miércoles, 21 de octubre de 2009

LA COLEGIALA TRAVIESA

Llevaba observándola ya un tiempo. Íbamos los dos al mismo colegio. ¡Dios, es la chica más guapa que he visto en mi vida! Ella tendría unos quince años. Yo tenía dos más que ella. Era mal estudiante y me hicieron repetir el último curso. Cada vez que entraba en clase, el corazón me latía a mil. Ese cabello negro como la noche, esa mirada color miel, esa espléndida silueta emergente... Todo en ella parecía presagiar que cuando se convirtiera en mujer sería aún más atractiva de lo que era entonces.

Aquél año terminé el curso con buena nota. Pero aún así, fui el año siguiente porque no podía dejar de pensar en esa mirada clara y serena.

-¿Tú no ibas a mi misma clase?- me preguntó mirándome a la cara con esos enormes y luminosos ojos suyos.
-S... sí- tartamudeé, colorado como un tomate maduro porque la chica que había ocupado mis pensamientos durante todo aquél año se había dignado dirigirme la palabra.
Ella se dio cuenta de la turbación que provocaba en mí y se puso a sonreír maliciosamente.
-Parece que tu amiguito se alegra de verme...-rió señalando la bragueta de mi pantalón, que mostraba un claro bulto y que, por más que intentaba disimular, peor.

Salí corriendo, bastante avergonzado por lo sucedido. Pero pensando en ese ángel de belleza supraterrena que había ocupado mis más locas fantasías. Me imaginaba que nos íbamos a una isla remota, desierta, donde, lejos de los padres y los profesores, podríamos amarnos sin límite. Viviríamos felices para siempre. Amándonos, comiendo lo que la naturaleza nos da, durmiendo abrazados el uno al otro, sintiendo el perfume turbador de su pelo, enganchado a sus curvas, su suave piel... Tuve poluciones nocturnas a causa de mi calenturienta imaginación.

Aún así, a pesar de la humillación sufrida el día anterior, me decidí a volver al colegio: estaba perdidamente enamorado de aquella criatura celestial. Me vio. Me aseguré de que se diera cuenta de que la estaba observando. Intenté poner cara de enfado, pero me resultaba casi imposible. En el verano su cuerpo había sufrido una transformación y se la veía más plena, aún más hermosa de lo que era el curso anterior.

-Siento mucho lo de ayer -me dijo con esos ojazos marrones pidiéndome otra oportunidad.
-Sabes bien que no puedo enfadarme contigo por mucho tiempo -le respondí con una sonrisa que dejaba bien a las claras que lo que estaba diciendo era verdad.
Entonces ocurrió lo que tanto había imaginado: me estampó un beso en los morros que me dejó sin aliento durante un buen rato.

-A partir de este momento, me dijo con su sensual voz casi en un susurro, puedes considerarte oficialmente mi novio.
Yo me creía flotar. Vinieron a mi encuentro los sueños y las fantasías del pasado, sólo para desaparecer ante el peso aplastante de la realidad: aquella que tanto excitó mi imaginación estaba aquí, besándome y dejándome sin respiración.
Como única contestación me limité a asentir con la boca abierta a causa del tremendo shock sufrido. Consciente de la erección que me produjo, pero en la nube que me había recogido y que me llevaba flotando hasta casa, no me enteraba de lo que acontecía a mi alrededor.

Empezamos a salir y yo estaba que no cabía en mí de gozo. Imagináoslo por un momento: la chica más guapa de clase, esa que es fácil de identificar por los moscardones que la rodean y de las amigas envidiosas que intentan parecerse a ella, decide salir contigo. Tú siempre has estado enamorado de ella, pero no se ha fijado nunca en ti porque siempre has estado sentado en las últimas filas y el único lujo que te has permitido ha sido decirle un tímido “Hola” cada vez que la veías entrar con su maravilloso perfume y su larga y sedosa cabellera negra.

