Llevaba observándola ya un tiempo. Íbamos los dos al mismo colegio. ¡Dios, es la chica más guapa que he visto en mi vida! Ella tendría unos quince años. Yo tenía dos más que ella. Era mal estudiante y me hicieron repetir el último curso. Cada vez que entraba en clase, el corazón me latía a mil. Ese cabello negro como la noche, esa mirada color miel, esa espléndida silueta emergente... Todo en ella parecía presagiar que cuando se convirtiera en mujer sería aún más atractiva de lo que era entonces.
Aquél año terminé el curso con buena nota. Pero aún así, fui el año siguiente porque no podía dejar de pensar en esa mirada clara y serena.
-¿Tú no ibas a mi misma clase?- me preguntó mirándome a la cara con esos enormes y luminosos ojos suyos.
-S... sí- tartamudeé, colorado como un tomate maduro porque la chica que había ocupado mis pensamientos durante todo aquél año se había dignado dirigirme la palabra.
Ella se dio cuenta de la turbación que provocaba en mí y se puso a sonreír maliciosamente.
-Parece que tu amiguito se alegra de verme...-rió señalando la bragueta de mi pantalón, que mostraba un claro bulto y que, por más que intentaba disimular, peor.
Salí corriendo, bastante avergonzado por lo sucedido. Pero pensando en ese ángel de belleza supraterrena que había ocupado mis más locas fantasías. Me imaginaba que nos íbamos a una isla remota, desierta, donde, lejos de los padres y los profesores, podríamos amarnos sin límite. Viviríamos felices para siempre. Amándonos, comiendo lo que la naturaleza nos da, durmiendo abrazados el uno al otro, sintiendo el perfume turbador de su pelo, enganchado a sus curvas, su suave piel... Tuve poluciones nocturnas a causa de mi calenturienta imaginación.
Aún así, a pesar de la humillación sufrida el día anterior, me decidí a volver al colegio: estaba perdidamente enamorado de aquella criatura celestial. Me vio. Me aseguré de que se diera cuenta de que la estaba observando. Intenté poner cara de enfado, pero me resultaba casi imposible. En el verano su cuerpo había sufrido una transformación y se la veía más plena, aún más hermosa de lo que era el curso anterior.
-Siento mucho lo de ayer -me dijo con esos ojazos marrones pidiéndome otra oportunidad.
-Sabes bien que no puedo enfadarme contigo por mucho tiempo -le respondí con una sonrisa que dejaba bien a las claras que lo que estaba diciendo era verdad.
Entonces ocurrió lo que tanto había imaginado: me estampó un beso en los morros que me dejó sin aliento durante un buen rato.
-A partir de este momento, me dijo con su sensual voz casi en un susurro, puedes considerarte oficialmente mi novio.
Yo me creía flotar. Vinieron a mi encuentro los sueños y las fantasías del pasado, sólo para desaparecer ante el peso aplastante de la realidad: aquella que tanto excitó mi imaginación estaba aquí, besándome y dejándome sin respiración.
Como única contestación me limité a asentir con la boca abierta a causa del tremendo shock sufrido. Consciente de la erección que me produjo, pero en la nube que me había recogido y que me llevaba flotando hasta casa, no me enteraba de lo que acontecía a mi alrededor.
Empezamos a salir y yo estaba que no cabía en mí de gozo. Imagináoslo por un momento: la chica más guapa de clase, esa que es fácil de identificar por los moscardones que la rodean y de las amigas envidiosas que intentan parecerse a ella, decide salir contigo. Tú siempre has estado enamorado de ella, pero no se ha fijado nunca en ti porque siempre has estado sentado en las últimas filas y el único lujo que te has permitido ha sido decirle un tímido “Hola” cada vez que la veías entrar con su maravilloso perfume y su larga y sedosa cabellera negra.
Volviendo al tema: Empezamos a salir. Fuimos conociéndonos poco a poco y descubrí que teníamos gustos comunes: a ambos nos encanta la música, nos encanta leer y también escribir. Disfrutamos con las mismas películas... Todo va de fábula. Sigo en esa nube que me produce una especie de vértigo que me provoca un nudo en el estómago.
¡Ay! ¿Qué decir de aquellos primeros roces? Al principio por encima de la ropa, en los cines, en la última fila, mientras nos devorábamos con fruición sin importarnos las miradas ajenas. Notar el fragante y fresco sabor de su boca me transportaba a lugares salvajes, indómitos y eso me excitaba aún más.
