poco tiempo después, pero aún así dejó que sucediera.

Las seguí durante un buen rato. Callejeaban mucho y a punto estuvieron de descubrirme en un par de ocasiones. Después de una media hora de caminata, se detuvieron. Estaban en un portal. Vi cómo se metía en él la amiga. La luz de las farolas ilumina sus cuerpos voluptuosos en contacto el uno con el otro. Se me hace una eternidad el tiempo que se toman para despedirse, pero tiene su recompensa: mi presa se ha quedado sola. Continúo el seguimiento sin ser visto. O al menos eso me hace creer.

Se detiene en la plaza de Cibeles. Coge el autobús nocturno, más conocido como búho, no me preguntéis el número de línea puesto que ahora mismo no lo recuerdo. Ella se sienta cerca de la salida, mientras que yo hago lo propio en un asiento del final del autobús. Después de una media hora, pulsa el botón de parada. No es una zona muy concurrida. Es más, es una zona donde ya había estado con alguna que otra víctima.

El sitio es idóneo para realizar la tarea que yo hago puesto que está apartado de miradas indiscretas y no hay casas cerca, con lo que los gritos que dan mis víctimas nunca son escuchados.
Hacía mucho tiempo que no realizaba lo que estaba a punto de hacer. Por eso aceleré el paso hasta abordarla. La tiré al suelo sin ningún tipo de miramiento y le desgarré la ropa. La visión de sus pechos, erectos a causa del miedo, me excitó muchísimo. Lo que ya me cortó un poco fue el hecho de que la muy guarra se había excitado con ello. Su coño estaba empapado en sus propios fluidos, casi como si hubiera estado fantaseando con la posibilidad de que algo así pudiera pasar.

Eso no le sentó bien a mi orgullo puesto que, en mi profesión, lo último que esperas es que una víctima esté excitada a causa de lo que está a punto de acontecer.
Mi instinto me decía que algo no iba bien con aquella mujer pero aún así lo hice; empecé a violar a aquella zorrita de ojos verdes, que, a pesar de estar siendo testigos de aquel acto atroz, parecía que estaban diciendo “no sabes cuánto tiempo he estado esperando esto”.

La penetré sin compasión, de una manera completamente brutal. Estaba seguro de que la tenía que estar provocando unos dolores terribles, pero aún así ella se iba excitando cada vez más. Y eso para un violador en serie como yo, es algo que no se puede tolerar. La violación sólo debe reportar excitación y placer al que la comete. Por eso me puso furioso la sumisión mostrada por aquella cerda. No lo pude resistir: le metí tal golpe con la mano abierta que pude descubrir cómo aquellos ojos verde esmeralda se empañaban con las lágrimas. Dio un grito, pero sonó más como sorpresa que de auténtico pavor.

- ¡Maldita zorra estúpida! – le grité.
- ¿Acaso no ves que estás siendo violada? – añadí -. Se supone que aquí el único que debe disfrutar soy yo.
- Te jode que una víctima disfrute con lo que haces, ¿verdad, Darugio?

La pregunta me causó tal estupor, que bajé la guardia y entonces fue ella la que aprovechó para ponerse encima.
Tenéis que entender mi situación: yo no he revelado mi identidad a nadie y menos aún a una víctima. Para mí ellas no son más que juguetes que, una vez usados dejan de tener utilidad para mí. Ver sus caras de vacío y el “¿por qué a mí?” reflejado en sus rostros, es el regalo supremo que puede hacerme una de las zorras con las que he tenido trato.

Aprovechó la situación, como acabo de decir, para ponerse encima mío.
¡Imaginaos la vergüenza que pasé! ¡Un violador al que la víctima conoce y que además es violado por ésta! Iba a ser el hazmerreír del gremio.
La muy puerca se metía mi polla en su chochito cada vez más lubrificado de una manera salvaje, tal y como lo habría hecho yo. Y a cada embestida sus gemidos fueron haciéndose cada vez más intensos hasta que la muy puta se corrió. Sentí sus flujos resbalar y mezclarse con los míos, puesto que yo, muy a mi pesar, también descargué en esa cavidad cuasi divina.

Fue entonces cuando me vino la inspiración: si esta putita disfruta con el sexo salvaje, seguro que la jode que la traten con dulzura.
Dicho y hecho. Empecé a lamerle las tetas, cuyos pezones estaban completamente endurecidos a causa de la excitación. Las tenía turgentes y prietas. Lamí con mimo sus pezones, lo que provocó su furia inmediata. Empezó a insultarme y vilipendiarme como hacen todas mis víctimas y eso me excitó de nuevo. Ignorando por completo sus ruegos de volver a ser follada con la ferocidad de hace un rato, me tomé mi tiempo en recorrer aquél cuerpo escultural de belleza ultraterrena. Continué mi alfombra de caricias y besos con parsimonia, sujetando con una mano sus brazos mientras que con la otra iba descendiendo lentamente, provocando su ira. Y cuanto más veía la furia en sus ojos, más me excitaba yo. La besé dulcemente en los labios, pero la muy cerda me mordió. Entonces la abofeteé para que tuviera claro quién era el que mandaba. Aunque ese hecho la excitó, se mostró luego algo más sumisa a pesar de la ira mostrada por su mirada.

La volví a penetrar, pero esta vez más suavemente que antes. Su cara estaba irreconocible a causa de la furia que surcaba sus delicados rasgos. Después de una media hora de actividad y de dos orgasmos no deseados por su parte, puesto que no surgió de sus labios ni un triste suspiro, me corrí en su interior con la satisfacción del trabajo bien hecho.

- ¡Pagarás por lo que le has hecho a la reina de los infiernos! – bramó con una furia de tal calibre que hasta el suelo parecía temblar.

De hecho, estoy seguro de que el suelo tembló, ya que perdí el equilibrio y me caí de espaldas.
Debo reconocer que sentí auténtico pánico. Noté en mis propias carnes lo que tantas veces había hecho sentir a mis víctimas.

- ¡Tienes razón! – aullé asustado por la situación en la que me encontraba.
Dicho esto, hice algo que no me imaginé que haría nunca: empecé a besar sus pies. Unos pies que en nada se parecían a las pezuñas con las que se suele representar a estos seres en las películas y los lienzos.

Superado un poco de la impresión, levanté la cabeza.
En ese momento vi la mirada que tenía en su rostro: en sus ojos había un destello lleno de intención. Entonces lo supe: aquella zorra tenía ganas de más.
En esta ocasión, dejé que llevara completamente las riendas de la situación.

La muy puta se me sentó a horcajadas sobre mí y se metió mi polla, endurecida a causa del miedo que aún sentía, sin ningún tipo de miramiento. Mis manos querían aferrarse a su trasero, pero bastaba con una mirada suya para dejar bien claro que era ella la que mandaba.

Esa situación es del todo humillante para alguien como yo, que se dedica a hacer esas cosas y está acostumbrado a ver en sus víctimas las mismas reacciones que estaba teniendo yo en ese momento.
No sé el tiempo que pasó, sólo sé que, en un momento dado, ella exhaló un alarido de placer y todo terminó. Si os soy sincero, no fue tan malo como pudiera parecer.

Después de aquella experiencia, salimos ambos de caza en alguna que otra ocasión.
Ni que decir tiene que desde entonces disfruté aún más de mi trabajo. La visión de aquella belleza abalanzándose sobre una de aquellas zorras y la mirada de sorpresa que pronto se convertía en pavor al descubrir que estaban siendo violadas me excita tanto que tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no eyacular antes de tiempo.
Pero eso es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

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