Volviendo al tema: Empezamos a salir. Fuimos conociéndonos poco a poco y descubrí que teníamos gustos comunes: a ambos nos encanta la música, nos encanta leer y también escribir. Disfrutamos con las mismas películas... Todo va de fábula. Sigo en esa nube que me produce una especie de vértigo que me provoca un nudo en el estómago.

¡Ay! ¿Qué decir de aquellos primeros roces? Al principio por encima de la ropa, en los cines, en la última fila, mientras nos devorábamos con fruición sin importarnos las miradas ajenas. Notar el fragante y fresco sabor de su boca me transportaba a lugares salvajes, indómitos y eso me excitaba aún más.

Cuando ya llevábamos un tiempo saliendo, como unos seis meses, le propongo que hagamos el amor.

-Ten paciencia -me dice con una sonrisa picarona que delata sus ganas por entregarse a los placeres de Afrodita -; mis padres no van a estar este verano y les he convencido para que me dejen quedarme en casa alegando que dentro de unos meses cumpliré los 18 y que soy capaz de afrontar la responsabilidad. Se mostraron reacios al principio, pero cuando les dije que mi hermana la mayor también se quedaba y que así tendría a alguien que cuidara de mí, pues a regañadientes, acabaron aceptando. También le debo dar las gracias a ella, mi hermana, puesto que me apoyó en mis argumentos.

Aquellos meses se me hicieron eternos. El imaginar aquel cuerpo escultural desnudo me provocaba taquicardias. Por fin llegó el gran día: era un caluroso día de agosto. Me llamó para decirme que no había moros en la costa. Que sus padres acababan de salir para el aeropuerto y que su hermana había ido a acompañarles y después se iría a trabajar, con lo que no volvería hasta muy tarde.
Tras colgar el teléfono, me duché, me puse mi mejor colonia, me calcé, me vestí con unos pantalones cortos y una camiseta de manga corta. Cuando llegué y, tras llamar a la puerta, ella me abre, casi me da un patatús. Llevaba puesto un vestido de sport ceñidísimo que le acentuaba las curvas de manera espectacular.

Aprovechando que tenía la boca abierta, se abalanza sobre mí y me empieza a devorar como una tigresa. Cerré la puerta como pude, dando un portazo. No me importó que los vecinos pudieran oírnos. Después de ese prolongado beso, la aparté para admirar bien su figura dentro de ese vestido que se ajustaba a su cuerpo como un guante. Era un vestido negro precioso, el cual camuflaba el cabello, que llevaba suelto en ondas y que le cubría casi el rostro menos esos ojos color miel que me volvían loco. Observando cómo la miraba, ella empezó a darse la vuelta lentamente, de manera que pudiera contemplar todos y cada uno de los detalles de ese cuerpo que parecía como esculpido en carne y hueso. Cuando terminó de dar la vuelta, no lo pude resistir y esta vez fui yo el que la devoró. Mientras lo hacía, le quité el ceñido vestido mientras ella hacía lo propio con mi camiseta.

¡Qué diecisiete años más bien puestos que tenía la cabrita!
Sus pechos, oprimidos por el sostén blanco de encaje que llevaba puesto estaban pidiendo a gritos que los liberaran y así lo hice. Los sopesé y comprobé la tersura y la turgencia de aquellos senos hechos a imagen y semejanza de los de la misma Afrodita. Me dediqué con esmero a acariciarlos, mirando la cara angelical de esta gentil criatura que tenía delante. Con delicadeza, ella me apartó y me cogió de la mano. Nos metimos en su habitación y allí continuamos el ritual. Le empecé a besar aquellos pechos ya maduros, no los aún por completar de hace dos años. La tumbé en la cama, apartando algunos peluches que tenía encima. Continué besando con pasión aquella obra maestra de la naturaleza. Al cabo de un rato, cuando sus gemidos iban subiendo en intensidad, decidí continuar con el resto de su cuerpo. Fui descendiendo lentamente, sin prisa, notando cómo la respiración de mi compañera se iba haciendo más irregular. Notando cómo su cuerpo respondía a mis atenciones y sus ojos relampagueaban de pasión. Aquellos preciosos ojos que me suplicaban que le diera más placer aún...

