Los hechos que aquí paso a relatar ocurrieron un día de principios de febrero en la preciosa isla de Gran Canaria. Yo estaba pasando unos días por allí disfrutando de sus palmeras, sus playas, su gastronomía y para ver el florecimiento de los almendros que me habían comentado que era espectacular. Había decidido ir a un bar a tomar algo después de una maratoniana mañana en la que me había pateado media isla y necesitaba hacer un alto en el camino. Estaba tomando una copa en la terraza de un bar. Estoy charlando de trivialidades con mi compañero de asiento, al que había conocido ese mismo día, cuando veo entrar por la puerta a una mujer esbelta, alta, debía rondar el 1,75 de estatura.
No sé qué me atrajo más de ella: si sus pantalones blancos y su camiseta roja con una abertura que dejaba ver el nacimiento de sus pechos o esos preciosos ojos color almendra que me deslumbraron desde el preciso instante en el que se quitaba las gafas de sol que llevaba.
Lo cierto es que tuve una erección en ese mismo instante. Había una chispa salvaje y desafiante en esos ojos que, de alguna forma parecían estar suplicando que me acercara a hablar con su dueña.
Bebí el último trago de mi copa, le pedí a mi interlocutor que me disculpara y me acerqué a ella con la seguridad que da el haber tomado un par de copas. No sé bien los ingredientes que tenían los cócteles que me pedí. Sólo recuerdo que entraron muy bien pero que se me estaban subiendo a la cabeza.
Me imagino que fue cosa del alcohol, porque de otra manera no me explico cómo pude decirle lo siguiente al oído:
-Te espero en el aseo de caballeros dentro de dos minutos.
Sin esperar contestación y sin haber visto más que de refilón la mirada lasciva que me echó, me dirigí al aseo y me dispuse a esperar a mi diosa. Es bastante amplio. Tiene un espejo desde el cual se puede ver a todo aquél que entra por la puerta. Ella entró a los treinta segundos de haber llegado al baño.
Lo primero que hace nada más entrar es besarme con pasión, con desenfreno, con la impaciencia de quien vive la vida de una manera intensa. Mientras nos besamos, me mete mano por encima del pantalón. Mi erección aumenta. Ella, al notarlo, sonríe pícaramente y la veo descender sobre mi miembro, totalmente erecto y hambriento de su centro del placer. Lo libera de su prisión y comienza a besarlo, a darle pequeños lengüetazos y a mordisquearlo. Yo me creo a punto de desmayar del placer. Cuando noto que me voy a correr, se lo hago saber. Entonces ella, lejos de apartarse, me la mama con más rapidez hasta que me corro en su boca. Se lo traga todo, no deja nada.
Mi pene sigue erecto y le bajo los pantalones hasta la rodilla. Lo hago con tal ímpetu, que a su vez le bajo el tanga rosa que llevaba. Entonces, sin miramientos, la poseo. Siento su vulva palpitante, húmeda, cálida y estrecha chuparme la polla. Es una sensación increíble. Es el mejor coño que he probado en mucho tiempo.
Continué las embestidas con una fuerza animal absolutamente desconocida para mí hasta que noto que estoy cercano al orgasmo.
Es entonces cuando la saco y, aprovechando un gemido suyo de placer, la introduzco en su boca. La penetro con pasión, dejándome llevar, y a ella parece no importarle. De hecho, se ha formado un charquito en el suelo con el jugo de su placer. Eso me excita aún más y aumento el ritmo hasta que, una vez más, descargo mi semen en su boca. Sus mejillas están encendidas y sus ojos echan chispas apasionadas. Veo que se ha quedado tan satisfecha como yo y eso me gusta y me pone. Se lo hago saber y me dice que le acompañe a su casa.
Nos subimos en su coche, llegamos a una preciosa casa de dos plantas. Tiene un jardín enorme en la parte de atrás. Desde allí se escucha el murmullo del mar. Es un lugar tan maravilloso que creo que he muerto y he ascendido a los cielos.
Tras una reparadora ducha, nos sentamos en un sofá blanco precioso y me prepara una copa de ron con cola.
Se sienta a mi lado y, entre besos, abrazos y caricias me dice su nombre; es tan hermoso como todo lo demás en ella: Penélope. En comparación, el mío me parece más bien vulgar. Me coge de la mano y me da una vuelta por la casa. En la planta de abajo estaba el salón, la entrada, la cocina, un aseo, creo que también había una especie de trastero y creo que también había un pequeño despacho. En la planta superior hay una habitación que debe de ser la principal puesto que en su interior y dominando la escena se encuentra una cama de dormitorio. Grande, con una colcha de seda color marfil y unas almohadas que eran una delicia a juego.
