Acabamos de llegar. Nuestros amigos ya habían empezado la fiesta sin nosotros. Era una pareja a la que habíamos conocido hacía un año más o menos gracias a la sección de contactos de un foro. Ella es una rubia preciosa de ojos azules cuya mirada te cautiva sea cual sea tu sexo. La luz que ilumina su mirada pocas veces la he visto en los ojos de otros.
Él es un morenazo de los que quedan pocos. Tiene un físico imponente y unos ojos almendrados que te roban la razón. También despiden una luz especial que te hacen sucumbir a sus encantos. Para completar el cuadro, una voz deliciosamente sensual te acaricia y te arropa como una segunda piel.
Llamamos a la puerta, nos abrió él y nos dijo que estaban cenando. Llevaba el torso al descubierto, mostrando su esculpido torso y sus poderosos brazos. Pasamos al salón y nos llevamos la primera sorpresa: nuestra amiga y compañera de este portento estaba tumbada sobre una mesa baja y su cuerpo era el mantel.
-Servios lo que queráis. Ya sabéis que estáis en vuestra casa. -nos dijo con una de sus irresistibles sonrisas y con un brillo travieso en esos enormes ojos marrones...
Yo estaba más que excitada ante tal visión. Hasta tal punto, que mi sexo empezó a palpitar de excitación. Como no era la primera vez que estábamos en esa casa, decidí ponerme cómoda. Me quité el vestido negro que llevaba, quedándome únicamente en sujetador y en tanga de seda. Mi marido también se puso cómodo: se quitó su camisa negra de terciopelo dejando al descubierto su también bien torneado torso.
Nos acercamos a la mesa, besamos ambos en los labios a nuestra amiga a modo de presentación y después cogimos algo de los suculentos manjares que había encima de nuestra amiga. Ella estaba tumbada de espaldas, por lo que no podía ver lo que estábamos cogiendo. Todo eran platos fríos, pero estaba todo exquisito. Había desde fiambre de pavo asado hasta salmón ahumado, pasando por caviar y unos exquisitos canapés variados. Le dimos también a nuestra amiga lo que nos pedía, pero a nuestra manera. La mayoría de las veces cogíamos el canapé o el trozo de salmón o lo que fuera y nos lo poníamos entre los dientes. A ella le estaba encantando aquél juego, puesto que se podía ver un hilillo blanquecino salir de su sexo. En cierto momento de la cena, a mi marido se le cayó un poco de mayonesa en el cachete derecho del culo de nuestra mesa viviente. Como es un caballero, se agachó y limpió a lengüetazos la mancha.
A todo esto, nuestro anfitrión estaba en un rincón, sonriendo ante el espectáculo que estaba presenciando. La vista de su mujer, empapada con sus propios jugos y la mía, que también estaba cachonda como una perra en celo, parecían divertirle. Es más, se había quitado los pantalones y había empezado a masturbarse. En un momento dado se levantó, fue a la cocina, trajo unos botes de nata y anunció: "El postre ya está aquí" en el preciso momento en el que terminábamos de "recoger la mesa". La limpiamos a fondo con nuestras lenguas. Al escuchar el anuncio de que el postre estaba servido, nos separamos de nuestra amiga y cogimos un bote de nata cada uno. Yo utilicé el que me habían asignado en ese magnífico ejemplar masculino que es nuestro amigo. Le puse una ración generosa de nata en su torso perfecto. Lamí despacio, tomándome mi tiempo.
Comprobé la reacción que mi lengua tenía en él. Sus pezones se endurecieron al contacto con ella. Añadí otra generosa ración de nata en su glande, que lamí golosamente, sin prisas, provocando en él una tremenda erección.
Mi marido y nuestra amiga, se estaban masturbando mutuamente viendo la escena que allí estaban presenciando. Una vez hube terminado de hacerle la mamada y que hubiera descargado en mi boca, me quité el sujetador y el tanga, que tenía completamente empapado y me dejé hacer. Notando el frescor de la nata, se me puso un poco la carne de gallina. Mis pezones se endurecieron al contacto y percibí que eso le estaba excitando a nuestro anfitrión. Ni corto ni perezoso empezó a lamer mi cuello, siguió bajando por los hombros, hasta que llegó a mis preciosos senos y comenzó a succionar los pezones. Como si fuera un niño de corta edad que tratara de sacar el néctar que mana del pecho de la madre. Después los mordisqueó un poco, haciéndome exhalar un gemido de placer. Siguió bajando por mi vientre, delicadamente, con gestos calculados para darme el mayor placer posible.
Una vez que hubo llegado a mi sexo, limpió la zona con más mimo todavía. Su lengua era muy juguetona. Se quedó un buen rato en mi clítoris, haciendo brotar mis jugos sin poder evitarlo. Una vez que hubo terminado, me lamió la parte interna de los muslos, siguió bajando por mis bien torneadas piernas y bajó hasta mis pies. Una vez que hubo terminado, me dio la vuelta y me puso otra ración por la espalda.