Decidí claudicar a la petición que me hacían aquellos luceros iluminados por la llama de la pasión. Le quité sus braguitas blancas, también de encaje y aspiré el aroma tanto de su perfume como del propio de su sexo. La mezcla de ambos resultaba deliciosa. Empecé con unos soplidos en su clítoris. Ella se excitaba cada vez más. Menos mal que en aquella casa estaba puesto el aire acondicionado porque si no, nos habríamos muerto de calor. La dejé en la cama y con la excusa de que tenía que ir al baño, no veas lo que se molestó cuando se lo dije, aproveché para pasar por la cocina. Una vez allí, abrí el congelador, cogí un hielo y lo envolví en un trapo fino que había encima de la mesa de la cocina.

Cuando volví, después de que me echara la bronca por tardar tanto en regresar, le pedí que cerrara los ojos. Aceptó. Entonces decidí hacer con el hielo el recorrido que había hecho antes con mi boca. Al contacto con el frío, su piel reaccionó y sus pezones se pusieron aún más duros de lo que ya estaban. Dio una exclamación ahogada y a punto estuvo de abrir los ojos, pero le insistí en que no lo hiciera. Ella fue obediente en todo momento. Se notaba a la legua que estaba disfrutando muchísimo con aquello. Después de repasar todo su cuerpo, pezones, vientre, monte y valle incluidos, la volví a besar. Noté el sabor de la excitación en esos labios que me susurraban que le diera más placer.

Como soy un caballero y me gusta complacer a una dama, dejé que me quitara el pantalón y mis calzones de corazoncitos y me empujó sobre la cama. Entonces descubrí a la fiera que se escondía dentro de la apariencia de aquél ángel. Empezó por mordisquearme el cuello, el cual dejó marcado con un chupetón que no se me fue en varios días. Después empezó a recorrerme el cuerpo con su lengua juguetona. Gracias a ella descubrí que mi piel era más sensible de lo que creía.

En un momento dado, cuando ya había recorrido todo mi torso e iba a empezar con las extremidades inferiores, me dijo con sorna que la que tenía que ir al baño era ella. ¡No me lo podía creer! ¡Me estaba haciendo lo mismo que le había hecho yo hace un rato!
Pero cuando volvió y me dijo que cerrara los ojos, sospeché que lo que llevaba detrás de los brazos no era precisamente hielo...

Puse cara de susto, pero ella fue inflexible: o cerraba los ojos o aquello terminaría ahí.
Obedecí y al rato empecé a notar sobre mi piel un calor que, sin ser demasiado intenso, sí era molesto. Una vez que hubo terminado de echarme aquello sobre la piel, por suerte sólo de mi torso, empezó a lamerlo lentamente y notaba cómo mi pene no iba a aguantar mucho más antes de soltar su carga. Ella también lo debió de notar, puesto que me puso algo helado en la zona, más que nada para bajar la hinchazón. Dio resultado. En ese momento abrí los ojos y pude ver restos del chocolate que había derramado sobre mi piel bordeando su boca, más apetecible que nunca gracias al dulce complemento. Le limpié los restos con la lengua y después la besé, notando tan excitante la mezcla del chocolate y de la pasión que tuve otra erección. Volví a tumbarla en la cama y me dediqué con sumo interés a acariciar y a besar sus labios, tanto los de la boca como los de la sonrisa vertical y pude comprobar cómo se derretía de gusto. Su néctar de placer resbalaba por sus muslos y mis dedos, brillantes a causa de la cantidad de líquido que los cubrían. En ese momento, busqué mis pantalones, me puse un preservativo y la penetré. Me sorprendió el hecho de que fuera virgen, más aún por los rumores que circulaban sobre ella en el colegio. A pesar de que al principio fue un poco molesto para ella, después todo ocurrió tan plácidamente como un capítulo de ?La casa de la pradera?. Se retorcía de placer con cada embestida recibida. Estuvimos así durante cerca de media hora, sin contar con todo lo anterior que calculo que transcurrieron unas tres horas desde que llegué a su casa, a eso de las once de la mañana.