Cuando ya llevábamos un tiempo saliendo, como unos seis meses, le propongo que hagamos el amor.
-Ten paciencia -me dice con una sonrisa picarona que delata sus ganas por entregarse a los placeres de Afrodita -; mis padres no van a estar este verano y les he convencido para que me dejen quedarme en casa alegando que dentro de unos meses cumpliré los 18 y que soy capaz de afrontar la responsabilidad. Se mostraron reacios al principio, pero cuando les dije que mi hermana la mayor también se quedaba y que así tendría a alguien que cuidara de mí, pues a regañadientes, acabaron aceptando. También le debo dar las gracias a ella, mi hermana, puesto que me apoyó en mis argumentos.
Aquellos meses se me hicieron eternos. El imaginar aquel cuerpo escultural desnudo me provocaba taquicardias. Por fin llegó el gran día: era un caluroso día de agosto. Me llamó para decirme que no había moros en la costa. Que sus padres acababan de salir para el aeropuerto y que su hermana había ido a acompañarles y después se iría a trabajar, con lo que no volvería hasta muy tarde.
Tras colgar el teléfono, me duché, me puse mi mejor colonia, me calcé, me vestí con unos pantalones cortos y una camiseta de manga corta. Cuando llegué y, tras llamar a la puerta, ella me abre, casi me da un patatús. Llevaba puesto un vestido de sport ceñidísimo que le acentuaba las curvas de manera espectacular.
Aprovechando que tenía la boca abierta, se abalanza sobre mí y me empieza a devorar como una tigresa. Cerré la puerta como pude, dando un portazo. No me importó que los vecinos pudieran oírnos. Después de ese prolongado beso, la aparté para admirar bien su figura dentro de ese vestido que se ajustaba a su cuerpo como un guante. Era un vestido negro precioso, el cual camuflaba el cabello, que llevaba suelto en ondas y que le cubría casi el rostro menos esos ojos color miel que me volvían loco. Observando cómo la miraba, ella empezó a darse la vuelta lentamente, de manera que pudiera contemplar todos y cada uno de los detalles de ese cuerpo que parecía como esculpido en carne y hueso. Cuando terminó de dar la vuelta, no lo pude resistir y esta vez fui yo el que la devoró. Mientras lo hacía, le quité el ceñido vestido mientras ella hacía lo propio con mi camiseta.
¡Qué diecisiete años más bien puestos que tenía la cabrita!
Sus pechos, oprimidos por el sostén blanco de encaje que llevaba puesto estaban pidiendo a gritos que los liberaran y así lo hice. Los sopesé y comprobé la tersura y la turgencia de aquellos senos hechos a imagen y semejanza de los de la misma Afrodita. Me dediqué con esmero a acariciarlos, mirando la cara angelical de esta gentil criatura que tenía delante. Con delicadeza, ella me apartó y me cogió de la mano. Nos metimos en su habitación y allí continuamos el ritual. Le empecé a besar aquellos pechos ya maduros, no los aún por completar de hace dos años. La tumbé en la cama, apartando algunos peluches que tenía encima. Continué besando con pasión aquella obra maestra de la naturaleza. Al cabo de un rato, cuando sus gemidos iban subiendo en intensidad, decidí continuar con el resto de su cuerpo. Fui descendiendo lentamente, sin prisa, notando cómo la respiración de mi compañera se iba haciendo más irregular. Notando cómo su cuerpo respondía a mis atenciones y sus ojos relampagueaban de pasión. Aquellos preciosos ojos que me suplicaban que le diera más placer aún...
Decidí claudicar a la petición que me hacían aquellos luceros iluminados por la llama de la pasión. Le quité sus braguitas blancas, también de encaje y aspiré el aroma tanto de su perfume como del propio de su sexo. La mezcla de ambos resultaba deliciosa. Empecé con unos soplidos en su clítoris. Ella se excitaba cada vez más. Menos mal que en aquella casa estaba puesto el aire acondicionado porque si no, nos habríamos muerto de calor. La dejé en la cama y con la excusa de que tenía que ir al baño, no veas lo que se molestó cuando se lo dije, aproveché para pasar por la cocina. Una vez allí, abrí el congelador, cogí un hielo y lo envolví en un trapo fino que había encima de la mesa de la cocina.