Bajando lenta y eróticamente por ella, me hizo estremecer de tal manera que noté cómo mi conejito volvía a estar completamente empapado.
Acabó llegando por fin a mi hermoso trasero. Lo lamió con fruición y dedicación, llegando a penetrar mi agujerito con su lengua. Yo estaba que casi no cabía en mí con todo aquél placer recorriendo mis entrañas. Una vez que hubo terminado y tras descansar un rato los cuatro, cambiaron las tornas.
Esta vez eran mi marido y aquella preciosidad los que nos deleitaron con el espectáculo de sus esculturales cuerpos desnudos. En esta ocasión, fue mi marido el que tomó la iniciativa y llenó de nata la parte delantera de nuestra amiga. Mientras tanto, esta vez fuimos nosotros, nuestro amigo y yo los que, desde aquél cómodo sofá, nos dedicamos a darnos placer mutuo. La visión de mi hombre lamiendo la piel de aquella mujer me excitó sobremanera, haciendo que me empapara casi sin la ayuda de la mano de aquél otro hombre, el marido de aquella otra mujer a la que estaba calentando mi cónyuge. Aquello era toda una sinfonía de gemidos, lametones, espasmos de placer cada vez que mi amigo y yo alcanzábamos el orgasmo mientras disfrutábamos del espectáculo. Los grandes y turgentes pechos de aquella diosa rubia, de esa Venus en la Tierra, me estaban volviendo loca.
Mi marido, con gran maestría, lamía y no dejaba centímetro por recorrer. Siguió bajando por su liso vientre, mirándome en todo momento y observando el efecto que sus actos estaban provocando en mí. Cuando por fin llegó al clítoris de aquella reencarnación de Nefertiti, me sobrevino otro orgasmo. No sabía ya cuántos llevaba. Y lo cierto es que tampoco importaba. Estaba gozando de lo lindo con esa situación. Cuando le dio la vuelta y le puso otra ración generosa de nata por la espalda, el culo, perfecto, de esos que en cuanto los miras quieres acariciarlos, penetrarlo, darle todo el placer que se merece y la parte posterior de sus piernas y comenzó a lamer, no pude resistirlo más y me acerqué a mi marido. Entre los dos comenzamos a lamer el cuerpo de nuestra amiga. Empezamos por la espalda, notando cómo estaba disfrutando al ser complacida por nuestras dos lenguas. Nos besamos, compartiendo su sabor mezclado con el nuestro. Aquello era de lo más excitante que habíamos hecho. Seguimos así un rato.
Besándonos y bajando por aquella espalda suave y aterciopelada. Bajamos sin prisas pero sin pausas hasta su trasero. Una vez allí, nos deleitamos con sus nalgas. Lamimos sus cachetes lascivamente durante un buen rato. Fue entonces cuando noté los dedos de nuestro anfitrión en mi vagina. Todo aquello era demasiado para mí y me desbordé en sus dedos, que después me dio para que lamiera.
Lo hice y acto seguido besé a mi amiga para compartir con ella el sabor de mi sexo y el de mi propia saliva.
La mezcla de sabores era de lo más excitante y adictiva. No podíamos dejar de besarnos, acariciarnos mutuamente mientras nuestros chicos nos hacían ir de orgasmo en orgasmo.
Entonces se separaron de nosotras un momento y acto seguido hicieron una doble penetración a la Venus que es nuestra amiga. Casi se desmaya del placer que recorría su cuerpo. Lo mismo me ocurría a mí. Estaba deseando que aquellos dos sementales me hicieran suya. Mientras mi amiga era follada por los dos hombres, yo me aliviaba como podía con mis manos. Introduje dos dedos de mi mano derecha en mi coño totalmente empapado y otros dos de la izquierda en el agujero de mi ano. Y así estuve un buen rato hasta que los tres alcanzaron el orgasmo.
Estaba preparada para ser poseída por aquellos dos sementales. Y no me defraudaron. A pesar del tiempo transcurrido, no parecían acusar demasiado el cansancio. Empezaron por besarme y recorrer con sus lenguas todo mi cuerpo. Yo me dejé hacer. Estaba siendo transportada por el placer. Nunca había sentido nada igual. Después noté la presión de las dos pollas en mi ser. Una oleada de placer convulsionó mi cuerpo. Me sentí completamente repleta cuando mi amiga se puso delante de mí y comencé a comerle su delicioso chochito. Era delicioso. Ser poseída por aquellos dos hombres y el sabor de aquella mujer en mi paladar...
No lo soporté mucho más y me sobrevino el orgasmo con la contundencia del trueno. Después de unos cuantos besos y caricias, nos quedamos dormidos los cuatro. No olvidaré aquél día. Más que nada porque fue el primero que compartimos con ellos dos. Después llegaron más, pero eso es otra historia y debe ser contada en otra ocasión...
miércoles, 26 de agosto de 2009
LO MEJOR, A LOS POSTRES
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