Tuvimos un orgasmo sincronizado que nos dejó a los dos derrengados. Después de eso nos metimos en la ducha. Nos enjabonamos mutuamente, poniéndonos otra vez a tono. Cuando terminamos, después de secarnos mutuamente, nos besamos con fruición, arrebatados por la pasión que nos embargaba. Nos daba igual la humedad y el calor reinantes allí. Sólo queríamos una cosa: disfrutar nuevamente el uno del otro. Después de un buen rato de besos, caricias, y demás durante más de media hora y acabar exhaustos de placer, decidimos que era hora de comer. Así lo hicimos. Después nos echamos una siesta reparadora. Cuando nos despertamos, habría pasado una hora o así, recogí mis cosas y me fui no sin antes devorar lentamente esos labios que tanta pasión me levantan y despedirme de ella hasta el día siguiente mirando directamente aquellos ojos que un día me enamoraron y que desde entonces fueron mi perdición.

EL RETORNO DEL ÁNGEL

Segundo relato inspirado en Lo, el ángel de un foro que me tuvo loquito durante algún tiempo. Espero que guste a todo aquél que lo lea. Un beso y un saludo a la que inspiró este relato.

Estaba tumbado en mi cama, como aquél otro día en el que soñé con ella por primera vez. La ventana de la habitación está abierta para que, cuando ella quiera, pueda entrar volando con su majestuoso y silente vuelo y se acueste a mi lado. Mi cuerpo vibra de pasión por la visión angelical que un día presenció. Lo, una sílaba como otra cualquiera. Pero a la vez tan llena de significado. Puede ser el comienzo de Lolita, de Loba, de Lozana, de Loca... el hecho de que simplemente sea Lo, me hace pensar en el artículo neutro, ese que sirve tanto para referirse a un hombre como a una mujer. Y creo que ella es así: algo libre, que le da igual estar con hombres como con mujeres, si los exponentes de ambos sexos lo merecen. No sé si me lo dijo en nuestro anterior encuentro, ya que lo recuerdo entre neblinas, como un sueño.

-Hola, ¿me has echado de menos?
La voz de este ser ultraterreno susurrándome al oído me sobresaltó una milésima de segundo.
Aprovechó el despiste para plantarme sus labios ardientes y carnosos en mi piel hambrienta de ella. Observé que estaba vestida con unos pantalones vaqueros y llevaba una camisa vaporosa que transparentaba sus turgentes y plenos senos.
-¿Por qué utilizar algo tan ambiguo como Lo? -le pregunté.
-Porque los ángeles somos así. Nos enamoramos tan pronto de un hombre como de una mujer - me dijo mientras recorría con su lengua cada pliegue de mi piel- y ahora me apetece tenerte entero para mí.
-Me siento halagado de que un ente como tú decida pasar una noche con un simple mortal como yo. -dije notando una erección que no podía evitar.
-Parece que tu amiguito se alegra tanto como la última vez que nos vimos... - me dijo con una sonrisa picarona que dejaba al descubierto sus perfectos dientes...

Acto seguido, me arrancó de cuajo la ropa interior, dejándome completamente desnudo. Con sus expertas manos, empezó a masturbarme con delicadeza, teniendo en todo momento el control de la situación, evitando que me corriera cuando veía que mi grado de excitación estaba próximo al clímax.

