La luna estaba llena esa noche. Como siempre que hay plenilunio, le lanzo suspiros al más bello de los satélites del sistema solar. Le suplico que, por una noche, baje de su celestial pedestal y pase aunque sólo sea una hora al lado de este humilde mortal.
Pues bien, esa noche me lo concedió. No la olvidaré jamás: estaba tumbado en un prado puesto que era verano y en casa no había quien estuviera. De repente, la noche se hizo un poco más oscura. Miré hacia el cielo y descubrí la razón: la luna había desaparecido.
-Buenas noches, mi muy querido mortal...-dijo una voz justo detrás de mí.
Me volví y entonces la noche volvió a relucir en todo su esplendor. Estaba allí, de pie.
Con un vestido vaporoso hecho de la más exquisita plata. Su cabello y sus pupilas también tenían color argénteo. Su piel era blanca como la leche. Y cuando hacía el más leve movimiento refulgía con reflejos plateados. Era la criatura más hermosa que había visto en toda mi vida. Tal fue mi conmoción, que me quedé sin habla. Tras un rato mirando como un bobo aquella aparición, contesté entre balbuceos que era un honor demasiado grande para mí que una criatura tan bella y majestuosa estuviera allí, conmigo.
Me besó con dulzura, diciéndome que la llamara Selene. Me pareció una magnífica idea. Al sonido de su nombre, mi alma se inflamó de amor por esa criatura. Le devolví el beso. Sabía a inmensidad, a eones, supernovas y big-banes varios. Pero también sabía a soledad, a ternura, a melancolía... Me dejé llevar y nos amamos durante la que fue la hora más corta de mi vida. O tal vez fue más tiempo, ya que los minutos parecían aguantar la respiración mientras que nosotros nos dejábamos llevar por la pasión. Se notaba que llevaba mucho tiempo en su cielo, sin más compañía que las presuntuosas estrellas y los maleducados planetas.
Decidí tomármelo con calma. Empecé por despojarle solemnemente de aquel vaporoso atuendo que llevaba. No podré olvidar aquella visión mientras viva: toda ella parecía hecha del mármol más blanco con adornos de plata. Su aureola y los pezones parecían hechos de ese material. Los besé reverentemente, notando la excitación que ese tierno gesto producía en ese ser celestial. Seguí bajando con mucha delicadeza, con mimo, como el que teme que una copa del más fino cristal se fuera a romper entre sus manos. Seguí bajando por ese vientre níveo, inmortal, notando cómo se estremecía a cada caricia. Seguí bajando hasta el monte de Venus, coronado por unos pocos vellos de color plata bruñida. Ella seguía estremeciéndose de placer. Parecía que fuera a romperse de un momento a otro. Me permití el lujo de jugar un poco con su clítoris. Tenía la suavidad de la plata labrada con amor. Era lo más suave que mis dedos habían tocado. Cuando le llegó el orgasmo, un río plateado surgió de su sexo. Me sentí avergonzado cuando ella empezó a desnudarme. Nunca he estado muy orgulloso de mi físico, pero eso parecía importarle un bledo. Besó con la misma ternura que yo había empleado mi torso desnudo.
El notar sus labios en mi piel me elevó a un nivel de placer tal que tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no eyacular mucho antes de empezar. Bajó por mi vientre, continuó por mis piernas, antes de detenerse en mi pene. Estaba más erecto que con cualquiera de las mujeres con las que había estado antes. Estoy convencido de que los nervios me estaban jugando una mala pasada y que por eso mi miembro estaba tan alto y mi glande tan colorado. Parecía a punto de estallar.
Y lo cierto, es que tampoco tardó mucho. Al poco de sentir la calidez de su boca, no pude aguantar más y descargué en su boca. Ella se relamió con un aire travieso los restos de semen de las comisuras de los labios.
Volvió a acariciarme y a besarme y pronto estuve de nuevo dispuesto a darle el placer que me demandaban sus ojos. Estaban relampagueantes de deseo. No pude hacer otra cosa que acceder a sus demandas. Se abrió de piernas, me quedé un rato observando su perfecta vagina y provoqué su enfado por este hecho. Mientras estaba absorto en la contemplación de aquél prodigio que no volvería a ver, me cogió y sin más dilación se introdujo mi sexo en la cueva carnosa, lubricada y estrecha que era su vagina. Con cada embestida me parecía estar en el espacio infinito, rodeado de estrellas, cometas y demás cuerpos celestes.
Todo aquello acabó con un estallido equivalente al de una supernova. El orgasmo nos llegó casi simultáneamente, brutal. Un charquito blanquecino-plateado se formó con la mezcla de nuestros fluidos. Nos dormimos abrazados el uno al otro, mas cuando desperté, ya se había ido. Ni que decir tiene que no volví a verla. Por lo menos en forma humana. Siempre se quedará grabado para el resto de mi vida lo sucedido aquél día. El día en el que Selene descendió de los cielos para yacer con un simple mortal que aún hoy se considera indigno de tal honor.
martes, 25 de agosto de 2009
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