No eran ni demasiado altas ni demasiado bajas. Tenían la altura idónea para descansar. A los lados de la cama, sendas mesitas de noche de corte moderno, con tiradores de aluminio y madera seminoble. Justo enfrente de la cama, había una cómoda de estilo clásico, recargada, con unos cuantos cajones. Los había pequeños y grandes. Los pequeños para la ropa interior y los grandes para el resto. Encima de la cómoda, vigilando toda la estancia se encuentra un espejo. Es también moderno, con lo que deduzco que el mueble que está debajo suyo debe de ser un recuerdo familiar o algo así.
Al lado de esta habitación se halla el cuarto de invitados, una estancia pequeña y acogedora, sin demasiados adornos, pero confortable. También hay otro aseo en esta planta. Dos, si tenemos en cuenta el que se encuentra en el dormitorio principal.
Hace una tarde agradable. Después de enseñarme la casa y de comer algo, me acompaña a su habitación. Tiene las ventanas abiertas, con lo que el sonido del mar se cuela por la ventana. Nos desnudamos con ansiedad, hambrientos el uno del otro. Nunca olvidaré la manera en la que los rayos del sol bañaban su esbelta figura. Cómo jugaban con sus senos, cómo iluminaba una parte de su cadera, cómo creaba claroscuros en su sexo…
Todo esto me excita y ella lo nota. Me sonríe pícaramente y baja su cabeza hasta mi pene, ahora prácticamente erecto en su totalidad. Se lo mete lentamente en la boca. Le mete un mordisquito juguetón a mi glande que me hace exhalar un gemido de placer. Después, con la maestría de alguien que se nota que ha hecho esto más de una vez, se lo mete en la boca y empieza a mover la cabeza en función de su excitación.
Como estábamos en la posición del 69, comencé a saborear aquél fruto de la pasión que me supo a excitación, a placer, a gloria… Cada vez estaba más húmedo a causa de mis lengüetazos. Mi miembro estaba cada vez más grande y grueso por las pasadas que me propinaba con aquella maravillosa lengua… Su boca estaba tan cálida, húmeda y hambrienta como hacía unas horas en el bar.
Después de estar un buen rato en esta posición, nos separamos no sin antes besarnos para paladear nuestros propios sabores en los labios de la otra persona. La levanté en vilo y empecé a penetrarla con delicadeza al principio, haciendo que notara cada embestida con calculada lentitud. Su pulso se iba acelerando cada vez más conforme iba aumentando el ritmo de mi cadera hasta que empecé a embestir con una furia animal, salvaje, primigenia… Su cuerpo me inspiraba a que la tuviera de aquella manera. La apoyé contra la pared y continué bombeando otro rato hasta que decidí darle la vuelta y la penetré desde atrás. El contemplar su trasero mientras le llenaba aquella cueva con mi pene me volvía loco. Me dediqué a jugar con él mientras la penetraba de manera frenética. La azotaba, escuchaba su grito de dolor mezclado con el de su excitación. Su sexo era como una segunda boca y en aquél momento estaba salivando de lo lindo por el bocado que tenía en su interior.
La habitación era en ese momento una sinfonía caótica de pasión desatada en la que se mezclaban gritos, jadeos, gemidos... Notando que estaba próximo al orgasmo, le pongo mi glande entre sus generosos pechos. Me muevo entre ellos recreándome en su suavidad. Lo hago despacio para notar durante más tiempo esa agradable sensación. Cuando llego al clímax, acelero el ritmo hasta que mi semen sale disparado, llenando el hueco entre esas dos preciosas montañas carnosas e incluso llegando a salpicar su cuello y su barbilla. Nuestros cuerpos están empapados en sudor. La beso en esos labios tan deliciosos que tiene... El sabor a placer, excitación, lujuria y pasión inunda mi paladar. Me enciende, pero después de esta sesión de sexo, necesito un poco de tiempo para descansar. Nos damos otra ducha, que nos relaja y nos dormimos en aquella cama cuyas sábanas todavía huelen a pasión y que, a la mañana siguiente, me llevaría como souvenir de aquél inolvidable día en el que conocí el mejor monumento de la isla y que no encontrarás en ninguna guía turística.
domingo, 30 de agosto de 2009
UN MONUMENTO INSULAR QUE NO ESTÁ EN LAS GUÍAS
Este relato lo hice pensando en una amiga muy especial que tengo y que vive en las llamadas "Islas Afortunadas" y a la que espero ver muy pronto. Un besazo, preciosa.
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