Entonces, en uno de los descansos que hizo (yo creo que para dejarme hacer lo que hice), aproveché para arrancarle, con la misma ferocidad que ella utilizara momentos antes, esa vaporosa camisa que estaba pidiendo a gritos que se la quitara. Sus pechos rebotaron excitados por la brusquedad con la que fueron liberados de su prisión.

Los sopesé, estaban tan duros y plenos como la primera vez que los toqué, hacía tanto tiempo.
-Se nota que por vosotros los ángeles no pasa el tiempo... -dije con una sonrisa socarrona.
-Por algunos humanos, parece que tampoco -dijo devolviéndome el cumplido.

Entonces, la besé lentamente, saboreando ese gusto dulzón de su saliva, aspirando el aroma fragante de su cuerpo, notando cómo aquella situación la excitaba cada vez más.

Se tumbó en la cama y me invitó a quitarle los pantalones. Sin dudarlo ni un instante, se los quito, dejando al descubierto su maravilloso sexo. Sin casi vello, con una forma divina, todo era como aquella otra vez. Empecé a acariciar aquella obra maestra de la naturaleza. Alabé al altísimo por aquella obra tan perfecta que había creado. Al decir esto, me miró como con ganas de asesinarme a juzgar de la mirada que me echó. Entonces recuerdo que me dijo que había sido expulsada de los cielos por su promiscuidad.

Cuando estaba a punto de tener un orgasmo, le digo que sea buena chica y que me espere tumbada en la cama. Por si las moscas, le ato con firmeza las manos y las alas con más delicadeza, pero también con firmeza. Se revolvía, me maldecía, pero no me importaba. Sonreí maliciosamente, sabiendo que ella disfrutaría tanto o más que yo con todo aquello.

Me dirigí a la cocina. Allí tenía una tableta de chocolate para fundir. Y tenía también naranjas amargas. Puse en un cazo un trozo generoso de chocolate, lo derretí y le añadí la ralladura de la naranja, aparte de unas gotitas de su zumo. Aquello olía de maravilla. Cuando hube acabado y dejado reposar aquello un rato y tras soportar los improperios que me dedicaba desde la habitación mi ángel, llené una taza de aquel delicioso chocolate que tanto me gusta y que de alguna manera sé que a ella también.

En fin, dejo la taza en un lugar cercano pero a la vez lo bastante lejano de su vista. Callo sus protestas con un beso. Me devora con ansia, como si hubieran pasado siglos y no unos minutos desde que fuera a la cocina a preparar el chocolate. Le desato las alas y le dejo las manos atadas. Le digo que se tumbe y que cierre los ojos, que tengo una grata sorpresa para ella. Ella obedece, se nota que le excitan las sorpresas. Decido hacerme de rogar un poco, hasta que me exige que le dé de una vez aquello que le iba a dar. En ese momento le advierto de que cierre la boca. Con sumo cuidado y delicadeza, voy dibujando su cuerpo poco a poco con el dulce líquido, a la temperatura ideal para que no estuviera tan caliente.

Trazo un círculo alrededor de sus pechos y otros más pequeños en torno a sus pezones. Tracé un mapa entre las montañas carnosas de su pecho y el valle de su vientre. Notaba su excitación, pero era obediente y no pronunció ni una palabra. Continué el dibujo con sus bien torneadas piernas, no me dejé ni un solo recodo. Bajé y luego volví a subir por esas piernas celestiales hasta llegar al santo grial, al centro del placer, la cueva de Alí Babá.... Y fusioné el chocolate con los fluidos que de ella emanaban. La mezcla, la utilicé para ponerla en sus labios.

Acto seguido, la beso. Noto el sabor del chocolate, de su néctar y de la saliva, que me producen un efecto casi inmediato. Con la misma lentitud que le dediqué al dibujo, me pongo manos a la obra: le empiezo a lamer los pezones, duros como piedras y tan erectos como mi pene. Soy bastante goloso, con lo que no dejo ni rastro de chocolate. Sigo bajando, sin dejarme ningún rincón de su anatomía. Desdibujando el mapa de su cuerpo. Con delicadeza. Sin prisa pero sin pausa. Notando cómo su cuerpo se elevaba ligeramente debido a la excitación (debí desatarle las manos y no las alas).

