Te contemplé desnuda por primera vez y caí rendido a tus pies. Fue entonces cuando descubrí que cierta parte de mi anatomía reaccionaba. Recuerdo nuestro primer abrazo. La intensidad de tus ojos verdes. Aquél primer roce de mi mano con tus senos. La suavidad de la piel y su tersura. Aquél primer lengüetazo. El sabor de tu piel. Cómo se endurecían tus pezones al contacto con mi mano y mi boca. La sinfonía que llenó la habitación cuando nuestros cuerpos se fundieron por primera vez en aquél abrazo apasionado, íntimo, lujurioso... Fue algo maravilloso. Pero fueron aún mejores los que vinieron después. Fuimos recorriendo cada rincón del vasto mundo de Nunca Jamás. Recuerdo el sexo salvaje y apasionado en la cubierta del barco del capitán Garfio y cómo seguimos nuestros juegos en el camarote del viejo gruñón. La maravillosa experiencia de amarnos en el aire, mientras volábamos... Mmm... Aquello fue maravilloso. La sensación de ingravidez sumada a la que me producía tu tacto era algo prácticamente divino. Pero sin duda, uno de los mejores momentos que pasé contigo fue en aquél terreno, cerca de donde antaño estuvieron las sirenas. El sol bañando tu piel, arrancando reflejos maravillosos a tu cuerpo, esa melena cayendo por tu espalda, tus pechos perfectos, tan deliciosos... No me canso de estar a tu lado. Muchas gracias por concederme aquél deseo, mi preciosa hadita. Gracias por los momentos compartidos. Gracias por amarme como lo hiciste desde el primer momento. Gracias por todo.
Peter Pan