Cuando volví, después de que me echara la bronca por tardar tanto en regresar, le pedí que cerrara los ojos. Aceptó. Entonces decidí hacer con el hielo el recorrido que había hecho antes con mi boca. Al contacto con el frío, su piel reaccionó y sus pezones se pusieron aún más duros de lo que ya estaban. Dio una exclamación ahogada y a punto estuvo de abrir los ojos, pero le insistí en que no lo hiciera. Ella fue obediente en todo momento. Se notaba a la legua que estaba disfrutando muchísimo con aquello. Después de repasar todo su cuerpo, pezones, vientre, monte y valle incluidos, la volví a besar. Noté el sabor de la excitación en esos labios que me susurraban que le diera más placer.
Como soy un caballero y me gusta complacer a una dama, dejé que me quitara el pantalón y mis calzones de corazoncitos y me empujó sobre la cama. Entonces descubrí a la fiera que se escondía dentro de la apariencia de aquél ángel. Empezó por mordisquearme el cuello, el cual dejó marcado con un chupetón que no se me fue en varios días. Después empezó a recorrerme el cuerpo con su lengua juguetona. Gracias a ella descubrí que mi piel era más sensible de lo que creía.
En un momento dado, cuando ya había recorrido todo mi torso e iba a empezar con las extremidades inferiores, me dijo con sorna que la que tenía que ir al baño era ella. ¡No me lo podía creer! ¡Me estaba haciendo lo mismo que le había hecho yo hace un rato!
Pero cuando volvió y me dijo que cerrara los ojos, sospeché que lo que llevaba detrás de los brazos no era precisamente hielo...
Puse cara de susto, pero ella fue inflexible: o cerraba los ojos o aquello terminaría ahí.
Obedecí y al rato empecé a notar sobre mi piel un calor que, sin ser demasiado intenso, sí era molesto. Una vez que hubo terminado de echarme aquello sobre la piel, por suerte sólo de mi torso, empezó a lamerlo lentamente y notaba cómo mi pene no iba a aguantar mucho más antes de soltar su carga. Ella también lo debió de notar, puesto que me puso algo helado en la zona, más que nada para bajar la hinchazón. Dio resultado. En ese momento abrí los ojos y pude ver restos del chocolate que había derramado sobre mi piel bordeando su boca, más apetecible que nunca gracias al dulce complemento. Le limpié los restos con la lengua y después la besé, notando tan excitante la mezcla del chocolate y de la pasión que tuve otra erección. Volví a tumbarla en la cama y me dediqué con sumo interés a acariciar y a besar sus labios, tanto los de la boca como los de la sonrisa vertical y pude comprobar cómo se derretía de gusto. Su néctar de placer resbalaba por sus muslos y mis dedos, brillantes a causa de la cantidad de líquido que los cubrían. En ese momento, busqué mis pantalones, me puse un preservativo y la penetré. Me sorprendió el hecho de que fuera virgen, más aún por los rumores que circulaban sobre ella en el colegio. A pesar de que al principio fue un poco molesto para ella, después todo ocurrió tan plácidamente como un capítulo de ?La casa de la pradera?. Se retorcía de placer con cada embestida recibida. Estuvimos así durante cerca de media hora, sin contar con todo lo anterior que calculo que transcurrieron unas tres horas desde que llegué a su casa, a eso de las once de la mañana.
Tuvimos un orgasmo sincronizado que nos dejó a los dos derrengados. Después de eso nos metimos en la ducha. Nos enjabonamos mutuamente, poniéndonos otra vez a tono. Cuando terminamos, después de secarnos mutuamente, nos besamos con fruición, arrebatados por la pasión que nos embargaba. Nos daba igual la humedad y el calor reinantes allí. Sólo queríamos una cosa: disfrutar nuevamente el uno del otro. Después de un buen rato de besos, caricias, y demás durante más de media hora y acabar exhaustos de placer, decidimos que era hora de comer. Así lo hicimos. Después nos echamos una siesta reparadora. Cuando nos despertamos, habría pasado una hora o así, recogí mis cosas y me fui no sin antes devorar lentamente esos labios que tanta pasión me levantan y despedirme de ella hasta el día siguiente mirando directamente aquellos ojos que un día me enamoraron y que desde entonces fueron mi perdición.
miércoles, 21 de octubre de 2009
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