Le digo que no eche a volar todavía. Hace un ejercicio de autocontrol y se calma. Se vuelve a tumbar suavemente en la cama. Continúo con la tarea de desdibujar su cuerpo. Bajo por su vientre, despacio, lamiendo cada rincón. Incluso el ombligo, que también había recibido un poco de aquél líquido afrodisíaco.

Sigo bajando. Sus piernas están brillantes por el líquido que fluye de su entrepierna. Las lamo notando la embriagadora esencia del chocolate mezclado con el néctar de la pasión y su sudor. Me gusta el sabor de la mezcla. Lo comparto con ella en forma de un beso. A ella le encanta. Me pide que no sea malo y que la posea. Cojo la taza y con un resto de chocolate que queda en el fondo, unto mi miembro en él. Después, la hago arrodillarse y me hace una mamada. Su boca está caliente, emite vaharadas de excitación. Estoy a punto de descargar en su boca, pero entonces ella para, se levanta, se tumba en el suelo y me pide que la folle allí mismo. Entonces, sacando al animal que pugna por salir de mí, la poseí. Con una furia primigenia, como no había sentido nada más que otra vez: la primera que estuve con ella. Estaba ciego de placer, así que no me percaté de que habíamos empezado a ascender. La penetré durante un tiempo que me pareció eterno. Me di cuenta de que habíamos ascendido al notar cómo descendíamos. Había tenido un orgasmo brutal, como nunca antes había tenido, ni tan siquiera la primera vez que poseí a aquél ángel. El sudor, mezclado con el aroma del chocolate me parecía de lo más excitante, por lo que a los pocos minutos, estoy otra vez preparado para el segundo envite.


Esta vez la pongo a cuatro patas y mientras penetro aquél sexo lubrificado por sus jugos, me dedico a acariciar su culito y a penetrarlo con uno de mis dedos. Está tan prieto y adaptable como el primer día. Penetro su ano con sumo cuidado y delicadeza. Entra con facilidad puesto que mi masculinidad está llena de fluidos suyos. Entro y salgo de ese ano como si fuera una segunda vagina. Ella gime de placer mientras acompasa su ritmo al mío. Mueve sus caderas con una velocidad y un brío que hacen presagiar que un orgasmo está en camino. Mi leche inunda su agujero, que resbala por su entrepierna a la vez que su orgasmo encharca las sábanas.

Nos quedamos dormidos el uno al lado del otro. Cuando despierto, tengo la misma sensación de irrealidad que me embargó la primera vez que la vi. Pero esta vez, había rastros evidentes de que no había sido un sueño: los restos de chocolate sobre las sábanas además de su olor, impregnaba mi cama.

Todo olía a ella. Dejó una nota prendida con una pluma:

Gracias por hacerme pasar otra noche maravillosa”. Sonreí. Estaba seguro de que tarde o temprano volvería a encontrarla.

EL VUELO DEL ÁNGEL

Este relato lo escribí en honor de una gran mujer. Un ángel que se paseaba por cierto foro y a la que inmortalicé no en uno sino en dos cuentos. Aquí tenéis el primero de ellos:

Era una noche bastante agradable de un mes de mayo. Estaba tumbado en mi cama sin más compañía que mi almohada y la imagen de la mujer más hermosa que jamás conocí.

En realidad la imagen provenía de un sueño que acababa de tener. En él estaba volando por la inmensidad azul que representa el firmamento. En un punto del vuelo me cruzo con un ser de extraordinaria belleza. Me percato de que tiene un par de alas a su espalda.

-¿Eres un ángel?-le pregunto anonadado por la indescriptible belleza del ente.

-¿Qué otra cosa crees que puedo ser?-responde con una sonrisa extraña en un ser de su naturaleza puesto que estaba cargada de sarcasmo.

