Estaba tumbado en mi cama, como aquél otro día en el que soñé con ella por primera vez. La ventana de la habitación está abierta para que, cuando ella quiera, pueda entrar volando con su majestuoso y silente vuelo y se acueste a mi lado. Mi cuerpo vibra de pasión por la visión angelical que un día presenció. Lo, una sílaba como otra cualquiera. Pero a la vez tan llena de significado. Puede ser el comienzo de Lolita, de Loba, de Lozana, de Loca... el hecho de que simplemente sea Lo, me hace pensar en el artículo neutro, ese que sirve tanto para referirse a un hombre como a una mujer. Y creo que ella es así: algo libre, que le da igual estar con hombres como con mujeres, si los exponentes de ambos sexos lo merecen. No sé si me lo dijo en nuestro anterior encuentro, ya que lo recuerdo entre neblinas, como un sueño.
-Hola, ¿me has echado de menos?
La voz de este ser ultraterreno susurrándome al oído me sobresaltó una milésima de segundo.
Aprovechó el despiste para plantarme sus labios ardientes y carnosos en mi piel hambrienta de ella. Observé que estaba vestida con unos pantalones vaqueros y llevaba una camisa vaporosa que transparentaba sus turgentes y plenos senos.
-¿Por qué utilizar algo tan ambiguo como Lo? -le pregunté.
-Porque los ángeles somos así. Nos enamoramos tan pronto de un hombre como de una mujer - me dijo mientras recorría con su lengua cada pliegue de mi piel- y ahora me apetece tenerte entero para mí.
-Me siento halagado de que un ente como tú decida pasar una noche con un simple mortal como yo. -dije notando una erección que no podía evitar.
-Parece que tu amiguito se alegra tanto como la última vez que nos vimos... - me dijo con una sonrisa picarona que dejaba al descubierto sus perfectos dientes...
Acto seguido, me arrancó de cuajo la ropa interior, dejándome completamente desnudo. Con sus expertas manos, empezó a masturbarme con delicadeza, teniendo en todo momento el control de la situación, evitando que me corriera cuando veía que mi grado de excitación estaba próximo al clímax.
Entonces, en uno de los descansos que hizo (yo creo que para dejarme hacer lo que hice), aproveché para arrancarle, con la misma ferocidad que ella utilizara momentos antes, esa vaporosa camisa que estaba pidiendo a gritos que se la quitara. Sus pechos rebotaron excitados por la brusquedad con la que fueron liberados de su prisión.
Los sopesé, estaban tan duros y plenos como la primera vez que los toqué, hacía tanto tiempo.
-Se nota que por vosotros los ángeles no pasa el tiempo... -dije con una sonrisa socarrona.
-Por algunos humanos, parece que tampoco -dijo devolviéndome el cumplido.
Entonces, la besé lentamente, saboreando ese gusto dulzón de su saliva, aspirando el aroma fragante de su cuerpo, notando cómo aquella situación la excitaba cada vez más.
Se tumbó en la cama y me invitó a quitarle los pantalones. Sin dudarlo ni un instante, se los quito, dejando al descubierto su maravilloso sexo. Sin casi vello, con una forma divina, todo era como aquella otra vez. Empecé a acariciar aquella obra maestra de la naturaleza. Alabé al altísimo por aquella obra tan perfecta que había creado. Al decir esto, me miró como con ganas de asesinarme a juzgar de la mirada que me echó. Entonces recuerdo que me dijo que había sido expulsada de los cielos por su promiscuidad.
Cuando estaba a punto de tener un orgasmo, le digo que sea buena chica y que me espere tumbada en la cama. Por si las moscas, le ato con firmeza las manos y las alas con más delicadeza, pero también con firmeza. Se revolvía, me maldecía, pero no me importaba. Sonreí maliciosamente, sabiendo que ella disfrutaría tanto o más que yo con todo aquello.
Me dirigí a la cocina. Allí tenía una tableta de chocolate para fundir. Y tenía también naranjas amargas. Puse en un cazo un trozo generoso de chocolate, lo derretí y le añadí la ralladura de la naranja, aparte de unas gotitas de su zumo. Aquello olía de maravilla. Cuando hube acabado y dejado reposar aquello un rato y tras soportar los improperios que me dedicaba desde la habitación mi ángel, llené una taza de aquel delicioso chocolate que tanto me gusta y que de alguna manera sé que a ella también.
En fin, dejo la taza en un lugar cercano pero a la vez lo bastante lejano de su vista. Callo sus protestas con un beso. Me devora con ansia, como si hubieran pasado siglos y no unos minutos desde que fuera a la cocina a preparar el chocolate. Le desato las alas y le dejo las manos atadas. Le digo que se tumbe y que cierre los ojos, que tengo una grata sorpresa para ella. Ella obedece, se nota que le excitan las sorpresas. Decido hacerme de rogar un poco, hasta que me exige que le dé de una vez aquello que le iba a dar. En ese momento le advierto de que cierre la boca. Con sumo cuidado y delicadeza, voy dibujando su cuerpo poco a poco con el dulce líquido, a la temperatura ideal para que no estuviera tan caliente.