-Disculpa, pero es que es la primera vez que me encuentro con algo tan hermoso como tú-respondo bajando la mirada y sonrojándome.

Entonces ella, puesto que al mirar al ser detenidamente me doy cuenta de que tiene las formas de la mujer más perfecta que jamás nadie pudiera imaginar, sonríe y me besa en la mejilla.
En ese momento creo que me van a fallar las fuerzas y voy a estrellarme contra el suelo. Pero ella se da cuenta de mi turbación y me pregunta si me encuentro bien. Eso me saca de mi ensimismamiento y le contesto que sí.

-¿Cual es tu nombre, oh hermosa visión de la perfección?-le pregunto con palabras que brotan de lo más profundo de mi corazón.

-Eso no importa. Llámame, simplemente, Lo.

-¿Lo? Corto; conciso; tan perfecto como tú.

Entonces ella se acerca y me besa los labios. Noto su dulce aliento y me recreo en el sabor de su boca. Es embriagador. Noto un estremecimiento de placer al estar tan cerca de la perfección personificada.
Me detengo por temor a que algún otro ángel que estuviera en aquella zona pudiera estar viéndonos y le contara al Supremo lo que una de sus favoritas estaba haciendo con un simple mortal.

-¿Por qué te detienes?-me pregunta con un rictus de dolor que nubla la belleza de sus preciosos ojos color almendra.

-Porque no quiero que por mi culpa pierdas tu divinidad.

-No tienes que preocuparte por eso. Hace mucho que la perdí.-me lo dice con una expresión de dolor tal que me parte el corazón y me hace sentirlo como mío.

-¿Qué o quién fue el desalmado que te hizo perder tu sitio en el paraíso?-le pregunto con la mezcla de tristeza y rabia que es producto de la frustración.

-No le maldigas, puesto que él era otro mortal como tú. Ocurrió hace algunos años. Pocos para mí, pero eones enteros en edades humanas.
Me enamoré en cuanto le vi. La belleza de sus palabras, el halo cuasi divino que también parecía emanar de él fue lo que me impulsó a hacer lo que hice. A pesar de que estaba oculta entre la multitud y estaba con un disfraz de mortal, él me vio, me sonrió y cuando acabó la charla que estaba dando, me invitó a que lo acompañara a su casa. Allí me contó que en cuanto me vio supo que yo estaba allí por él. Me estuvo diciendo que, al igual que tú, se había sentido atraído por mí en el primer momento en el que su mirada se cruzó con la mía. Me pareció tan sincero y puro su sentimiento que le correspondí. Me entregué a la pasión de aquél hombre. Ese día supe lo que era hacer el amor; fue maravilloso. Él era delicado y dulce conmigo y me prometió que pasara lo que pasase, nunca me abandonaría-no sé qué tenían sus palabras, pero me sentí transportado a otra época, otro lugar. Es más, en el fondo de mi alma es como si fuera el protagonista de aquella historia-. Poco duró nuestra felicidad, puesto que a él mis superiores lo encontraron y lo convirtieron en estatua de piedra. A mí también me lo hicieron, estuve mucho tiempo vagando por los cielos llorando la pérdida de aquél que tanto me dio en un tiempo en el que era joven y algo alocada y que llenó de amor mi corazón.

En ese punto no la dejé seguir hablando. Pasé a la acción. Le quité la túnica y empecé a besar su cuello. Ella se abrazó fuerte a mí. Entonces empezó a sollozar, quizá por el recuerdo de aquél que fue su amante durante su juventud. Yo, un poco azorado por la situación (no todos los días se encuentra uno con un ángel y tiene la oportunidad de hacer el amor con él en las nubes) le dije que si no quería, que me marchaba. Que entendía su reacción. Entonces ella se enterneció frente a mi propuesta y se acercó más aún a mí. Empezó a acariciarme el pelo y me dio un beso apasionado que me supo mejor aún que el primero que me había dado. El sabor de las lágrimas mezclado con el suyo me hizo estremecer. Me transporto a la época en la que ella estaba con su amante y ella entregaba su virginidad. Siguió bajando. Empezó a acariciar mi cuerpo sin dejarse ningún rincón. Me quitó los pantalones de pijama y la ropa interior y empezó a masturbarme.

Después se introdujo mi pene en la boca y empezó a hacerme una mamada. Nunca había sentido un placer así. Me volvía a sentir abrumado por la sensación de estar profanando algo sagrado. Pero a ella parecía no importarle. Decidí seguir con el ritual y la recosté sobre una nube. Allí empecé a acariciar casi reverentemente sus pechos suaves y firmes. Después seguí bajando y me dediqué con entrega a acariciar su clítoris y su vagina. Se convulsionaba con el placer que le estaba proporcionando. Entonces, la penetré. Fue como si el cosmos viniera a nuestro encuentro. Vi los eventos pasados, los presentes y los que estaban por venir. Entonces comprendí que yo era la reencarnación de aquel hombre que un día llegó a enamorar a un ser como aquél. Con estos pensamientos, llegué al orgasmo al mismo tiempo que ella. La bese esos maravillosos labios en forma de fresa que es su boca. También la besé los otros. Seguía excitado y por su cara pude ver que ella también. La besé apasionadamente en la boca.

Volví a acariciarla, pero esta vez olvidando que era un ángel. Decidí jugar con ella. Le dije que se pusiera a cuatro patas. En ese momento la penetré desde atrás mientras con los dedos índice y corazón de mi mano derecha penetraba con cuidado su ano. Ella se retorcía de placer. Le besé una vez más antes de penetrar su culo. A ella parecía no disgustarle, es más, parecía que ya lo hubiera hecho en más de una ocasión a juzgar por la cara que ponía. No lo pude soportar más y llené su agujero con mi semen. Después de aquello ella me miró con una cara extraña.

-¿De verdad te has creído la historia del mortal y que me echaron por el amor que sentía?-me pregunta con una cara que revela su lado perverso. Aún así, todavía sigue atrayéndome.

-Sí-respondo con un tono de perplejidad que parecía divertirla aún más.

-En realidad, lo del humano es cierto. Lo que pasó después fue que al subir aquí me echaron porque les dije que había descubierto algo más placentero y que llenaba más de paz que el amor del Jefe. Como comprenderás, me acusaron de blasfema e incluso llegaron a quitarme las alas. Pero lo que son las cosas, después el Jefe descubrió que yo tenía razón y me las devolvió. Desde entonces vuelo a la Tierra cuando me place y follo con cuantos humanos me apetece. Me da igual si es un hombre o una mujer. Además, me excita el saber que Él está allí arriba, observando lo que hago mientras se masturba al contemplarlo.
Por cierto, por si te lo habías preguntado, sí, tú eres el mismo espíritu de aquél al que un día amé.

Me quedé anonadado ante el cambio radical en el comportamiento del ángel. Ella, aprovechando mi desconcierto, me dio el último beso y me dijo:

-Vuelve a la Tierra antes de que entierren tu cuerpo.

-¿Te volveré a ver?-le pregunté.

-Es posible. Me gusta hacer excursiones periódicas a la Tierra. Probablemente volvamos a vernos. En tu próxima encarnación o en la presente. ¿Quién sabe?

Diciendo esto me empuja y es entonces cuando despierto sobresaltado por todo lo ocurrido. A pesar de que a mí me ha parecido que han pasado horas, días o incluso años, compruebo que apenas han pasado cinco minutos desde que me durmiera. Debe de ser que el tiempo pasa de forma distinta por allí arriba.
Meto la mano debajo de la almohada. Allí descubro una pluma. Ese detalle me basta para saber que no fue un sueño. Que realmente estuve volando con un ángel por la inmensidad del firmamento.