Trazo un círculo alrededor de sus pechos y otros más pequeños en torno a sus pezones. Tracé un mapa entre las montañas carnosas de su pecho y el valle de su vientre. Notaba su excitación, pero era obediente y no pronunció ni una palabra. Continué el dibujo con sus bien torneadas piernas, no me dejé ni un solo recodo. Bajé y luego volví a subir por esas piernas celestiales hasta llegar al santo grial, al centro del placer, la cueva de Alí Babá.... Y fusioné el chocolate con los fluidos que de ella emanaban. La mezcla, la utilicé para ponerla en sus labios.
Acto seguido, la beso. Noto el sabor del chocolate, de su néctar y de la saliva, que me producen un efecto casi inmediato. Con la misma lentitud que le dediqué al dibujo, me pongo manos a la obra: le empiezo a lamer los pezones, duros como piedras y tan erectos como mi pene. Soy bastante goloso, con lo que no dejo ni rastro de chocolate. Sigo bajando, sin dejarme ningún rincón de su anatomía. Desdibujando el mapa de su cuerpo. Con delicadeza. Sin prisa pero sin pausa. Notando cómo su cuerpo se elevaba ligeramente debido a la excitación (debí desatarle las manos y no las alas).
Le digo que no eche a volar todavía. Hace un ejercicio de autocontrol y se calma. Se vuelve a tumbar suavemente en la cama. Continúo con la tarea de desdibujar su cuerpo. Bajo por su vientre, despacio, lamiendo cada rincón. Incluso el ombligo, que también había recibido un poco de aquél líquido afrodisíaco.
Sigo bajando. Sus piernas están brillantes por el líquido que fluye de su entrepierna. Las lamo notando la embriagadora esencia del chocolate mezclado con el néctar de la pasión y su sudor. Me gusta el sabor de la mezcla. Lo comparto con ella en forma de un beso. A ella le encanta. Me pide que no sea malo y que la posea. Cojo la taza y con un resto de chocolate que queda en el fondo, unto mi miembro en él. Después, la hago arrodillarse y me hace una mamada. Su boca está caliente, emite vaharadas de excitación. Estoy a punto de descargar en su boca, pero entonces ella para, se levanta, se tumba en el suelo y me pide que la folle allí mismo. Entonces, sacando al animal que pugna por salir de mí, la poseí. Con una furia primigenia, como no había sentido nada más que otra vez: la primera que estuve con ella. Estaba ciego de placer, así que no me percaté de que habíamos empezado a ascender. La penetré durante un tiempo que me pareció eterno. Me di cuenta de que habíamos ascendido al notar cómo descendíamos. Había tenido un orgasmo brutal, como nunca antes había tenido, ni tan siquiera la primera vez que poseí a aquél ángel. El sudor, mezclado con el aroma del chocolate me parecía de lo más excitante, por lo que a los pocos minutos, estoy otra vez preparado para el segundo envite.
Esta vez la pongo a cuatro patas y mientras penetro aquél sexo lubrificado por sus jugos, me dedico a acariciar su culito y a penetrarlo con uno de mis dedos. Está tan prieto y adaptable como el primer día. Penetro su ano con sumo cuidado y delicadeza. Entra con facilidad puesto que mi masculinidad está llena de fluidos suyos. Entro y salgo de ese ano como si fuera una segunda vagina. Ella gime de placer mientras acompasa su ritmo al mío. Mueve sus caderas con una velocidad y un brío que hacen presagiar que un orgasmo está en camino. Mi leche inunda su agujero, que resbala por su entrepierna a la vez que su orgasmo encharca las sábanas.
Nos quedamos dormidos el uno al lado del otro. Cuando despierto, tengo la misma sensación de irrealidad que me embargó la primera vez que la vi. Pero esta vez, había rastros evidentes de que no había sido un sueño: los restos de chocolate sobre las sábanas además de su olor, impregnaba mi cama.
Todo olía a ella. Dejó una nota prendida con una pluma:
”Gracias por hacerme pasar otra noche maravillosa”. Sonreí. Estaba seguro de que tarde o temprano volvería a encontrarla.
miércoles, 21 de octubre de 2009
EL RETORNO DEL ÁNGEL
Segundo relato inspirado en Lo, el ángel de un foro que me tuvo loquito durante algún tiempo. Espero que guste a todo aquél que lo lea. Un beso y un saludo a la que inspiró este relato.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario